Te vi desnuda

Domingo 21 de junio de 2020 | 05:30hs.

Por Alberto Szretter Escritor

Tal vez no recuerdes que te vi desnuda. Yo, en cambio, no te puedo olvidar.
Era de siesta, no habías cerrado la puerta y yo pasé de casualidad en el momento justo en que nada te cubría. Tu asombro espontáneo y fresco hizo que tendieras la mano para tomar una prenda para taparte. Pero pude verte. Estabas más hermosa que nunca. La piel sobre una carne dura, joven, en el cuerpo exacto.
Me quedé petrificado un segundo mirándote sin saber qué hacer.

-Perdoname -te dije.
-No es nada -contestaste.
Y eso fue todo.
Nuestra vida siguió los caminos de cada uno. No existía algo especial entre los dos.
En mis pensamientos, esa noche, creí percibir que aquello era una oportunidad hacia un acercamiento futuro. La llave para ingresar a un sitio de pasiones. Pero fueron ideas livianas y pasajeras. La timidez que siempre dominó mi existencia impedía los gestos audaces que debía realizar si deseaba algo más que mirarte, por azar, sin ropas.
Eras demasiado alegre para mí. Tu naturaleza repleta de vitalidad, lleno de risa tu rostro, de brillo tu mirada, contrastaba con mi humor reconcentrado y mi inclinación reflexiva. Ahora mismo, que pasó el tiempo, me pregunto qué habrás pensado cuando te vi desnuda. ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de una mujer en esas circunstancias? Sé que posee pudor, pero ¿hay algo más cuando se sabe observada de golpe por un hombre, que bien podría ir a abrazarla? Los dos en plena juventud y solos, en ese momento, en una casa inmensa, a la siesta, cuando el sol cae a pique sobre seres y cosas que huyen a la sombra. Así fue. Y los dos con una relación de conocidos, nada más.
Cómo el destino ofrece opciones en instantes. Cómo se van tejiendo pequeños hechos con la invisible aguja de gancho de la vida. Y cómo esa tela resultante es única y efímera.
Rememoro que aquella jornada, luego del mediodía, resolviste cambiarte el uniforme por ropa más liviana. Habrás decidido de sopetón, porque eras impetuosa. Pero fue después que los compañeros de colegio se retiraron a otros ambientes para descansar un rato y continuar luego con las tareas. Nadie había dicho nada, ni hubo un plan preconcebido. Por eso pienso si no habrá una trama secreta, muy honda, que dice cómo deben sucederse los encuentros.
Evocando esos recuerdos me pregunto si no hay alguien que empuja a la gente en un sentido, le insufla ganas de esto o aquello, la levanta en un momento de la sobremesa del almuerzo, o le hace sentir calor luego del postre. Y todo para que nosotros, que éramos estudiantes nada más, nos encontremos después y de manera fugaz.
Debió existir un dios en ese lapso previo que, hablándote al oído, te dijo que esa vestimenta era inapropiada, muy pesada para ese día, para esa altura del año. Y quizás el mismo dios, u otro cómplice, me mandó a mi a buscar unos papeles por ese pasillo de la ilusión y la dicha.
¿Cuánto tiempo pasó desde entonces? Mucho. Sin embargo, parece que fue ayer que estabas ahí, pelada, turgente, construida de segundos eternos, como una fuente impensada que chisporroteaba vida, salud, amor, en esa brevedad del universo, en la que pudo decidirse el destino. El mío, el tuyo, o el de ambos.
Porque una mujer desnuda, en su estampa de ser humano despojado de disfraces, es determinante de brutales opciones. Quiero decir de chances terribles. No exagero si digo la alternativa de la paz o la guerra, la victoria o la derrota, incluso el dilema de la noche o el día. No me excedo si afirmo que tus caderas formaban un eje inclinado donde me hubiese podido hamacar hasta sentir el vértigo del vacío. Y a tus senos torcidos para el otro lado, para seguir la ley del equilibrio, los divisé que se ampliaban bullentes, desaforados, como habrán sido los continentes cuando se formó el planeta. Volcanes afilados despachando a la atmósfera un vaho solo visible en mi locura. De semejantes erupciones no se sale indemne.
Pero hubo algo más hermoso. Fueron tus ojos, y ese gesto de pasmo de hembra sorprendida. Y las mujeres, se sabe, se envuelven en misterios. Lo hacen con sus atuendos, sus palabras. Velan un poco su pasado. Les gusta eso. Quizás sea un juego femenino el de aparentar ser otra u otras. Muchas desorientan a los hombres. Me parece que algunas se guardan a sí mismas bajo máscaras o poses, y sus vestidos son pantalla, como su peinado. Por eso el cabello es importante en ellas, porque bajan la cabeza y la melena, el flequillo, les cubre los reojos, la sonrisa, la mirada tierna o pícara, el mohín que desean ocultar.
Yo que te conocía lozana, espontánea, llena de natural desenfado, sabía que más allá de la mantilla que rápidamente te cubrió, continuabas preciosa, puro pubis, solo muslos torneados, únicamente cintura donde doblarse a beber el agua sagrada del goce y de la furia.
-Perdoname -te dije.
-No es nada -contestaste.
Y yo seguí mi camino, para creer por un rato que tal vez se daría nuevamente la ocasión de verte Eva de los sueños, virginal, fresca, intocada hasta entonces; pero pronto -por qué no- a volverte un enorme trozo de pecado, para sentir que la sangre posee su presión y recorrido, que los pulmones pueden contener todo el aire de la tierra, y que no somos nada sin el fuego.
Cómo cuesta aprender, cómo duele convencerse de que el pasado está irreductiblemente ido y que jamás se repite. Debieron pasar años para darme cuenta de que la esperanza de regresar a verte como viniste al mundo no se daría nunca más.
Para mi, qué triste ese designio. Vos, en cambio, te mantuviste llena de actividades y proyectos, sin ocuparte de tu cuerpo hermoso; que fue mío, de mis ojos, por el intervalo de una estrella fugaz. Comías y bebías con los cinco sentidos. Qué es eso de evitar algún alimento, decías, de moderarse con los dulces, de no tomar de más. Y lo decías fuerte, claro, danzando, degustando, oliendo, escuchando el crujir de los cubiertos, las burbujas esparcidas de los vasos, leyendo las lecciones en voz alta y realizando los trabajos del colegio con un maravilloso placer inenarrable.
Yo te admiraba y tenía vergüenza. No quería que ese encuentro inesperado te alterara. Y no te modificó absolutamente en nada. Al contrario, me pareció que las señales de tu juventud estaban, luego, más marcadas, que tus colores despedían un movimiento imperceptible mucho más inquieto, sensual, desinhibido.
De aquí que horas después, comencé a sentir un dolor indefinido. Es que no había ambigüedad en tu conducta. No existía rubor en tus mejillas. No había nada que delatara el cruce casual entre un hombre y una mujer desnuda, en medio del silencio de la casa.
El gesto de taparte había sobrado. Bien pudiste levantar los hombros o reírte, o llamarme tendiendo tus brazos en actitud de entrega. Todo hubiese sido lo mismo, y nada hubiese sido de valor.
Eras excesiva mujer, dominadora, desenvuelta, increíblemente superior. Aun en tu desnudez supiste manejar la situación y olvidar, ahí nomás, que te había mirado.
Recuerdo que esa madrugada de apabullamiento me dije, mejor así. Carecía de herramientas y de altura para encararte. No tenía palabras, y sin palabras no se puede nada.
Luego de recibirnos, con los años y sus durezas, te volviste más bella, quizás más serena pero incansablemente alegre. Te vi poco, después. Sé que tuviste problemas personales y me enteré que los resolviste con toda determinación.
Yo, por mi parte, me fui de la ciudad y solo retorné por breves períodos. A lo largo de estas décadas en que la vida nos fue doblando y desdoblando, para mostrarnos quiénes somos, he pensado cada tanto en aquella siesta de carbón encendido, en la que sufrí y me deleité con esa vista simple. Yo fui un muchacho vacilante, y vos en cambio ocupabas decidida un lugar en el mundo.
Tuve suerte de tener esos recuerdos. Son recuerdos que a uno lo mantienen latiendo, aunque nos vayamos consumiendo lentamente, quiero decir, con el ardor cada vez más menguado, porque el tiempo va cerrando despacio las hornallas.
Me quedan pocas cosas para seguir la lucha. Una de ellas es evocarte en esa siesta mágica. Tengo la convicción que ni remotamente pensarás en ella; y también la certeza de que tu jovialidad no te hizo inmune a la soledad y a la nostalgia, esos bichos que invaden la existencia de todos, y nos van devorando los asombros.
Es curioso y trágico que en el tira y afloje de los días vayamos perdiendo terreno, perdiendo batallas. O mirándonos bien en el espejo, observemos cómo somos derrotados en cada escaramuza.
Algunos duran más. O su felicidad reside en conformarse con puntuales engaños. Vienen y van por la vida, sin pensar que la vida puede o pudo ser distinta.
Yo resisto. Pero no tengo esperanza de que algo sublime me conmueva. Entre las escasas imágenes bellas que poseo está, primera, aquel cuarto caluroso con vos, cambiándote la ropa. Parece que pasaron siglos, pero te recuerdo incólume; eres una luz, la única que me saca una sonrisa.
Aunque a veces te veo pasar como si fueras otra persona, retengo la imagen de aquella mujer desnuda, azorada y perfecta, que el destino quiso que la encuentre para siempre.

-Perdoname -te dije.
-No es nada -contestaste.

Relato inédito. Médico de profesión, Szretter vive en Puerto Rico . Tiene publicados libros de cuentos y novelas. Colaboraron de medios gráficos y digitales.

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