Sinestesia (porque cantan las chicharras) - El Territorio Misiones

Sinestesia (porque cantan las chicharras)

Domingo 30 de agosto de 2020 | 05:30hs.

Mario Zajaczkowski

Parada en la escalinata que estaba aferrada a la barranca y que fuera construida con tablas y troncos, Ana María Laguazán observaba contrariada como sus nietos Egle y Darío estaban totalmente enchastrados en un charco, mientras jugaban en la vereda del río. La nena tenía una chicharra en sus manos. ”Es un macho “ sostuvo.

-¿Cómo lo sabes? inquirió su hermanito.


-Lo escuché a papá –Él me enseñó que los machos son los únicos que cantan y lo hacen para atraer a su novia para tener hijitos.

La abuela asombrada parecía estar convencida de la veracidad de esa afirmación ya que siempre oía a su yerno cuando les narraba historias fantásticas a sus dos pequeños hijos, fábulas que inventaba y donde afloraban animales como los ciervos, loros, monos, flamencos, etc. A la mujer francesa le sorprendía, la locuacidad de los pequeños que, criados entre grandes, hablaban con mucha fluidez.

Una picazón persistente se había apoderado del dedo gordo de su pie derecho, le dijeron que era un pique que se había incrustado casi debajo de la uña. Quiroga prometió sacarlo con una espina de naranjos y curarlo con kerosene.

El Paraná antiguo y misterioso, era allí un espacio particularmente calmo y por siempre fresco. Quiroga y Sanabria parados a la orilla hablaban en voz baja. Un pescador estaba a pocos metros de ellos en una canoa.

Ana María Cirés, la esposa del escritor se había metido en el agua con su enagua blanca, traslúcida y ceñida al cuerpo. Provocativamente jugaba arrojando el vital elemento al aire, las gotas mojaban su delicada silueta –Ese es Palacios –preguntó Quiroga refiriéndose al pescador y su peón haciéndose el distraído asintió con la cabeza, no quería observar a la mujer de su patrón, pero la imagen era sumamente atractiva.

El joven Palacios era el hijo de una familia de yerbateros de la región, reconocido en San Ignacio por su condición de rompe corazones, fama que había trascendido además en Posadas a donde el muchacho viajaba con frecuencia.

Se lo había visto rondando a caballo en varias ocasiones la propiedad del escritor uruguayo, a quien no le gustaba eso, a pesar de que hacía mucho tiempo que las relaciones con su esposa no eran las mejores.

Una flecha aguijoneó su espíritu varonil envolviendo el calendario de su existencia con un color grisáceo. Recordó a su alumna en un colegio secundario de Buenos Aires. Ana María Cirés era una niña hermosa y delicada, valió la pena insistir ante la negativa de sus acartonados padres para desposarla y luego traerla a vivir a la selva misionera.

Cinco años pasaron raudamente y después todo cambió. Por entonces era común contratar por unos pocos pesos a algún paraguayo para realizar tareas reñidas con la ley. La idea no era otra que “meterle miedo“ al mentado picaflor y para ello trajeron a un sordo mudo de la otra orilla para darle un escarmiento al hijo de los yerbateros.

La noticia se propagó como un reguero de pólvora en la pequeña comunidad y el comentario corrió de boca en boca en todos los estratos sociales del pueblo de las conocidas reducciones jesuíticas. La población intuía los pormenores pero atemorizada no quería hablar del asunto. Hasta el loco Fernícola que deambulaba por las calles y dormía entre los muros de las denominadas ruinas, para referirse al acontecimiento hacía el conocido gesto sexual con los dedos de las manos para luego muerto de risa gesticular como que estaba leyendo un libro.

Tan sólo Prudencia Montiel una mujer que se dedicaba a lavar y planchar ropa en casa de familias, contaba los detalles de la aparición del sicario paraguayo que con un salto y gritos en el medio de un sendero asustó al caballo y volteó al muchacho en un camino pedregoso. La planchadora aseguraba que el hombre en virtud a su discapacidad auditiva y vocal solamente hizo una seña con la mano en su garganta, como ejemplificando una degolladura, para perderse en la espesura del monte profiriendo unos sonidos guturales siniestros.

Meses después otro hecho trágico conmovió a la comunidad, el suicidio de Ana María no hizo más que convalidar las conjeturas que hicieron que Palacios desapareciera definitivamente de la zona, yéndose a vivir a Posadas.

El escritor comprendió entonces que sus días sufrieron un profundo cambio, un dolor inexplicable se adueñó de sus silencios sus escritos sintieron esa influencia, subrepticiamente comenzaron a sucederse en todos ellos esos fantasmas nuevos, escenas y personajes adueñados de sus sueños y realidades.

Zajaczkowski reside en Apóstoles. Lleva editado siete libros. Ha obtenido distinciones y premios en diferentes certámenes literarios.

El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina