Siempre se puede llegar más lejos

Domingo 14 de julio de 2019
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

Hacía tiempo que no iba a un casamiento en Buenos Aires, tanto que tuve que preguntar a una millennial porteña cómo hay que ir:
–En Uber, me contestó. 
–Me refería a la ropa… aclaré.
–Ah ¡cada uno va como quiere! replicó pasmada con mi pregunta.
Fui en taxi para evitar las torturas que tienen reservadas los taxistas para los que se saltan sus privilegios. Y de traje oscuro, pero con zapatos y corbata (los hay que van de traje pero con zapatillas y sin corbata). No desentoné: en mi mesa todos los señores estaban de traje y corbata y las señoras de gran vestido de fiesta. Así era cuando los varones no competíamos por estas cosas y por eso íbamos a las fiestas de traje oscuro, o uniformados por el frac, el chaqué o el esmoquin. Me lo explicó mi padre mientras nos poníamos un traje de pingüino alquilado en Casa Martínez para el casamiento de alguno de mis hermanos mayores: “es para resaltar la belleza de las mujeres”. En esa época los varones no hablábamos jamás de la ropa que llevábamos puesta y mucho menos de nuestra gordura o delgadez.
A veces pareciera que los casamientos se hacen para las fotos… Bueno, como el G20, la graduación de Licenciado en Marketing de la Alfalfa, o las audiencias con el Papa… en todos los casos lo que importa es la foto. Pasó que en este casamiento de la semana antepasada estaba todo muy lindo, todos muy elegantes, la iglesia muy bien decorada, las mesas arregladas y la comida muy rica… Todo menos el fotógrafo, que parecía un estibador del mercado de abasto deambulando entre reyes y princesas. Suele pasar. Ellos saben que no aparecerán en las fotos y desentonan en la ceremonia como una patada en la retina de los protagonistas y sus invitados.
Me acordé entonces de Erich Salomon, el fotógrafo alemán que en los años 30 del siglo pasado se vestía como los protagonistas de sus historias: si tenía que fotografiar un cóctel de ministros iba vestido de ministro. No desentonaba ni en las reuniones más encumbradas a pesar de llevar su cámara colgada del cuello. Salomon fue asesinado, junto con su mujer y su hijo, en el campo de concentración de Auschwitz el 7 de julio de 1944. Tenía 58 años, pero en su corta vida tuvo tiempo de enseñar una de las reglas básicas del fotoperiodismo que debe aplicarse también a cualquiera que haga de la fotografía una profesión: el aspecto –la buena educación, al fin y al cabo– abre más puertas que la credencial. Algo fundamental para cualquier periodista, pero especialmente para los fotógrafos, ya que son los periodistas que más deben acercarse a los hechos que testimonian. También para los que con el tiempo aprendimos que la credencial sirve para encerrarnos en un corral más que para facilitar nuestro trabajo.
La técnica de Salomon es, en el fondo, la misma de las termitas, que es como le dicen en Buenos Aires a los que se cuelan a los cócteles y las fiestas. Tantos colados hay que dicen que en la última entrega de los Martín Fierro había más termitas que invitados. La teoría de las termitas sostiene que bien vestido y con suficiente determinación, se puede entrar hasta a la boda del Príncipe de Gales. Es cierto que hay que ser un poco caradura, pero también es cierto que el mundo es de los audaces, como dicen que dijo Virgilio cuando escribió audentis fortuna iuvat (la fortuna ayuda a los audaces).
No se trata de entrar a donde a uno no lo llamaron, pero sí de aprender que siempre se puede llegar más lejos o se puede dar otra vuelta de rosca cuando parece que ya no queda espacio. Y no lo logran los que desentonan por exceso o por defecto. Es que a los Yo-me-amo que están siempre diciendo “acá estoy yo” se les cierran más puertas que a los que se afeitan todos los días.

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