Rara sociedad

Domingo 14 de junio de 2020 | 01:30hs.

Por Roberto Abinzano Escritor

Sentado en una rama muy alta de un centenario cedro de la selva misionera, estaba un ángel llorando y sus alas colgaban pesadamente en el vacío.
En el cielo diáfano de la mañana apareció un punto oscuro que se movía en círculos muy amplios que luego se fueron cerrando. Aquel nauta se aproximó a la copa de los árboles hasta posarse en una de ellas. Era una inmensa harpía, de esas que ya no se ven. Tenía unas poderosas garras que la anclaban en una rama, justo frente de ese extraño ser que nunca había visto.
Observaba todo con sus redondos ojos negros, velados por unas membranas que le conferían un aspecto siniestro.

La harpía miraba al ángel y este ignoraba su presencia. Seguía llorando espasmódicamente. Como las harpías no hablan –como en las fábulas- , solo se dedicó a observar con esos ojos aterradores.
El ángel levantó la cabeza y vio a su visitante. Buscó en su memoria atemporal una imagen parecida sin hallarla. Era la primera vez que estaba en la tierra. Venía de un reino de perfección y eterna felicidad y estaba en la tierra para cumplir su primera misión, pero tenía un ala destrozada.
La harpía hizo una demostración instintiva de poder desplegando sus alas y mostrando el interior cuadriculado, negro y blanco, como un tablero de ajedrez. Pero el ángel no podía ver a través de sus lágrimas.
La harpía no acertaba a identificar a ese individuo y no sabía si temerle o atacarlo para comerle los sesos como hacía con los monos del monte. Fue entonces que vio el ala rota.
Nunca sabremos como es el pensamiento de un animal, si es que tiene alguno, quizás sea un montón de imágenes inimaginables para nosotros; otros infinitos detalles y colores; otros recuerdos que no encuentran lo conocido para reconocerlo y abandonar la continua sorpresa paralizante.
La harpía miró hacia el cielo como interrogándolo. Luego de otra larga pausa, se acercó al ángel, lo envolvió con sus alas y tratando de no lastimarlo, cuidadosamente, lo alzo con sus garras y en un abrazo esforzado pero sutil, levantó vuelo.
El ángel era casi incorpóreo, ingrávido y los dos cuerpos se elevaron más y más hasta que el ángel se fue fundiendo con el aire y desapareció en el mismo momento en que dejaba de llorar.
Pero la harpía había llegado demasiado lejos, demasiado alto, y ya no pudo respirar. Su cuerpo extinto cayó como una roca en el vacío.

Relato inédito. Abinzano es profesor emérito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Misiones

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