Pragmatismo del siglo XXI

Domingo 16 de junio de 2019 | 06:00hs.
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzergpeltzer@elterritorio.com.ar

Recordaba cinco columnas atrás la elección interna que le ganó Carlos Menem a Antonio Cafiero el 9 de julio de 1988. El hecho que producía ese recuerdo fue la noticia de la precandidatura de Fernández & Fernández para competir en las Paso contra otros hipotéticos candidatos peronistas. Cinco semanas después volvió a estremecerse el tablero político con la candidatura de Miguel Pichetto a vicepresidente de Mauricio Macri. Hoy cada alianza tiene sus candidatos únicos, así que las Paso de agosto serán apenas un ensayo para la elección de octubre, salvo para algunas candidaturas a diputados para quienes sí harán las veces de elecciones primarias.
En 1988 Menem era tan desconocido como cualquier gobernador de La Rioja afuera de La Rioja. Para escándalo de las señoras gordas que después lo amaron, paseaba por Buenos Aires con su facha mitad Chacho Peñaloza mitad Facundo Quiroga. Cafiero, en cambio, era el gobernador de Buenos Aires, peronista inocente de la primera hora, discípulo y exégeta de Juan Domingo Perón. En la provincia de Buenos Aires reside más del 40% del padrón electoral, alimentado por el cinturón peronista que rodea a la Capital Federal, lo que hacía imposible que Cafiero perdiera contra Menem. Pero Menem le tendió una trampita a Cafiero, y Cafiero cayó como un chorlito: lo desafió a una elección pelada de todo el aparato del partido; uno contra otro, sin más candidatos ni jurisdicciones que el presidente y su vice, y en esa lid pudo más el estrafalario Menem que luego ganaría las presidenciales de 1989 y haría en el gobierno todo lo contrario de lo que prometía su figura y su discurso. En política el enemigo no es el que te insulta sino el que te roba los votos, y eso es lo que hizo entonces Menem y lo que intentaba la fórmula de los Fernández, pero ahora hay que sospechar también de la de Macri con Pichetto: un volantazo hacia una alianza que debería llamarse Pragmatismo del siglo XXI.
Desde la precandidatura de los Fernández y la elección que ganó Juan Schiaretti en Córdoba el arco político ya no va de la izquierda a la derecha ni se divide entre progresistas y conservadores. El arco ahora es un grueso pastel partido en dos lados, que podrían llamarse uno republicano y el otro nacionalpopulista. Pichetto, Urtubey, Lavagna o Schiaretti quieren, como Cafiero, un peronismo republicano; están cansados del nacionalpopulismo y suponen que también están hartos la mayoría de los votantes: basta con ver los números de las elecciones de 2015 y 2017, que son las únicas encuestas creíbles.
Cafiero soñaba con ese peronismo republicano: un partido profundamente nacional, popular, humanista y cristiano que sostuviera los postulados de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, pero desde el respeto más absoluto a la democracia representativa y a los límites al poder en el tiempo y en el espacio establecidos en la letra y el espíritu de nuestra constitución. Soñaba también con un sindicalismo fuerte, defensor de la dignidad de los trabajadores, pero democrático de verdad y no cueva de poder dinástico parasitada por millonarios sin escrúpulos. Pero el sueño de Cafiero patinó en el charco de Menem y todavía no sabemos si va a seguir a los tumbos o se va a realizar en una Argentina que pareciera haber cambiado definitivamente en la segunda decena del siglo XXI. Tampoco podemos saber qué hubiera ocurrido si Cafiero le ganaba a Menem, pero nos queda el consuelo de imaginarnos que pudo ser peor.
La Argentina no se arregla con la aniquilación del peronismo propuesta por el sector más fanático de Cambiemos. Se arregla con la democratización republicana del Justicialismo y de cualquier otro partido que pretenda imponer sus ideas o sus métodos tanto desde la mayoría como desde la minoría. No saldremos del fracaso sostenido con gorilismos revanchistas de ninguno de los dos lados de una grieta que está costando cerrar. Pichetto es la aceptación pragmática, por parte del gobierno y de la alianza en el poder, de una verdad que parecía desconocer el sector más influyente de la Casa Rosada: que la realidad no es blanca ni negra, sino gris. Por eso los puros de la política solo tienen éxito cuando animan los paneles de la televisión.

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