Por qué el peronismo no desaparece

Jueves 15 de agosto de 2019
Jorge R. Ferrari

Por Jorge Ferrari jyferrari39@gmail.com

El peronismo, surgido alrededor del año 1945, logró triunfar con la fórmula Perón - Quijano en las elecciones del 24 de febrero de 1946, habiendo obtenido el 52,8 % de los votos (exclusivamente masculinos). Desde allí, su presencia ha sido permanente, aunque bajo diversas tácticas en la política argentina –a lo largo de casi 75 años–, lo que resulta inexplicable para muchos argentinos y no argentinos.
Decididamente el peronismo no es de derecha, ni de izquierda, ni netamente populista, ni netamente conservador, ni fascista, ni socialista, ni golpista, ni frontalmente anticapitalista y, pese a los severos cambios acaecidos en la política nacional, ha sabido sortearlos, adecuarse a éstos y constituirse hoy en una nueva posibilidad de llegar al poder en la Argentina.
Dos rasgos distinguen al peronismo: ir generando líderes ocasionales, fuertes y carismáticos y saber organizar frentes electorales apropiados a distintas circunstancias.
Sus banderas, ejes doctrinarios originales o slogans, como “la lucha es por una patria justa, libre y soberana”; “la Argentina debe ser socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”; las “Veinte Verdades Peronistas”, la infaltable “Marcha de los Muchachos Peronistas” o “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”, etc., han sido empleadas ocasional o continuamente. 
El peronismo, a lo largo de sus 73 años, ha tenido dirigentes civiles, sindicalistas, empresarios, políticos, académicos o militares como el mayor Alberte, John William Cooke, Eva Perón, Augusto Vandor, el teniente general Juan José Valle, José Rucci, la conducción de Montoneros, José Alonso, Felipe Vallese, Andrés Framini, José Ber Gelbard, Cámpora, López Rega, Menem, Felipe Solá, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, y ahora el doctor Alberto Fernández.
Estuvo proscripto de la actividad política formal casi 18 años, y continuamente fue armando frentes electorales con diversas fuerzas políticas, como el desarrollismo, el conservadorismo popular, partidos renovadores, sectores del radicalismo, de la intransigencia del socialismo o del laborismo, etc., lo que muestra otra de sus virtudes: la flexibilidad institucional, que es                                         –llamativamente– otra vez movilizadora en la actualidad.
Como afirma Ricardo Sidicaro en su libro Los tres peronismos, tanto la figura de Menem como la de Duhalde o la de Néstor Kirchner, ideológicamente opuestas pero ambas “peronistas”, reflejan el sostenido apoyo de los sectores populares a sus líderes peronistas ocasionales, aunque también fueron contradictorios los apoyos del sector empresario agrícola nacional, por ejemplo con respecto al tipo de cambio o de las retenciones fiscales, o con las privatizaciones de empresas públicas que, de primero apoyarlas, luego criticarían a los propietarios que aumentaban sus tarifas para incrementar su rentabilidad. 
En palabras de Kirchner del 2002, caracterizó el proceso interno radical como que “…no es más un partido de poder, que va a tardar mucho tiempo en recuperarse, si es que alguna vez lo logra…”, o –para la misma época– que “lo único que había en el justicialismo era la unidad jurídica, ya que en su seno tenía corrientes abiertamente contradictorias o excluyentes…” en el libro Conversaciones Néstor Kirchner–Torcuato Di Tella (palabras que también se podrían argumentar hoy). 
La versión de que el peronismo es un sentimiento más que una ideología ayuda a brindarle cierta irracionalidad, como afirma Felipe Pigna o, como sostiene cierto antiperonismo, que es esencialmente irracional; pero haber sido –y continuar siendo– el mayor movimiento de masas de América Latina le asigna cierta racionalidad y legitimidad. De hecho, ha sido más perdurable que la Revolución Mexicana, y ha logrado obtener ciertas conquistas o reivindicaciones sociales –e impedido o paralizado otras– y aunque a Perón le simpatizaban ciertas medidas de Mussolini, como el orden y la movilización popular, tampoco nunca llegó a ser fascista, y como predicaba “el capitalismo en función social”, nunca fue considerado un marxista, y menos por la extrema izquierda que aun hoy es reticente a apoyar electoralmente al peronismo.
Señala Felipe Pigna que, curiosamente, en 1945, la izquierda imputaba a Perón su “fascismo”, en tanto los sectores del campo lo consideraban “comunista”, dualidad que concitó la hostilidad de ambos sectores durante muchos años.
Como síntesis, el actual propósito de Alberto Fernández sería intentar repetir el programa del Frente para la Victoria de 2003, de que hay que tener la convicción y la capacidad para unir los pedazos de una sociedad fragmentada y la voluntad de hacerlo, no desde un solo partido sino desde la conformación de un gran frente nacional… para lo cual hoy el peronismo es históricamente el más indicado para hacerlo en la Argentina, para orgullo de los peronistas y aborrecible para los antiperonistas.

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