Paz, pan y trabajo

Miércoles 15 de enero de 2020

Por Rubén Emilio Tito García rubengarcia1976@live.com.ar

ué hermosa lluvia dijo el padre Juan, cura leyenda en las Misiones cuya fama se extendía más allá de los límites de los treinta pueblos, frente a la ventana de su austero cuarto. El agua caía a baldazos inundando las partes ahuecadas de la plaza principal, y velando con su densidad la forma de las casas del frente. El temporal arreciaba cada vez más fuerte lanzando rimbombantes descargas eléctricas que iluminaban de a momentos la madrugada, como si los elementos de la naturaleza se hubieran conjurado para ofrecer un espectáculo entremezclando el agua, la oscuridad, los rayos y las centellas.
-Esta tormenta no durará más de dos horas- agregó el sacerdote, tratando, con el ceño fruncido, de escudriñar más allá de la distancia que sus ojos podían observar.  
El atento asistente sonrió, sabiendo que el vaticinio se cumpliría como todos los augurios y presagios que el anciano anunciaba desde que sufriera el accidente. 
-Usted, padre, es marangatú…
-No digas tonterías. No hay santos caminantes. Sólo hay hombres de buena voluntad– contestó.
El muchacho, sin dejar de sonreír, le acercó sus lentes quevedianas que se las colocó sobre la nariz con la mano izquierda, todavía con pulso firme. La otra mano reposaba inerte sobre la falda, mientras permanecía sentado en la silla de ruedas que le permitía ser conducido a cualquier lugar de la Misión, en particular a rezar a la iglesia dos veces al día y en sus turnos de clases de latín. La silla había sido elaborada con especial esmero por los artesanos de la carpintería, puesto que era el asiento obligado que el sacerdote utilizaba desde que se había recuperado de aquella rara enfermedad que lo tuvo sin conocimiento más de cinco meses. 
En el momento del accidente se encontraba arrodillado desbrozando los almácigos de la huerta del Tupambaé, cuando de golpe se desvaneció y quedó tirado entre las verduras. Lo llevaron prestamente a la enfermería, donde permaneció inconsciente y sin alimentase durante una semana. Al cabo abrió los ojos por unas horas sin reconocer a nadie y se volvió a dormir. Desde ese momento se despertaba dos o tres veces por día y las matronas aprovechaban para darle con suma paciencia alimentos en forma líquida, que el sacerdote tragaba con cierta dificultad.
-No dejen de alimentarlo y asearlo decía la más vieja a las más jóvenes.  
Afuera, la romería de gente se hacía incesante en forma continua. Largas colas de hermanos desfilaban por la ancha galería deteniéndose brevemente a observar a través de la ventana al sacerdote en reposo, y después de persignarse con expresión lastimera, reiniciaban la marcha.
La mayoría portaban crucecitas, estampitas y hojas de pindó, el árbol sagrado del guaraní para conjurar los males. Otros hicieron vigilia desde el primer día encendiendo velas, colgando estampas, dejando santitos tallados y rezando el santo rosario que la mayoría tenían habitualmente colgados del cuello como si fuera un payé. Peregrinos de los pueblos de la gran nación misionera venían con sus hijos a cuestas a rendir homenaje al santo varón que yacía inerme en la cama. La marcha, tanto de ida como de vuelta, se hacía lenta, pues nadie osaba pasar sin rezar en las capillas y ermitas erguidas a la vera de los caminos que unían los pueblos de las Misiones, construidas para pedir protección en la partida o dando las gracias a Dios por permitir el regreso a salvo.
También había que alimentar a la muchedumbre y tal propósito se desvanecía porque las reservas de la producción local no alcanzaban para nutrirlos a todos. Inmediatamente se dispuso el envío de carretas a la gran reducción de Nuestra Señora de la Candelaria, la capital de las Misiones erigida en gran economato por tener el puerto comercial más importante sobre el Paraná. Allí, en enormes depósitos se almacenaban los alimentos de la nación guaraní: granos, tasajos y yerba que, según las necesidades, se distribuían a cada reducción cuando las bonanzas alimenticias no eran propicias. Por otra parte, la yerba, el tabaco, la madera y los cueros apilados en las barracas constituían los productos para ventas al exterior, cuyas divisas eran necesarias para adquirir artículos sustanciales: papel para la imprenta, útiles de labranza y metales destinados a faenas artesanales. Por lo demás, la nación se autoabastecía y las divisas se acumulaban merced al favorable intercambio comercial, de manera que los pueblos guaraníes eran ricos sin alardear riquezas ni ostentarlas, dada la ancestral costumbre de vida sencilla y austera de los indios; como supo decirles el Mburuvichá Guazú a los supervisores de la Corona cuando arribaron década atrás:
Tenemos techo, pan, trabajo y paz ¿qué más podemos pedir al buen Dios?
Ese buen Dios de nuestros antepasados misioneros no logró iluminar con un poco de luz a los ministros que ocuparon la cartera de economía desde que se reconquistó la democracia en el año 1983, puesto que desde ese año la pobreza fue en aumento y a la fecha, a pesar de sus empeños y afanes, no supieron conseguir que los desposeídos de siempre tuvieran paz, su propio techo, y trabajo para llevar el pan de su esfuerzo al hogar. Entonces se deduce que los ecónomos de hoy tendrán que luchar denodadamente para iniciar la solución del 40% de pobres (16 millones de hermanos) que actualmente subsisten como pueden en nuestra Argentina, la gran productora de alimentos que produce para atender las necesidades alimentarias de 400 millones de seres humanos.
Un ejemplo: nuestros antepasados misioneros hacían reuniones de notables con el Consejo de Ancianos para analizar malas situaciones y encontrar soluciones. Tal vez, los ex ministros de economía se junten y analicen qué hicieron mal y traten de hallar el camino de la recuperación de nuestro querido país.

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