Suicidio: “El sufrimiento psíquico no tiene edad y la prevención tampoco puede tenerla”

Los datos de Misiones muestran que la problemática atraviesa distintas etapas de la vida y mostraron un incremento en 2025. La coordinadora de la Cais, Natalia Falcone, advirtió sobre la necesidad de reconocer las señales de alerta, no naturalizar el aislamiento ni la tristeza y las barreras en la comunidad y el sistema sanitario que obstaculizan a la hora de pedir ayuda 
viernes 30 de octubre de 2026 | 16:57hs.

El suicidio es un drama que atraviesa todas las esferas sociales, no discrimina edades ni situación económica. Aunque parezca solamente un hecho privado o individual, es también  un problema de salud pública y un sufrimiento comunitario. Es que se estima que cada muerte por suicidio impacta profundamente en más de 130 personas del entorno, ya sean familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, y eso aumenta el riesgo de duelos prolongados o de trauma en toda una comunidad. 

La clara explicación le corresponde a Natalia Falcone, coordinadora de la Comisión para el Abordaje Integral del Suicidio de Misiones (Cais) quien señaló además que para entender a la conducta es posible pensandola como una respuesta frente a un profundo dolor que la persona vive como insoportable y que cree que no va a terminar jamás. 

“En ese contexto, la conducta suicida aparece como una forma , aprendida y que no resuelve el problema de intentar escapar o calmar ese malestar. Para quien lo está atravesando tiene una lógica, aunque desde afuera no la veamos. A esto se suma que, en plena crisis, la persona suele tener una dificultad transitoria para encontrar otras salidas o imaginar que las cosas pueden mejorar. Queda atrapada en una gran desesperanza”, sostuvo la profesional.

Los suicidios ocuparon el segundo lugar entras las muertes por causas externas en Misiones durante el 2025 con 157 decesos, 28 más que en 2024. La tasa de mortalidad fue de 11,8 por cada 100 mil habitantes, evidenciando un ascenso respecto a los valores de 2024 (9,8) y 2023 (10,1). El 83,4% corresponden a sexo masculino.  

De acuerdo al último boletín de Mortalidad General por Causas Seleccionadas que publicó recientemente el Ministerio de Salud Pública, cuatro de quienes murieron por suicidio tenían entre 10 y 14 años y el mayor número lo concentraron los grupos que tenían entre 20 y 24 años (22), 30 y 34 años (20),  25 a 29 años (18) y los 15 a 19 años (15). Aunque también hubo 20 fallecimientos de adultos mayores que tenían de 60 años en adelante. El 83,4% corresponden a sexo masculino, es decir que del total 131 varones se quitaron la vida.

Detrás de estos datos fríos y plasmados en un documento hubo personas y hablan de lo amplio y complejo que es el drama, que no se refleja solamente en Misiones, sino que es universal. Hablar de suicidio es necesario para concientizar, para romper tabúes y prejuicios, para poder hablar y buscar ayuda.

“La conducta suicida no es un diagnóstico psiquiátrico. No hace falta tener un trastorno mental para pensar en quitarse la vida. Y tratar sólo una patología de base no garantiza que el riesgo disminuya. Por eso la intervención tiene que enfocarse específicamente en la conducta suicida y en ayudar a la persona a regular sus emociones”, indicó Falcone.

Si el lector de este artículo o alguien que conoce está pasando por una situación relacionada al suicidio, no dude en pedir ayuda. Puede acercarse al servicio de salud más cercano y manifestar que es una situación de riesgo. Se puede además comunicar mediante WhatsApp al 3764-518800 correspondiente al Centro de Atención Virtual en Salud Mental. Asimismo está disponible la Línea de Atención en Crisis del IPS al 3765-481000, durante las 24 horas para llamadas. Ante cualquier emergencia comunicarse al 911.

¿Qué es necesario saber para comprenderlo e intervenir?

Una imagen que ayuda mucho es la del iceberg. La muerte por suicidio es solo la punta visible del problema. Por debajo, por cada muerte hay aproximadamente entre 30 y 40 intentos, cientos de personas que tienen pensamientos de quitarse la vida y miles que están atravesando un malestar psicológico muy intenso. Eso nos muestra que hay mucho sufrimiento que no se ve y que es ahí donde tenemos que poner la mirada.

Otra cosa fundamental es derribar un mito muy instalado: preguntar no induce la idea. Preguntarle a alguien de manera directa “¿estás pensando en matarte?” no le pone esa idea en la cabeza ni aumenta el riesgo. Al contrario, suele ser un alivio para la persona, porque siente que puede hablar de lo que le pasa sin ser juzgada. Es la herramienta más efectiva que tenemos para detectar el riesgo a tiempo y, muchas veces, para salvar vidas.

Y por último, es importante saber que el suicidio es prevenible, aunque no se puede predecir con exactitud. No existe una escala ni un test que nos diga con certeza quién va a intentarlo y quién no. Por eso la evaluación tiene que ser continua y estar centrada en lo que le está pasando a la persona en el aquí y ahora: cómo se siente hoy, qué situaciones está atravesando, con qué apoyos cuenta.

¿Qué estigmas o prejuicios siguen persistiendo hasta hoy que obstaculizan pedir ayuda a tiempo?

Todavía persisten muchos prejuicios, y funcionan como verdaderas barreras para que una persona en crisis pida ayuda o la reciba a tiempo. Se dan a nivel social, comunitario y también dentro de las propias instituciones.

El primero es el tabú cultural, ese “de eso no se habla”. El miedo a ser juzgado, la vergüenza y la culpa hacen que muchas personas oculten lo que les pasa y no puedan poner en palabras su malestar. Y lo mismo ocurre en las familias y las comunidades: por temor a lo que van a decir los demás, muchas veces se evita reconocer lo que está pasando o se minimizan los pedidos de ayuda.

Después están los prejuicios que minimizan el dolor. Frases como “solo quiere llamar la atención” o “está manipulando” invalidan el sufrimiento de la persona y generan en el entorno enojo o rechazo, lo que termina aislándola todavía más. Lo mismo pasa con la idea de que “el que lo dice no lo hace”. Es falsa, y desestimar esas advertencias hace que se pierda la oportunidad de intervenir a tiempo.

También sigue muy presente el miedo a que hablar del tema o preguntar directamente “siembre” la idea. Como decía antes, la evidencia muestra justamente lo contrario. Y a esto se suman los mandatos de género y los estereotipos de fortaleza, como la creencia de que “los varones no piden ayuda” o no pueden mostrarse vulnerables. Esos mandatos castigan la expresión de las emociones y la búsqueda de apoyo.

Por último, hay barreras dentro del propio sistema de salud. El “de esto no se habla” también existe en la formación académica y en los centros de atención, donde muchos profesionales evitan el tema por falta de capacitación específica o por miedo a las consecuencias legales.

Del lado de la persona, el temor a ser internada contra su voluntad o a perder su capacidad de decidir hace que muchas veces oculte lo que está pensando. Los turnos lejanos, los circuitos largos y los trámites complicados desalientan a alguien que llega con muy poca energía y mucha desesperanza. 

Y no podemos dejar de mencionar la discriminación que sufren, por ejemplo, los adolescentes LGBTQ+, trans o no binarios y otros grupos marginados: viven un estigma constante que aumenta su vulnerabilidad y les cierra el acceso a espacios seguros donde ser escuchados.

Por ahí se piensa que el suicidio atraviesa a las los más jóvenes, pero en el informe provincial se ven casos de personas mayores de 75 años inclusive. ¿Es importante entender que la salud mental no excluye edades?

Sí, es fundamental. Solemos asociar el suicidio con adolescentes y jóvenes, y es cierto que es una población que nos preocupa mucho. Pero cuando miramos los datos, como los del informe provincial, aparecen también personas mayores, incluso de más de 75 años. De hecho, a nivel mundial, las personas mayores están entre los grupos con tasas más altas. El sufrimiento psíquico no tiene edad, y la prevención tampoco puede tenerla.

En las personas mayores hay situaciones que pesan mucho: la soledad, la pérdida de la pareja o de amigos, la jubilación y el cambio de rol, las enfermedades crónicas, el dolor físico, la pérdida de autonomía y, muchas veces, la sensación de ser una carga para la familia. Todo eso puede generar ese dolor que se vive como insoportable y sin salida del que hablábamos antes.

Además, en esta etapa el malestar suele pasar más desapercibido. Se tiende a pensar que la tristeza, el aislamiento o el desgano son “cosas de la edad”, y no lo son. Hay también menos costumbre de hablar de lo que se siente y de pedir ayuda, sobre todo en generaciones que crecieron con la idea de que de esas cosas no se habla. Y algo que preocupa especialmente es que, en las personas mayores, los intentos suelen ser más graves, por lo que hay menos margen para llegar a tiempo.

Por eso es importante que la familia, los equipos de salud y la comunidad estén atentos en todas las etapas de la vida. Preguntar, acompañar, sostener los vínculos y no naturalizar el sufrimiento de nadie, tenga 15 años o tenga 80.

¿Cuáles son las recomendaciones para buscar ayuda para la persona que está atravesando una situación difícil? ¿Y cómo pueden ayudar quienes lo rodean?

A la persona que está atravesando un momento muy difícil, lo primero que le diría es que no tiene que pasar por esto sola. Hablar con alguien de confianza, un familiar, un amigo, un docente o un compañero, ya es un primer paso enorme. También puede acercarse a un centro de salud, consultar con un profesional de salud mental o, si siente que está en riesgo en ese momento, ir a una guardia o llamar a una línea de ayuda. Pedir ayuda no es un signo de debilidad. Ese dolor que hoy parece interminable puede cambiar, y hay formas de atravesarlo con acompañamiento.

Quienes rodean a la persona tienen un rol muy importante. Lo primero es escuchar sin juzgar, con empatía. Muchas veces, con buena intención, aparecen frases como “no es para tanto” o “tenés que ponerle onda”, que terminan invalidando lo que la persona siente. Y comentarios como “lo hace para llamar la atención” la aíslan todavía más.

Lo segundo es animarse a preguntar de forma directa: “¿estás pensando en matarte?”. Como decía antes, preguntar no pone la idea en la cabeza de nadie. Al contrario, abre la puerta para que la persona pueda hablar y para que podamos saber cómo ayudarla.

También es clave cuidar el entorno, por ejemplo, retirando o limitando en la casa el acceso a cosas que puedan ser peligrosas, como medicamentos en grandes cantidades, armas o sustancias tóxicas. Es una medida sencilla y salva vidas.

Cuando la persona está en tratamiento ¿Cómo se acompaña?

Cuando la persona ya está en tratamiento, la familia puede sumarse al llamado Plan de Seguridad, que es una guía que se arma con el profesional sobre qué hacer y a quién recurrir en un momento de crisis. En el caso de adolescentes, la participación de la familia es obligatoria. Y por último, acompañar: ir con la persona a las consultas, ayudarla con los turnos y los trámites, sostenerla para que no abandone. Alguien que está muy desesperanzado puede bajar los brazos ante el primer obstáculo, y ahí la red de apoyo hace la diferencia.

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