Juegos, canciones y cuentos son aliados para estimular a los más pequeños

Crecen las consultas por dificultades del lenguaje asociadas al uso de pantallas

La fonoaudióloga Analía Pereyra señaló que la menor interacción cara a cara limita la adquisición de vocabulario. Es importante detectar las señales de alerta a tiempo.
domingo 25 de octubre de 2026 | 3:00hs.
Analía Pereyra. Fonoaudióloga
Analía Pereyra. Fonoaudióloga

Los celulares, las tablets y la televisión forman parte de la vida cotidiana de muchos niños desde edades cada vez más tempranas. Sin embargo, detrás de su uso frecuente existe una preocupación creciente entre los fonoaudiólogos: el tiempo que los más pequeños pasan frente a estos dispositivos puede desplazar experiencias fundamentales para su desarrollo, como el juego, las conversaciones y el contacto directo con otras personas. En este contexto, los profesionales advierten sobre la importancia de acompañar la adquisición del lenguaje desde los primeros años de vida y prestar atención a las dificultades que puedan surgir durante ese proceso.

“Hoy tenemos más consultas relacionadas con los desafíos en el desarrollo del lenguaje, sobre todo en los últimos años. Los niños más pequeños llegan porque no hablan o hablan muy poco. Después tenemos niños un poquito más grandes a los que no se les entiende lo que dicen y otros que, si bien pueden pronunciar, tienen dificultades para conversar, narrar o socializar. Es una lástima porque son situaciones que se tendrían que haber detectado más temprano”, explicó a El Territorio la fonoaudióloga Analía Pereyra, fundadora del equipo Fonoser y secretaria del Colegio de Fonoaudiólogos de Misiones.

El incremento de la demanda responde, en parte, a una mayor disponibilidad de profesionales, favorecida por la apertura de la carrera de Fonoaudiología en Posadas. Sin embargo, también se observa un crecimiento de las dificultades vinculadas con la adquisición y el desarrollo del lenguaje. Las consultas pueden surgir por iniciativa de las familias o mediante derivaciones de pediatras, jardines maternales y establecimientos educativos.

Las causas son diversas y no siempre existe una alteración orgánica que explique las dificultades. En algunos casos se identifican condiciones anatómicas, como frenillos linguales cortos o fisuras del área alveolopalatina, mientras que en otros se requieren evaluaciones interdisciplinarias para determinar el origen.

“Tenemos varios casos en que descubrimos que son las pantallas las que estuvieron entorpeciendo o afectando el desarrollo del lenguaje en los niños más pequeños. Cada vez hay más investigaciones internacionales sobre este impacto, que no solamente se observa en el lenguaje, sino también en otras áreas del desarrollo. Lo que vemos particularmente es que, al disminuir la interacción cara a cara, se afecta la comunicación humana. Eso hace que haya menos vocabulario y un empobrecimiento de las habilidades cognitivas”, sostuvo.

La exposición prolongada a dispositivos electrónicos puede reducir las oportunidades de intercambio verbal que los niños necesitan para incorporar nuevas palabras y aprender a utilizarlas en diferentes situaciones. El problema no se limita al contenido que consumen, sino también al tiempo que dejan de compartir con otras personas. La atención, la regulación emocional y la conducta pueden verse comprometidas, con manifestaciones como menor tolerancia a la frustración y dificultades para esperar. Estas consecuencias adquieren especial relevancia durante la primera infancia, cuando el sistema nervioso atraviesa un período de rápido crecimiento y mayor plasticidad cerebral.

“Los primeros años son los más importantes porque el lenguaje se aprende, en gran parte, durante ese período. Después de los cinco o seis años, su base ya está constituida, aunque seguimos aprendiendo durante toda la vida. A veces no es el aparato en sí, sino la falta de interacción con otra persona. El lenguaje sigue siendo el resultado de esa interacción humana y eso no lo reemplaza ninguna tecnología”, remarcó Pereyra.

Señales de alerta

El desarrollo de las habilidades comunicativas comienza mucho antes de la aparición de las primeras palabras. Durante el primer año de vida se esperan conductas preverbales, como el contacto visual, la atención conjunta, el balbuceo, la imitación y los gestos para señalar o pedir objetos. Entre los 12 y 18 meses suelen aparecer las primeras palabras.

Alrededor de los dos años, se espera que el niño cuente con un vocabulario de más de 50 palabras y comience a combinarlas. Hacia los tres años deberían aparecer frases simples, mientras que a los cuatro se desarrollan estructuras más complejas. Entre los cinco y seis años, el lenguaje debe permitir conversaciones, narraciones y una pronunciación clara de los sonidos, habilidades necesarias para el ingreso a la escolaridad primaria.

“Cada niño tiene sus tiempos, pero existen hitos del desarrollo que nos sirven de guía. Si a los dos años tiene menos de 50 palabras y todavía no las combina, tenemos que prestar atención. A los tres años ya debería formar frases simples y a los cinco tendría que poder conversar, contar cosas y hacerse entender. Esto es fundamental porque después comienza el aprendizaje de la lectura y la escritura, que también son lenguaje”, detalló la profesional.

Uno de los principales problemas continúa siendo la demora en la búsqueda de atención especializada. Aunque durante 2026 se registró una mejora en las derivaciones pediátricas tempranas, todavía llegan a los consultorios niños de cuatro años que utilizan palabras aisladas, de seis años con una producción verbal muy limitada e incluso de ocho años con dificultades persistentes. Para promover el reconocimiento de estas situaciones, el equipo Fonoser comenzó a desarrollar charlas destinadas a familias y docentes de establecimientos educativos, especialmente del nivel inicial, con el propósito de favorecer la identificación oportuna de posibles alteraciones.

“Seguimos viendo niños que llegan tarde a la consulta. Hay una idea muy instalada de que hay que esperar porque ya va a hablar, pero eso no es así para todos. Un niño puede comenzar a hablar más tarde y después desarrollarse bien, mientras que otro puede presentar dificultades que continúan con el tiempo. Por eso es importante evaluar cada situación de manera individual y no comparar con lo que pasó con un hermano o con otro integrante de la familia”, señaló.

Cuándo una dificultad puede persistir

La denominación de hablante tardío se utiliza para describir a niños que comienzan a expresarse verbalmente después de lo esperado para su edad, sin que necesariamente presenten otras condiciones asociadas. En estos casos, resulta importante observar la comprensión del lenguaje, el uso de gestos y los antecedentes familiares. Algunos necesitan seguimiento periódico y otros pueden beneficiarse de una intervención preventiva. Cuando las dificultades son persistentes y comprometen diferentes aspectos del lenguaje, puede corresponder una evaluación orientada a identificar un trastorno del desarrollo del lenguaje (TDL), cuyo diagnóstico se sugiere a partir de los cuatro años.

A diferencia de algunas dificultades transitorias, el TDL constituye una condición que puede acompañar a la persona durante toda su vida. La intervención fonoaudiológica busca favorecer la adquisición de habilidades y desarrollar estrategias que permitan compensar las dificultades. Su impacto no se limita a la expresión oral, ya que también puede comprometer la comprensión de consignas, la organización de relatos y el aprendizaje escolar. La atención durante los primeros años permite acompañar estos procesos y disminuir las consecuencias que podrían manifestarse en etapas posteriores.

“Cuando un niño tiene un trastorno del desarrollo del lenguaje, no hablamos de una enfermedad que se cura. Con una buena intervención, muchos años de acompañamiento y una familia comprometida, puede llegar a compensar bastante sus dificultades. Incluso puede alcanzar un momento en el que ya no necesite tanta atención profesional, pero eso no significa que el trastorno haya desaparecido”, aclaró.

El impacto en la vida escolar y social

Las dificultades comunicativas también pueden influir en la relación con otros niños y en la expresión de necesidades y emociones. Durante los primeros años, quienes todavía no logran comunicar verbalmente lo que desean pueden recurrir a conductas como el llanto, los berrinches o las reacciones físicas. A medida que crecen, las dificultades para mantener conversaciones, respetar turnos o contar experiencias pueden generar frustración, aislamiento y obstáculos para establecer amistades. En el ámbito escolar, estas situaciones también pueden aumentar la vulnerabilidad frente a las burlas y el acoso de sus compañeros.

“Si un niño no puede decir que algo le duele, que no quiere algo o que necesita ir al baño, lo va a expresar de otra manera. A veces pega, hace berrinches o se aísla. Cuando son más grandes, quieren conversar, pero los demás no siempre los entienden y eso genera mucha frustración. Hemos visto situaciones de bullying porque las dificultades del lenguaje son muy notorias. Por eso tenemos que pensar en cómo se siente ese niño y en todo lo que puede estar atravesando”, expresó.

La detección de estas situaciones requiere la participación de las familias, los profesionales de la salud y las instituciones educativas. Los gabinetes escolares, docentes y pediatras cumplen un papel importante en el reconocimiento de señales que justifican una evaluación. El abordaje puede incluir la participación de otras disciplinas, como neurología, otorrinolaringología, odontología, psicología y psicopedagogía, de acuerdo con las necesidades particulares. La finalidad no es establecer diagnósticos innecesarios, sino ofrecer orientación y herramientas que favorezcan el desarrollo integral.

“Una consulta puede hacer la diferencia en la vida de un niño. No siempre significa que va a necesitar tratamiento o que tiene algún diagnóstico. A veces los padres solamente necesitan orientación para saber cómo acompañarlo. Lo importante es que, si una mamá, un papá o una maestra sospecha que existe alguna dificultad, no espere. Cuanto más pequeño es el niño, mayores son las posibilidades de acompañar su desarrollo”, insistió.

El papel de las familias 

La responsabilidad de regular el acceso a los dispositivos no se limita a establecer horarios para los niños. Los hábitos de los adultos también influyen en la cantidad y calidad de los intercambios familiares. El uso del celular durante las comidas o los momentos compartidos puede disminuir las conversaciones cotidianas, fundamentales para la adquisición de habilidades comunicativas. Por ese motivo, las recomendaciones incluyen revisar las propias conductas y generar espacios de interacción sin dispositivos. En los menores de dos años se aconseja evitar la exposición, mientras que en edades posteriores resulta importante controlar el tiempo, seleccionar los contenidos y acompañar su utilización.

“Hoy el problema no es solamente que el niño tenga una pantalla, sino que los padres también la tienen. A veces están almorzando y el niño está con el celular, pero el papá también. Entonces se habla menos. Los adultos somos los modelos de los niños y tenemos que empezar por nosotros. No se trata de culpar a las familias, sino de entender que esa comunicación cotidiana es fundamental”, manifestó Pereyra.

Entre las principales estrategias para estimular el lenguaje en el hogar se encuentran las actividades compartidas que favorecen la participación activa de los niños. Los juegos con juguetes, masas, barro y elementos del entorno permiten incorporar vocabulario mediante experiencias sensoriales. Las canciones favorecen la imitación y la adquisición de nuevas palabras, mientras que los cuentos ofrecen oportunidades para conversar, señalar imágenes y construir relatos. También se recomienda evitar los dispositivos durante al menos una hora antes de dormir, debido a la importancia del descanso para la atención y el aprendizaje.

“Los tres mejores aliados para estimular el lenguaje son el juego, las canciones y los cuentos. No hace falta tener grandes cosas ni materiales especiales. Podemos jugar al aire libre, cantar o compartir un cuento antes de dormir. Los niños aprenden a través de las experiencias, de lo que ven, escuchan, tocan y sienten. Lo importante es compartir esos momentos con ellos, porque el lenguaje se construye en el intercambio con otra persona”.

Recomendaciones 

Por su parte, la fonoaudióloga compartió recomendaciones para orientar a las familias sobre el uso de las tecnologías según la edad. Entre ellas, incluyó las pautas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que desalientan la exposición a pantallas en los primeros dos años de vida y establecen un máximo de una hora diaria entre los tres y cuatro años, con la aclaración de que cuanto menor sea ese tiempo, mejor. Estas indicaciones comprenden celulares, tablets, computadoras, televisores y consolas.

La Sociedad Argentina de Pediatría aporta medidas para organizar su utilización dentro del hogar. Aconseja evitar los dispositivos durante al menos una hora antes de acostarse, mantenerlos fuera de los dormitorios y prescindir de ellos durante las comidas principales. Mientras se realizan las tareas escolares, plantea dejar de lado los contenidos de entretenimiento para no dividir la atención entre distintas actividades.

La entidad también propone establecer zonas libres de pantallas y planificar encuentros familiares sin dispositivos. Los adultos pueden acompañar estas decisiones apagando o silenciando sus propios celulares. La selección de contenidos y el tiempo compartido deben favorecer el aprendizaje, la creatividad y las experiencias en familia, sin que exista presión por introducir la tecnología tempranamente.

Otra herramienta que acercó Pereyra es la regla del tres, seis, nueve y doce. Desarrollada por Serge Tisseron y avalada por la Asociación Francesa de Pediatría Ambulatoria, ofrece una guía para incorporar las tecnologías de manera gradual. Sus primeras pautas son evitar las pantallas antes de los tres años y los videojuegos o tablets antes de los seis, dando prioridad a las actividades manuales y a las experiencias con el entorno.

Hasta los nueve años, esta propuesta indica un acceso limitado a internet, siempre con una persona adulta y nunca solos. Hasta los doce, aconseja evitar las redes sociales y el celular propio. La navegación debe continuar bajo supervisión, con horarios definidos y momentos de desconexión para socializar. Los controles parentales pueden ayudar a cuidar el acceso, junto con conversaciones sobre los contenidos inapropiados, las situaciones de acoso y la información personal que se vuelve pública al compartirla.

En las sugerencias elaboradas por la profesional, las salidas y los viajes aparecen como oportunidades para ofrecer otras opciones de entretenimiento. Preparar una mochila con muñecos, masas, juguetes y materiales para pintar permite anticiparse al recurso del celular. Recrear situaciones como cocinar, comprar o jugar al doctor suma posibilidades de intercambio. Si un mayor de dos años utiliza tecnología, plantea como ejemplo una actividad breve de cinco minutos en la que el adulto también participe, hable y comparta turnos.

Pereyra advirtió, además, sobre la televisión que permanece encendida de fondo: aun cuando nadie la esté mirando de manera sostenida, puede disminuir las conversaciones y la producción de palabras en el hogar. El aprendizaje de números o letras mediante videos tampoco equivale, por sí solo, a saber utilizar esos conocimientos para comunicarse en situaciones cotidianas. Las experiencias con distintas personas permiten practicar cómo pedir, responder y participar de un intercambio.

Entre los antecedentes científicos que incluyó, figura un estudio de Megan Gath y colaboradores, publicado en Developmental Psychology en 2026. Según la síntesis aportada, una exposición diaria superior a una hora y media a los dos años se asoció con un lenguaje por debajo del promedio y dificultades de relación con los compañeros a los cuatro años y medio. El trabajo también vinculó más de dos horas y media diarias de pantalla con mayores problemas entre pares a los ocho años. Estos resultados describen asociaciones y refuerzan la importancia de revisar los hábitos digitales durante la primera infancia.

En detalle

En el primer año

Durante el primer año de vida se esperan conductas preverbales, como el contacto visual, la atención conjunta, el balbuceo, la imitación y los gestos para señalar o pedir objetos.

1-2 años

Entre los 12 y 18 meses aparecen las primeras palabras. Alrededor de los dos años, se espera que el niño cuente con un vocabulario de más de 50 palabras y comience a combinarlas.

3-4 años

Hacia los 3 años se espera que aparezcan frases simples, mientras que a los cuatro los niños deberían poder desarrollar estructuras más complejas en su lenguaje.

5-6 años

Entre los 5 y 6 años, el lenguaje debe permitir conversaciones, narraciones y una pronunciación clara de los sonidos, habilidades necesarias para el ingreso a la escolaridad primaria.

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