Cáncer de Mama y deporte

Nunca soltó el timón de su vida

Leandra Burtnik, entrenadora de vela de Optinic, superó la enfermedad con el río, el deporte y el cariño de su gente como sostén. “La vida continúa”, compartió emocionada
sábado 17 de octubre de 2026 | 6:06hs.
Para Leandra, estar bien físicamente y rodeada de gente afín hizo la diferencia en su recuperación. 
Foto Agustina Vera
Para Leandra, estar bien físicamente y rodeada de gente afín hizo la diferencia en su recuperación. Foto Agustina Vera

Uno pasa el portón del club en la zona náutica de El Brete y ella está esperando con una gran sonrisa. Se prende la cámara y la emoción se hace presente, la voz dulce se pone más bajita por momentos y la frase “superé el cáncer” da inicio a una charla profunda cargada de amor y de agradecimiento.

Leandra Burtnik es instructora de vela de OptiNic, enseña stand up paddle (SUP) y también es deportista. Junto a su pareja, Nicolás Dasso, comparte sus días rodeada de chicos, adolescentes y adultos que encontraron en ellos mucho más que un espacio para aprender a navegar: un lugar de pertenencia, amistad y afecto.

Lea, como todos la conocen, es de esas personas que están pendientes de los demás. Durante años acompañó, enseñó y alentó a muchísima gente. Lo que quizás nunca imaginó es que, cuando la vida la enfrentara a uno de sus desafíos más difíciles, todo ese cariño regresaría de una manera tan inmensa.

El año pasado recibió un diagnóstico de cáncer de mama. Atravesó una cirugía, sesiones de radioterapia y meses de cuidados. En medio del proceso también perdió a su papá. Sin embargo, nunca estuvo sola. Nico, sus alumnos, sus amigas del río y los profesionales que la atendieron fueron parte de una red de contención fundamental para seguir adelante.

Hoy continúa con controles y un tratamiento médico previsto por cinco años, pero volvió a competir, enseñar y navegar. Hay algo que cambió para siempre: muchas veces, cuando sale al agua, llora. Y llora de felicidad.

El miedo a lo desconocido

“El diagnóstico para todas las personas es como mucho ruido y, a la vez, silencios. Cuando aparece la palabra cáncer no sabés para dónde ir”, recordó Leandra.

Siempre había pensado que no tendría la fortaleza suficiente para atravesar una enfermedad así. “Lo primero que se te viene a la mente es que no te querés morir. Yo decía que no iba a poder con esto. Tenés a las personas que te acompañan, a tu familia, en mi caso Nico, que estuvo todo el tiempo, pero tu mente escucha y a la vez no escucha. Pensás que no lo vas a superar”, contó.

El descubrimiento llegó de una manera inesperada. Una noche, mientras dormía, su gatita saltó sobre ella y le pisó el pecho. El dolor le llamó la atención, se tocó y encontró un bulto. Aunque todavía no le correspondía realizarse los siguientes controles, decidió consultar. Le escribió a una amiga que trabajaba en un instituto de diagnóstico por imágenes y, después de contarle lo ocurrido, recibió una respuesta concreta: “Vení”.

Siguieron las consultas con la mastóloga y nuevos estudios, hasta que llegó la indicación de una biopsia. “La palabra biopsia me desarmó. Ahí me di cuenta de que ya no era un bulto normal, que no era el quistecito que todos los años te dicen que es normal”, recordó.

Tras la cirugía, los estudios de los ganglios dieron resultados negativos y los médicos indicaron radioterapia, sin necesidad de quimioterapia. Leandra destacó especialmente el acompañamiento de su doctora, Laura Ruiz Díaz, quien la tranquilizó durante los momentos de mayor temor.

En ese recorrido también se aferró a una frase que le devolvió un horizonte: vida normal. “Cuando los médicos me dijeron que podía hacer una vida normal, me aferré a la actividad, a la gente del río, a mi embarcación. Me propuse seguir haciendo lo que hacía, enseñando y navegando, con los mismos objetivos que tenía antes. Eso me ayudó a superar todo”, señaló.

La vida deportiva también fue una aliada. Acostumbrada a mantenerse activa y a cuidar su salud, encontró en esos hábitos una herramienta para atravesar el tratamiento y sostener su bienestar físico y emocional. “Sin duda, el deporte te prepara para todo. Estar bien físicamente y tener una vida saludable fue muy importante para mí”, sostuvo. Aun así, remarcó que la detección temprana y la atención médica fueron determinantes en su recuperación.

El cariño volvió multiplicado

Durante el tratamiento tuvo que limitar la exposición al sol, especialmente en las horas de mayor intensidad. Para alguien acostumbrada a pasar buena parte del día sobre el Paraná, significó un cambio enorme. Sin embargo, siguió yendo al club: “Yo estaba todo el día en el club. No me quería ir, prácticamente me iba a mi casa solo a dormir. Era importante no estar pensando todo el tiempo”.

Mientras ella permanecía bajo techo, quienes compartían las remadas con ella se organizaron para continuar con las actividades. Se hicieron cargo de los grupos y acompañaron a los alumnos para que todo siguiera funcionando.

“Mucha gente que remaba conmigo se puso el grupo al hombro y los sacó todos los días al agua. Ahí me di cuenta de qué importante es la presencia de alguien en la vida de otra persona. Que alguien quiera, sin ningún tipo de necesidad, hacerse cargo de tu trabajo habla de lo que construiste con los demás”, reflexionó. Durante años había sido ella quien acompañaba y cuidaba a los demás. Esta vez, ese afecto volvió para sostenerla.

Y en ese círculo, Nico Dasso fue un pilar fundamental. “Estuvo todo el tiempo conmigo y sigue estando. Dicen que el que acompaña sufre doble, porque tiene que ser fuerte para darle fortaleza a la persona enferma. Creo que fue fundamental en mi recuperación”, expresó.

Volver al río y llorar de felicidad

El proceso estuvo marcado también por una pérdida dolorosa. En agosto, el día que debía retirar los resultados médicos, recibió la noticia de que su papá había fallecido. Viajó a Apóstoles para despedirlo y recién pudo buscar los estudios el lunes siguiente. Los resultados confirmaron que los ganglios estaban libres de enfermedad y que debía continuar con radioterapia.

En medio de la tristeza, Leandra encontró un significado íntimo en aquella coincidencia. “Sentí como que mi papá se había llevado lo poquito malo que podía tener yo. Esas son las emociones de las que también te agarrás. Decís: me salvó, me curó”, recordó.

A fines de octubre recibió el alta de esa etapa del tratamiento y el 1 de noviembre volvió a competir en el campeonato aniversario de Optinic. Ganó. Después de tantos meses de incertidumbre, aquel resultado fue mucho más que una victoria deportiva. “Fue pensar que se puede, cuando yo creía que no iba a poder”, señaló.

Pero el regreso al agua también tuvo un costado íntimo, lejos de las regatas y de la competencia. Leandra volvió a navegar y, en muchas de esas salidas, las lágrimas aparecieron sin que pudiera contenerlas.

“En un momento tomé conciencia de que yo no me iba a morir, de que iba a seguir. Era como comprobar que la vida continúa. Mucho tiempo, cuando salía al agua, iba en el gomón y lloraba. Lloraba sola, obviamente de felicidad”, contó.

Aquellas lágrimas guardaban meses de miedo, angustia y tratamientos, pero también la alegría de recuperar una parte esencial de su vida. Lloraba sola sobre el Paraná, aunque durante la enfermedad nunca había estado sola.

La recuperación no apagó su espíritu competitivo. Este año participó del Ranking Guaraní en la categoría Ilca 4 y ganó una fecha en Laguna Totora. También aprendió a escuchar su cuerpo y a aceptar cuándo debía priorizar los cuidados médicos por encima de las ganas de competir. “Yo soy muy competitiva, pero tampoco me voy a desmadrar si salgo segunda, tercera o última”, aseguró.

El diagnóstico también modificó su manera de vivir. Ahora reserva más tiempo para ella y para Nico, y disfruta de navegar sin que cada salida esté vinculada al trabajo o a las obligaciones del club. “Disfruto un poco más. Ahora no hago cosas que no quiero. Cuando no me da el tiempo, no me preocupo. Busco momentos míos para estar en contacto con el río, para navegar fuera de lo laboral”, explicó.

Un mensaje para otras mujeres

En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama este 19 de octubre, Lea destacó que contar su experiencia también permitió que otras mujeres de su entorno prestaran más atención a su salud. Algunas comenzaron a realizarse estudios y otras llegaron a consultar por situaciones que necesitaban seguimiento. “Mucha gente decía: ‘Lea es la más sana de todos nosotros y tiene cáncer’. Y entonces se fueron a hacer los estudios”, relató.

Por eso, insistió en la importancia de realizar los controles médicos, consultar ante cualquier cambio y confiar en los profesionales de la salud. También alentó a quienes atraviesan un diagnóstico a buscar compañía y sostener, siempre que sus médicos lo permitan, aquellas actividades que les hacen bien. “Que se agarren de algo lindo, de lo que más les agrada en la vida. Que no se dejen caer”, recomendó.

Y no habla desde un lugar de certezas absolutas. Reconoció que todavía siente temor cuando nota algún cambio físico y que continúa con sus controles. Pero hoy puede mirar hacia atrás y reconocer todo lo que la ayudó a seguir: la atención médica, el deporte, el amor de Nico y el afecto de una comunidad que no la dejó sola.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?