Bernie, el Sapo
En una reunión familiar salió la conversación sobre el artículo anterior que he publicado en estas páginas. El tío Tito comentó con sorna “¡Ese vendepatria, el Sapo! ¡San Martín se tuvo que exiliar por su culpa! ¡Él lo persiguió!”. El tío Tito es un tipo muy simpático y siempre está haciendo bromas, pero al observar su expresión me di cuenta de que lo decía en serio. Por suerte apareció alguien para despedirse, interrumpió la charla, y la novela rivadaviana quedó inconclusa. Yo me quedé un poco con la espina, porque me obstino en creer que muchas de estas discusiones hacen mella en nuestra identidad y definen la forma en la que interpretamos la realidad actual. Es ese quizás el objetivo de muchos divulgadores y autores que instalan una visión sesgada sobre hechos y personajes de nuestra historia, a los que vinculan para bien o para mal, con aquellas parcialidades ideológicas y políticas con las que se identifican. Y como las calumnias y la infamia suelen despertar más interés que las alabanzas y las virtudes, el retrato de un hombre se puede deformar hasta convertirlo en una repugnante y dañina alimaña.
Digo que estas discusiones condicionan la forma en la que interpretamos el presente, porque vivimos en un país que se debate desde sus orígenes entre lo urgente y lo importante, cuestión que, a mi juicio, explica en cierta medida la enemistad entre San Marín y el vilipendiado Sapo. Pero sirve también para poner en relevancia, una de las principales preocupaciones del amigo Bernie: la gestión del conocimiento como base para el desarrollo de la nación. Los recientes resultados de las pruebas Pisa ponen de manifiesto que la educación sigue siendo un capítulo olvidado por los dirigentes, que lo ponen en lugares marginales sus agendas, discursos y debates, casi como una mera formalidad.
Veamos entonces si podemos sacarle brillo al deslucido bronce de Bernie, o si al menos podemos dar una semblanza más benévola que la del Sapo vendepatria.
Bernardino Rivadavia nació en Buenos Aires en 1780, en una familia acomodada pero ajena a la cúspide de la aristocracia colonial. Estudió en el Colegio de San Carlos sin completar una carrera y formó buena parte de su cultura de manera autodidacta. Participó en las Invasiones Inglesas y, después de 1810, ingresó en la política revolucionaria.
Como secretario del Primer Triunvirato fue una de sus figuras centrales. De orientación centralista y reformista, impulsó medidas administrativas, judiciales y culturales.
Fue entonces cuando comenzaron sus roces con San Martín. El recién llegado militar participó del movimiento del 8 de octubre de 1812 que derrocó al Triunvirato, al que consideraban demasiado cauteloso en la conducción de la guerra. Rivadavia fue arrestado brevemente y se apartó de la vida pública hasta 1814, cuando Posadas lo envió a Europa junto con Manuel Belgrano para buscar una salida diplomática ante la restauración de Fernando VII y el riesgo de reconquista. La misión exploró fórmulas de reconocimiento, autonomía y monarquía constitucional, sin alcanzar sus objetivos principales.
La estadía europea fue decisiva. Allí estudió modelos educativos, científicos y administrativos franceses e ingleses y logró reclutar especialistas de diversas áreas para nutrir el vacío académico que había en el Río de la Plata. Se forjó en esos años su convicción de que el progreso dependía de instituciones capaces de producir, organizar y aplicar conocimiento.
Entre 1821 y 1824, como ministro del gobernador Martín Rodríguez, vivió su etapa más fecunda e impulsó una amplia reorganización administrativa, judicial, eclesiástica y económica. La educación ocupó un lugar central. En 1821 se creó la Universidad de Buenos Aires, concebida como cabeza de un sistema que comprendía desde primeras letras hasta medicina, jurisprudencia y ciencias exactas. Se promovió el método lancasteriano, se extendieron escuelas a la campaña, se creó el Colegio de Ciencias Morales, se impulsó la educación femenina mediante la Sociedad de Beneficencia y se organizaron la Academia de Medicina, laboratorios, gabinetes científicos, el Archivo General y el Museo de Historia Natural.
En esos años se deterioró más su relación con San Martín. Desde 1820 no existía un poder central efectivo y las provincias actuaban con creciente autonomía y rivalidad. San Martín sabía que su campaña continental quedaba subordinada a esas disputas. Buenos Aires dejó de considerar prioritaria la guerra en el Perú, algo que interpretó como abandono, y luego denunció vigilancia de su correspondencia y persecución política. Partió a Europa en 1824 convencido de que no existían las condiciones políticas para una acción común y de que el Río de la Plata se encaminaba hacia nuevas guerras civiles.
En 1826 Rivadavia fue elegido presidente de las Provincias Unidas, sobre un Estado nacional todavía incompleto. Su gestión fracasó y acabó renunciando en junio de 1827.
La ruptura entre ambos quedó sellada con la crisis de 1828-1829. Tras el golpe contra Dorrego y su fusilamiento, Rivadavia permaneció bastante al margen del nuevo gobierno y sin cargo formal; incluso habría manifestado estupor ante la violencia de Lavalle. San Martín volvió al Río de la Plata en febrero de 1829, no desembarcó en Buenos Aires, observó la situación desde Montevideo y regresó a Europa a mediados de abril. Convencido desde años antes de haber sido perseguido por ese círculo político, atribuyó el conflicto a “Rivadavia y sus satélites”, una acusación comprensible a la luz de sus antiguos agravios, aunque difícil de sostener como prueba de una intervención personal y directa del entonces expresidente. Tras la derrota de Lavalle, éste también se embarcó, el 2 de mayo, rumbo a Europa. Casi al mismo tiempo, ambos adversarios abandonaban el Río de la Plata ante una guerra civil de la que ninguno quiso participar.
San Martín y Rivadavia compartían una preocupación: convertir la revolución en un orden político estable, aunque proponían caminos distintos. San Martín creía necesario asegurar primero la independencia, eliminar la amenaza realista y evitar que los ejércitos se consumieran en guerras civiles (lo urgente); Rivadavia temía que una victoria sin instituciones concentrara el poder y reprodujera nuevas formas de despotismo (lo importante). Ambos tenían razón: sin pacificación no hubo Constitución duradera, pero cuando Rosas logró imponer un orden, la organización institucional fue postergada indefinidamente.
Doscientos años después seguimos atrapados en discusiones bastante anacrónicas, despotricando contra batracios decimonónicos mientras la fauna que nos gobierna enfrenta dilemas sorprendentemente parecidos. Tal vez sería más útil que nuestros dirigentes encontraran los consensos que no alcanzaron aquellos viejos líderes y volvieran a poner en el centro una cuestión que desvelaba al Sapo Bernie: el conocimiento y la educación como condición para construir instituciones, desarrollar capacidades y modernizar de verdad al país.
Por Juan Carlos Waldemar Avelli
Licenciado en Historia