Se inauguró la muestra Estudiantina retratos de una Tradición
Se inauguró esta tarde, la Muestra 'Estudiantina retratos de una tradición', a cargo de Wilson Karaben, investigador y documentalista que resca la memoria de la Estudiantina posadeña.
Una fiesta, un retrato
Hay una mujer mirando a una chica. La mujer sabe quién es la chica. La chica, en cambio, todavía no sabe quién será la mujer que la mira tantos años después.
Entre las dos hay una fotografía.
En la imagen, la chica sonríe. Tiene la edad en que uno todavía no sabe que las fotografías pueden convertirse en trampas del tiempo. Lleva una corona, está vestida para una fiesta y mira hacia adelante con esa seguridad algo ingenua de quien todavía cree que el futuro es una cosa que sucede después.
La mujer que la observa ahora sabe que no es así. El futuro, descubre uno tarde, sucede mientras uno está ocupado viviendo.
Quizás ese sea uno de los gestos más conmovedores de “Estudiantina: retratos de una tradición”, la muestra que este lunes a las 19.30 se inaugura en el Espacio Multicultural de la Costanera de Posadas. El investigador y documentalista Wilson Karaben reunió allí más de 75 años de memoria de la Estudiantina posadeña: fotografías, nombres, instituciones y protagonistas de una celebración que, como esas canciones que uno cree olvidadas hasta que vuelven a sonar, tiene la costumbre de regresar.

La exposición recorre los retratos de las reinas desde 1970 hasta la actualidad y de los reyes departamentales desde 2003.
Son fotografías de jóvenes. Pero la muestra habla de adultos.
Habla de lo que ocurre cuando aquella muchacha que alguna vez fue reina vuelve a encontrarse con su propio rostro. Cuando el vestido vuelve a aparecer. Cuando reaparece una sonrisa que había quedado guardada en algún álbum familiar. Cuando alguien señala una fotografía y dice: esa soy yo.
Y después, probablemente, se ríe. Porque el tiempo tiene también ese sentido del humor.
La Estudiantina es una fiesta de estudiantes, pero el archivo demuestra otra cosa: que también es una manera bastante eficaz que encontró Posadas para guardar su propia juventud.
Durante décadas hubo adolescentes que desfilaron, bailaron, tocaron instrumentos, construyeron carrozas, cosieron trajes y se disputaron coronas. Hubo colegios que se transformaron durante meses en talleres improvisados. Hubo familias enteras detrás de escena. Hubo noches de ensayo, discusiones, cansancio, maquillaje, nervios, derrotas y victorias.
Y hubo fotografías. Siempre hubo fotografías.
Una fotografía puede ser una cosa bastante cruel. Congela a alguien en el momento exacto en que todavía no sabe que va a cambiar.
Por eso mirar un archivo como éste no es solamente mirar el pasado. Es enfrentarse a la evidencia de que nosotros también fuimos otros.
La chica de la corona tenía otro cuerpo. Otra voz. Otros sueños. Quizás otra ciudad. Posadas también era otra.
Había otras calles, otros edificios, otros negocios, otros modos de vestirse y de enamorarse. Había menos teléfonos, menos pantallas y ninguna inteligencia artificial escribiendo crónicas sobre adolescentes que bailaban en la calle.
Había, sin embargo, algo parecido. La necesidad de mostrarse. De pertenecer. De ser visto.
De tener quince, dieciséis, diecisiete años y sentir que durante unas noches la ciudad entera puede convertirse en escenario.
La Estudiantina sobrevivió a modas, crisis, cambios de generaciones y transformaciones urbanas. Y quizás lo hizo porque cada generación vuelve a apropiársela como si la hubiera inventado.
Ese es otro de los misterios de las tradiciones: nadie las recibe intactas. Cada uno las modifica un poco y después las entrega.
Una reina le pasa la corona a otra. Un colegio reemplaza a otro. Un ritmo desplaza a otro. Una fotografía se suma a otra.
Y así, casi sin darse cuenta, una fiesta estudiantil termina convirtiéndose en archivo. En memoria colectiva. En una ciudad que se reconoce en sus propios retratos.
Karaben trabaja precisamente sobre ese territorio: recuperar los nombres y las caras antes de que el tiempo haga lo que suele hacer con las cosas que creemos eternas: borrarlas.
Porque el problema de la memoria no es solamente recordar. También es quién queda afuera de la fotografía. Por eso cada rostro recuperado importa.
La reina de 1970. La de 1983. La de 1998. La de 2012. La de este año. Todas distintas. Todas iguales en algo.
Todas tuvieron, alguna vez, esa edad en la que el mundo parece recién estrenado.
Después vinieron los trabajos, las mudanzas, los hijos, las pérdidas, las cuentas, los cumpleaños, las canas, los amigos que se fueron y las personas que dejaron de contestar el teléfono. Pero la fotografía no sabe nada de eso. La fotografía insiste.
Dice: acá está. Mirá. Esta eras vos.
Y quizás frente a ese retrato la mujer vuelva a ser, durante unos segundos, aquella chica. La que todavía no sabía. La que llevaba una corona. La que sonreía hacia una cámara.
La que todavía no sabía que algún día iba a volver a encontrarse con ella misma, muchos años después, en una sala de la Costanera.
“Estudiantina: retratos de una tradición” podrá visitarse en el Espacio Multicultural de lunes a viernes, de 8 a 20, y los sábados y feriados de 14 a 20.
Más de 75 años de fiesta. Más de medio siglo de rostros. Una ciudad entera pasando frente a una cámara. Y una chica mirando desde una fotografía.
Esperando, pacientemente, que alguien vuelva a reconocerla.