El canto no cesa, vuelve todos los años a habitar el Día del Músico Misionero
Yo vengo a entregarte el canto que te prometió mi entraña…
así comienza Misionero y guaraní, y en esos versos ya late todo. Alcibíades Alarcón no escribió solo una canción: dejó una forma de decir la tierra. Y aun si esa hubiese sido su única obra -que no lo es-, le alcanzaría para habitar, sin discusión, el corazón del Día del Músico Misionero.
Cada 16 de abril, cuando la memoria vuelve sobre la fecha de su partida, la ciudad afina sus silencios. Entonces aparecen las guitarras. Vibra el aire. La música no llega: estaba ahí, esperando.
El Palacio del Mate se vuelve refugio y ceremonia. Las canciones -esas que no envejecen- regresan en las voces de quienes las llevan como herencia. Están los de manos curtidas, que acumulan años como si fueran medallas invisibles, batallas donde siempre se ganó en alegría compartida. Y están los otros, los que recién empiezan, con la intemperie fresca en la mirada, tanteando el pulso de nuevos oídos.
No es solo música lo que circula. También la palabra, el saber que sostiene lo que suena. La Orquesta Folklórica Municipal traza el clima, sostiene la escena, y entre acordes se abre la reflexión: Coqui Marola pone en voz los derechos, los nombres, las nuevas reglas que también escriben el destino de quienes crean.
La celebración no termina: se desplaza. Este jueves, la música irá donde el silencio pesa distinto. En el cementerio La Piedad, la serenata volverá a encender la memoria. Porque hay cantos que no se apagan: cambian de lugar, pero siguen diciendo.
