La cárcel del fin del mundo: el oscuro pasado que hoy se puede visitar
El famoso Presidio de Ushuaia, conocida popularmente como “la cárcel del fin del mundo” está en Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. El presidio comenzó a funcionar a fines del siglo XIX y durante décadas fue uno de los lugares de detención más temidos del país. El aislamiento natural —frío extremo, mar helado y montañas— hacía casi imposible cualquier intento de fuga.
Allí fueron enviados presos comunes y también algunos de los criminales más conocidos de la historia argentina, como Cayetano Santos Godino, apodado “El Petiso Orejudo”. Los reclusos trabajaban en condiciones durísimas: cortaban madera en los bosques fueguinos, construían caminos y levantaron buena parte de la infraestructura inicial de la ciudad.

Hoy ese edificio forma parte del Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, uno de los sitios históricos más visitados del sur argentino. Sus pabellones, celdas y pasillos se conservan casi intactos, permitiendo recorrer la historia de aquel penal que ayudó a fundar la ciudad.
Cómo comenzó
La idea de instalar una cárcel en el extremo sur del país no fue casual. Surgió como una estrategia del Estado argentino para poblar y consolidar soberanía en Tierra del Fuego a fines del siglo XIX. El principal impulsor fue el presidente Julio Argentino Roca, cuyo gobierno autorizó la creación de un sistema penal en la zona. La lógica era doble: castigo y colonización. En un territorio lejano, frío y prácticamente aislado, los presos servirían como mano de obra para construir la futura ciudad. Así nació primero una colonia penal en 1896 y luego el edificio definitivo del Presidio de Ushuaia, inaugurado en 1902 en Ushuaia.
Las condiciones eran extremas por varios factores. Ushuaia tiene inviernos largos, temperaturas cercanas o bajo cero, vientos intensos y muy pocas horas de luz en invierno. Además, a principios del siglo XX la ciudad era apenas un asentamiento pequeño, sin infraestructura. El presidio estaba construido con pabellones de piedra y madera que se enfriaban rápidamente. Los presos dormían en celdas individuales pequeñas, con una cama simple de hierro, colchón fino y mantas. Había calefacción básica —generalmente estufas alimentadas con leña—, pero no siempre alcanzaba para combatir el frío fueguino. Por eso los reclusos usaban ropa gruesa de trabajo y varias capas de abrigo, aunque las condiciones distaban mucho de ser confortables.

El día a día estaba marcado por el trabajo obligatorio. Muchos presos salían cada mañana al bosque a cortar leña y transportar troncos, tarea fundamental para abastecer de combustible a la colonia. Otros trabajaban en carpintería, construcción o mantenimiento de caminos. Incluso fueron los propios reclusos quienes construyeron el famoso tren que hoy se conoce como Tren del Fin del Mundo, usado originalmente para llevar madera desde el bosque hasta el penal. Las jornadas eran largas, el clima duro y el aislamiento total: escapar era casi imposible porque alrededor solo había montañas, mar helado y kilómetros de naturaleza inhóspita.
Hubo muertes en el presidio, como en la mayoría de las cárceles de la época, aunque no se trató de una “cárcel de exterminio”. Algunos presos fallecieron por enfermedades, accidentes de trabajo o por las condiciones duras del lugar. Lo que sí era constante era la sensación de aislamiento extremo: vivir allí significaba estar literalmente en el fin del mundo, lejos de todo. Hoy el edificio funciona como el Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, donde todavía pueden recorrerse los pabellones y las celdas que recuerdan cómo fue la vida cotidiana en uno de los penales más australes de la historia.
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La fuga
En 1918, el preso político Simón Radowitzky, condenado por el atentado contra el jefe de policía Ramón Falcón, protagonizó una de las evasiones más sorprendentes del penal. Con ayuda externa logró escapar del presidio y cruzó el canal Beagle en una pequeña embarcación. Su objetivo era llegar a territorio chileno atravesando la cordillera fueguina, una zona de clima extremo, con nieve, bosques cerrados y prácticamente sin caminos.
Durante algunos días logró mantenerse oculto, pero finalmente fue capturado por autoridades chilenas cerca de la frontera y devuelto al penal de Ushuaia. El episodio alimentó la fama del lugar como una cárcel casi imposible de abandonar: incluso cuando alguien lograba salir de sus muros, el entorno natural funcionaba como una segunda prisión.
El historiador Carlos Pedro Vairo, quien dirigió durante años el actual Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, explica que el aislamiento geográfico era parte del sistema de seguridad del penal: el frío, el mar y las montañas hacían que cualquier fuga fuera extremadamente difícil.
Internos famosos de la cárcel
El Presidio de Ushuaia albergó a presos comunes y también a algunos personajes que quedaron grabados en la historia policial argentina. Estos son algunos de los más conocidos y qué ocurrió con ellos.
- Cayetano Santos Godino – “El Petiso Orejudo”
Fue uno de los criminales más notorios de la Argentina. Nacido en 1896, se hizo tristemente famoso por una serie de ataques y asesinatos de niños en Buenos Aires cuando era adolescente. En 1912 fue detenido y condenado.
Por su peligrosidad fue enviado al presidio de Ushuaia, donde pasó gran parte de su vida. Allí trabajó en tareas internas del penal, pero su conducta siguió siendo conflictiva. Un episodio muy conocido cuenta que los demás presos lo golpearon brutalmente cuando mató al gato mascota del penal.
Murió en la cárcel en 1944, a los 48 años. Nunca recuperó la libertad. - Mateo Banks
Era un estanciero de la provincia de Buenos Aires que en 1922 asesinó a varios miembros de su propia familia en lo que se conoció como la “masacre de Azul”. El crimen causó enorme conmoción en el país.
Fue condenado a prisión perpetua y trasladado al presidio fueguino. Sin embargo, a diferencia de otros reclusos, su historia tuvo un giro inesperado: años después recibió una conmutación de pena y recuperó la libertad. Murió tiempo después fuera de la cárcel por un resbalón al bañarse. - Simón Radowitzky
Es uno de los presos más famosos por razones políticas. Era un joven anarquista que en 1909 asesinó con una bomba al jefe de policía de Buenos Aires, Ramón Falcón, responsable de una fuerte represión contra obreros durante una manifestación.
Fue condenado a prisión perpetua y enviado a Ushuaia. Allí protagonizó una de las historias más sorprendentes del penal: intentó escapar en 1918, logró huir por un tiempo pero fue recapturado en Chile y devuelto al presidio.
En 1930, después de más de dos décadas preso, fue indultado y liberado. Se exilió y terminó viviendo en México. - Otros presos notorios
El presidio también albergó:
ladrones y homicidas célebres de principios del siglo XX
presos políticos en distintos momentos
reincidentes considerados “irrecuperables” por el sistema penal de la época.