Día del Médico: Carlos Aníbal Soto, el pediatra con vocación de abrazar vidas
Por esos días en Eldorado, cuando la salud pública tenía más carencias que respuestas y los pasillos de los centros de atención eran un termómetro del dolor social, un médico joven empezaba a formarse entre desafíos que marcarían para siempre su oficio. Carlos Aníbal Soto, pediatra e infectólogo, recuerda esa etapa con la serenidad de quien entiende que la medicina no siempre empieza con un estetoscopio: a veces empieza con un acto de coraje. Soto dice que no tuvo médicos en la familia. Que la decisión de estudiar medicina nació más bien de una mezcla de admiración y reto personal.
Lo que no imaginaba era que la práctica lo pondría frente a un país donde la pobreza estructural golpeaba con fuerza y donde los consultorios eran espejos de infancias atravesadas por la necesidad. Mientras relata, vuelve a esas guardias en las que, además de diagnósticos, había que leer historias de vida que llegaban rotas. Evoca una escena que lo acompañó: madres que llegaban con bebés desnutridos, alimentados con mamaderas de té con azúcar. Algunas temían que el niño engorde, porque eso significaba dejar de recibir “la bolsita de mercadería”.
Esas situaciones dejaban marcas. No sólo en los niños, también en quienes intentaban ayudarlos desde la trinchera de la salud pública.
Soto pertenece a una generación que vio enfermedades desaparecer ante sus ojos, no por azar, sino por campañas trabajadas cuerpo a cuerpo en escuelas, barrios y centros de salud. “Viví la época en la que se nos llenaba la sala de meningitis bacteriana, diarrea por rotavirus, meningitis urliana por papera, hepatitis A, varicelas graves. Muchos de nuestros pacientes morían”, cuenta. Luego, la vacunación masiva cambió el paisaje epidemiológico. Las salas dejaron de colapsar. Muchas patologías se volvieron excepcionales. Un logro que él define como “un bien que adquirió la comunidad”.
Pero también advierte sobre la desmemoria social: “Nos pasa como con el Covid: cuando veíamos casos fatales, hacíamos cola para vacunarnos. Ahora que pasó el miedo, buscamos excusas para no hacerlo y volvemos a ponernos en riesgo”.
Infectología pediátrica
Soto decidió especializarse en infectología pediátrica porque le daba herramientas para abordar desde lo cotidiano hasta lo grave. Le permitía entender los brotes, anticiparse, actuar. También le permitió atravesar momentos duros -como la etapa más crítica del VIH- y ver cómo, con el tiempo, aparecieron tratamientos más eficaces que transformaron diagnósticos terminales en enfermedades crónicas tratables. En su relato aparece un hilo común: la mejora constante, tanto del sistema como del profesional. Un camino acompañado por avances médicos, pero también por la sensibilidad de quien mira la vida del niño más allá de los síntomas.
Cuando trabajó en el Centro de Atención Primaria de la Salud, conoció de cerca a sus pacientes. No sólo como historias clínicas, sino como personas con nombre, barrio y dificultades.
“El Caps me permitió visitar sus casas, cosas muy tristes”, recuerda. Pero también vio cómo los programas comunitarios, articulados entre salud pública y otras áreas del Estado, lograron modificar esas realidades.
“Antes buscábamos acercar agua potable. Hoy se preocupan por el wifi. Eso habla de una mejora en la calidad de vida”, dice.
Entre lo humano y lo técnico
Para Soto, la medicina cambió. Mejoró en lo multidisciplinario, sí, pero algo se diluyó en el camino. “Se deshumanizó la relación médico-paciente”, reflexiona. Sin embargo, afirma que todavía encuentra gratificación en aquello que lo hizo elegir esta carrera: ver a niños que atendió en situaciones críticas crecer, formar su vida, saludarlo en la calle. “Lo que más me gusta es ver cómo salieron adelante y cómo todavía me recuerdan”.
Cuando habla del sistema de salud, no lo hace desde la queja. Lo hace desde la experiencia. Soto está convencido de que la clave es formar médicos sólidos en atención primaria, bien remunerados y presentes en la comunidad. “La mayoría de las patologías no requiere un súper especialista”, insiste. Con un médico de familia, la mayor parte de los problemas de salud se resuelven.
También imagina un país donde la prevención sea tan fuerte que las enfermedades prevenibles simplemente no ocurran. Cuenta una experiencia de un colega en España: “No hay niños internados por accidentes o quemaduras. Se trabajó tanto en prevención que esas cosas no suceden”. Para él, ese es el horizonte.
En este Día del Médico, su vida profesional aparece como una línea de tiempo que une vocación, servicio y aprendizaje. Carlos fue parte de una generación que enfrentó enfermedades que hoy casi no existen, que atendió infancias atravesadas por la pobreza, que vio al sistema transformarse, equivocarse, mejorar. Pero sobre todo, fue -y sigue siendo- un pediatra que no se resigna a que las desigualdades sean paisaje.