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Día Mundial de las Artes Escénicas para la Infancia

Interpelarnos para elevar la calidad del teatro infantil

Subestimar a las infancias es una falla general de la sociedad, que se repite también en el ejercicio artístico. Entender que la complejidad y calidad deben ser mayor al crear para los más chicos es una deuda a saldar

miércoles 20 de marzo de 2024 | 4:00hs.
Interpelarnos para elevar la calidad del teatro infantil
Gricelda Rinaldi indaga continuamente en las formas de hacer artes para las infancias. Foto: Matías Peralta
Gricelda Rinaldi indaga continuamente en las formas de hacer artes para las infancias. Foto: Matías Peralta

El teatro es una experiencia única e irrepetible que, en el ideal, debe propiciar un compartir con otro, un espacio para repensarse, emocionarse. El mismo rigor debería aplicarse a las producciones para los más chicos, aunque muchas veces no suceda debido al adultocentrismo reinante y la subestimación del universo infantil.

“Parece obvio pero nadie se sienta a conversar con ellos”, lamentó Gricelda Rinaldi, cuya misión de vida parece buscar poner el foco  y la calidad en las infancias. En el camino para desasnar las malas prácticas, salir de lo simplista, Rinaldi recordó que “lo que es bueno para los niños, es bueno para la sociedad”.

Es que hoy se celebra el Día Mundial de las Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud y en la previa al Congreso Mundial que se realizará en mayo en Cuba, Rinaldi marcó como necesaria la discusión sobre cómo producir arte para los más chicos. “Aún con todo lo que ha se ha modificado y se ha enriquecido esta perspectiva, cuando hablamos de artes escénicas creo que todavía hay un arduo trabajo para hacer”, comenzó diciendo.

“Nos cuesta enormemente evocar esa mirada que teníamos cuando éramos niños y comprender la inmensidad de ese universo y la profundidad de ese universo. Aún seguimos pensando en una infancia con un perfil del futuro cuando la infancia es el presente. Pensar a las infancias como presente creo que es un cambio sustancial a la hora de problematizar nuestras prácticas”, puntualizó sobre una de las deconstrucciones necesarias.

En esa línea, planteó como fundamental la escucha -algo de lo que ya hablaban Ariel Bufano, Hugo Midón y Carlos Gianni-.  “Yo confío plenamente en lo que los niños van expresando mientras miran una obra de teatro, sin que ningún adulto les esté preguntando. Porque cuando aparece la pregunta conductista del adulto ya no es lo mismo”, definió ante la vieja costumbre de buscar ‘guiar’ involucrar a los pequeños espectadores atosigándolos con interrogantes. 

“Yo lo he visto a Hugo Midón parado en la puerta del teatro, en cada una de sus funciones, como un ejercicio de escuchar qué decía la gente cuando salía. Qué conversaban los niños con sus padres”, ejemplificó. Esa tarea es la que buscó replicar Rinaldi junto a Nora Lía Sormani al crear la Escuela de Espectadores Línea Infancia, donde tras las funciones se permite un espacio de debate con los chicos y surgen ideas totalmente impensadas para un adulto.

Ante la proliferación de espectáculos simplistas, tanto de grandes productoras como de artistas independientes, Rinaldi recordó, una vez más, que las buenas intenciones, un par de globos de colores y burbujas no bastan. Es necesaria la profesionalización, un quehacer teatral responsable que no se equipara ni a una animación de cumpleaños, ni una experimentación en la salita de nivel inicial. 

En definitiva, a raíz de un real compromiso, se busca acompañar y cuidar al niño, pero sin censurar, etiquetar, adoctrinar o “empecinadamente domesticar”.

 En ese sentido, citó que Argentina tiene una gran trayectoria de teatro respetuoso para las infancias, como buena referencia.

Uno de los ejemplos es la siempre genial y visionaria María Elena Walsh que “ya en los 70 hizo dos obras para niños y niñas diferentes: Doña Disparate y Bambuco y Canciones para mirar”, alertó Rinaldi, sosteniendo como dupla creativa ineludible a Hugo Midón y Carlos Gianni y a Graciela Montes como literatura de inspiración.

Ofrecer artes para niños es un ejercicio de derecho y por eso, según postuló la especialista, debería ser “de absoluto respeto por ese público” y estar entre las prioridades de las políticas públicas.

 Así, además de escuchar a los protagonistas y seguir a los grandes maestros que marcaron el camino, la clave es interpelarse a cada paso, seguir estudiando, buceando nuevas formas, salir de la zona de confort. De esta manera, con nuevos paradigmas de creación hay prometedores artistas jóvenes de Caba y Córdoba, por ejemplo, que están profundizando en el estudio de la dramaturgia infantil. Por otro lado, Rinaldi argumentó que entre los inoxidables también está Suzanne Lebeau desde Canadá, que sigue vigente con obras como El Ogrelito. “Lebeau tiene una bibliografía enorme, una dramaturgia riquísima y también bibliografía desde lo conceptual para leerla, releerla, repensarla y escucharla porque sigue siendo totalmente actual”, alegó.

Con la excusa de la efeméride de hoy, la idea es sentarse a repensar en qué lugar ponemos a los más chicos, cómo pensamos sus prácticas, que relevancia le damos. Un simple acto político que puede cambiar la forma de acompañarlos y crear no sólo espectadores sino ciudadanos críticos.

“Yo la verdad no tengo un recetario porque sigo buscando, me sigo interpelando y soy muy crítica de mis propias producciones. Me sigo preguntando cosas, sigo aprendiendo y sigo escuchando a los grandes maestros para poder pensar a las infancias”, argumentó.

Volviendo al ideal, una pieza teatral debería ayudar a crear nuevos mundos, partiendo desde la interpretación propia, el universo inherente. “El buen teatro no me da todo digerido, debe interpelar, generar más preguntas que respuestas. Una obra es buena cuando tiene belleza, me interpela, cuando no me subestima”, cerró.

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