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La vida de las familias que habitan en la costa del río Uruguay y sufren las crecidas

El miedo a las nuevas inundaciones y la esperanza de la relocalización

Vecinos de Panambí padecen el constante temor a las crecientes que se volvieron frecuentes. Fueron dos inundaciones en pocas semanas que dañaron sus hogares

sábado 25 de noviembre de 2023 | 6:00hs.
El miedo a las nuevas inundaciones y la esperanza de la relocalización
Viviendas tapadas por el agua y resto de muebles y electrodomésticos se vieron por doquier. Fotos: Cristian Valdez
Viviendas tapadas por el agua y resto de muebles y electrodomésticos se vieron por doquier. Fotos: Cristian Valdez

En la zona costera de Panambí el miedo se ha convertido en un residente más. Tras sufrir dos inundaciones en pocas semanas, los habitantes viven con el corazón en la boca, temiendo que el río Uruguay vuelva a crecer y arrase con lo poco que han podido recuperar.

La incertidumbre es constante. Aunque el río bajó considerablemente su nivel esta semana, la amenaza de nuevas crecidas sigue latente porque el pronóstico marca mucha lluvia para la región durante los próximos días y meses. En razón de eso los pobladores costeros viven en un estado de alerta permanente, esperando y temiendo a la vez.

Ante esta situación, la comunidad afectada espera se concrete el anunciado plan de relocalización que les permita moverse a una zona más segura. La idea de abandonar sus hogares y sus vidas es dolorosa, pero la posibilidad de enfrentar otra inundación es aún más aterradora.

César Smolski fue en canoa a ver los restos de su casa inundada.

“El agua avanza y no te da tiempo de nada más que sacar lo liviano y salir”, expuso Ramona Rodríguez, a cuya casa esta vez el agua llegó hasta el umbral de la puerta pero en la crecida de 2014 la cubrió hasta la mitad, estando a unos 300 metros del río. “Recuerdo aquella vez venir con el bote y sacar por la ventana una mesita de luz que flotaba. La cocina a leña tuve que dejar”, rememoró, admitiendo que “no se vive tranquilo porque el riesgo está latente y lo preocupante para nosotros es que cada vez ocurre con más frecuencia”.

Ramona continuó diciendo que “con cada lluvia aparece el miedo de perder todo, entonces tenemos que estar atentos a lo que vaya sucediendo y en paralelo ir preparando las cosas, embolsando, dejándolas a mano”. Contó que el fin de semana estuvo dos noches sin dormir, caminando continuamente hacia el margen del río para controlar qué tan rápido avanzaba el agua y calcular, en base a eso, el tiempo para salir de su casa. “Más allá de estar con el corazón en la boca está la energía eléctrica que se corta, al igual que el agua potable, y son servicios que demoran mucho tiempo en reponerse”. Ramona juntó agua de lluvia para resistir algunos días.

Sobre las causas de las crecidas continuas y frecuentes, analizó por el lado del daño a la naturaleza. “Muchos árboles talados, muchas construcciones en las costas y el agua se nos viene encima, más allá de que Brasil abre las compuertas de sus represas sin importar lo que sucede aguas abajo. Somos muchas las víctimas de eso”.

“Nos sorprendió el río”

El miedo y la incertidumbre son emociones difíciles de manejar, pero a pesar de eso los habitantes costeros de la localidad fronteriza con Porto Vera Cruz (Brasil) continúan adelante, esperando que se pueda resolver su situación antes de que venga otra crecida.

José contó que pasaron la noche despiertos cuidando que no les roben.

César Smolski dialogó con El Territorio, cerco de por medio y sentado sobre la canoa con la que llegó hasta su casa desde tierra firme. La construcción se inundó pero no tuvo ayuda para sacar sus muebles, electrodomésticos y demás pertenencias. Levantó la heladera sobre un banco en la galería, amontonó sillones sobre un carro, y el resto tuvo que dejar en el inmueble de madera que es hogar propio y de su familia (esposa y 5 hijos). “Nos sorprendió el río”, admitió y agradeció haber podido poner a salvo a los suyos. “La vez pasada (en octubre) llegó hasta el patio, ahora no nos dio tregua y fundió todo, plantaciones, chiqueros, gallineros, todo fue arrasado”, lamentó.

Smolski contó además que más allá de la crecida tienen que cuidarse de los delincuentes, que aprovechan estas situaciones para robar. “Si te descuidás te limpian”, y por eso decidió “poner a mi familia a salvo y pasar la noche haciendo guardia y cuidando mis cosas”.

“Todo quedó en palabras”

En otro sector de la localidad, más precisamente en la zona denominada como Barrio 14 -camino al paraje Doradito- el daño es sumamente mayor, con la consecuencia de que más de una docena de casas quedaron sumergidas. José Bordín recordó que hace una década hubo promesas de reubicación de los afectados pero “todo quedó en palabras”.

Esta vez le tocó instalarse con sus bienes en el patio de su vecino, rogando que el río ceda. “Pasamos la noche despiertos, cuidando las cosas porque si te descuidás te roban”, lamentó, y pidió a las autoridades que avancen con el plan de relocalización. “No es que somos caprichosos para quedarnos, sino que no tenemos dónde ir porque estas tierras inundables son difíciles de vender, en el caso de que uno quiera hacerlo para vivir en otro lado”, analizó. “Estamos acá, aguantando, pero sabiendo que en cualquier momento crece el río y podemos estar peor. Nuestra esperanza es que podamos llegar a un acuerdo para mudarnos”.

Del mismo barrio, Ana Engler y sus hijos permanecen hasta el momento instalados en el salón comunitario, sobre la ruta Costera 2. El daño que dejó el paso del raudal está hecho y para ella la recuperación será un camino largo y difícil. Su casa sufrió averías de tipo estructural. “Rompió las puertas, inclinó los parantes, estragó las reparticiones de machimbre y tengo que hacer toda la instalación de luz nuevamente”, graficó la mujer, y en esa línea sintetizó: “Es un desastre”.

“Ya no sé qué hacer, dos veces tuvimos que salir en pocas semanas y ahora, cuando regrese lo voy a hacer sabiendo que en cualquier momento se va a inundar”, añadió Ana. “Todo se estraga, se rompe, los pocos muebles que uno lucha tanto para comprar se terminan fundiendo y todo es angustia últimamente”, se sinceró.

Finalmente coincidió que “en la crecida fea de 2014 se habló de viviendas para los afectados en zonas no inundables, fueron puras promesas”. En ese punto su esperanza se va apagando. “Siento que estamos pagando consecuencias de beneficios que son para otros, y que nuestra vida no va a cambiar. El río va a seguir creciendo y esta historia de terror va a ser eterna para muchas familias”.

Las inundaciones, que arrasaron con todo a su paso, dejaron a muchas familias afectadas. Casas, pertenencias, recuerdos, todo se perdió en el agua. A pesar de la tristeza y la angustia, la comunidad se mantiene en pie y de a ratos se antepone la esperanza de una vida mejor. 

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