La ventana de papá

domingo 18 de junio de 2023 | 3:56hs.
La ventana de papá
La ventana de papá

Mi papá fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.

Mi papá miraba a la gente que pasaba por la calle, desde arriba. Mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garajes y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña, se dice bañeras) y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: Sevlo. Nosotros alquilamos ese local y uno de los garajes para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.

Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa. En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar porque en el campo las cosas no iban bien. Si no era la sequía era la inundación, si no era la inundación había bajado el precio del trigo y nada alcanzaba para nada.

Un día mi papá también empezó a fumar un cigarrillo antes de almorzar y otro antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle; después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto y otras veces no volvía.

Entonces mamá decía, este hombre me va a volver loca. Y cuando papá llegaba a casa, en realidad parecía una chiflada que gritaba y gritaba. Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.

Un día dijo, no puedo respirar. Mamá fue a la farmacia y trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo, no puedo respirar.

Mi mamá hablaba de posibles negocios que debían hacerse para tener más entradas, lo que necesitaba comprar, las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida porque siempre andaba regateando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.

Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá acostado sobre el sillón rojo. Fui a darle un beso, pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. Mamá empezó a gritar como cuando se pone loca, mientras repetía, qué nos espera, qué nos espera. Fui a sacudir a papá para que se levantara pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá dijo, ya basta ya basta y me llevó hacia la puerta, te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando, lloraban y me abrazaban. Algunas salieron con café y yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.

Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas y me pongo a contarlas. Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

 

Patricia Severin

El relato es parte del libro Mamá quiere ver las rosas y otros cuentos, editorial Contexto. Severín tiene publicado además Helada Negra (2016), Muda (2018), La Tigra (2018), entre otros

¿Que opinión tenés sobre esta nota?