Mañana

domingo 18 de junio de 2023 | 3:54hs.
Mañana
Mañana

 

Mañana serás noticia en las tapas de los diarios. Mañana.

Pero durante treinta y un años, nadie supo de tu vía crucis. De la tragedia que vivías día a día, semana tras semana. Mes a mes. Años.

Nadie quiso enterarse de tu dolor y de tu frustración; de tus sacrificios y extenuación. De las ideas que te rondaban cada vez más asiduamente. Nadie.

Ni tus vecinos que jamás intentaron darte una mano, ni tus hijas, cada una yéndose de la casa a vivir su propia vida. Y menos aún, tu marido, politiqueando siempre. Y dejándote sola tantas noches. Y que te hicieras cargo de todo. Por no contar otras cosas.

Treinta y un años cargando con esa pesada mochila que te hizo olvidarte de ti misma.

Y los reclamos, los continuos reclamos. De tus hijas, ¡de él! Con qué derecho.

No es que no te ocupaste de las otras. ¡Es que no te quedaba tiempo! Siempre fregando las casas de los demás, para poder solventar los gastos de esa tu hija que…Siempre relegándote.

Claro, tu marido sí tenía espacios para mimarlas. El señor regresaba a su hogar, charlaba con ellas, las tenía en su regazo, mientras tú seguías dale que dale, con las tareas irrenunciables, en vez de sentarte al menos una media hora, a mirar tele, a conversar también.

Y treinta y un años pendiente de la respiración de ese pobre ser. Con daños neurológicos nació. Irreversibles, te dijo el médico. No va a vivir mucho, agregó. Pero treinta y un años es toda una vida.

Cuando te mirabas en el espejo veías a una mujer joven todavía, grandes ojos melancólicos, buena figura.

¿Fuiste feliz alguna vez? Quizás sí, al principio, cuando te casaste y hubo noches de amor. Que se fueron espaciando. Cada vez más espaciadas, hasta el fatídico nacimiento.

Si al menos un amante hubiera aparecido. Alguien que te hiciera olvidar tantas penurias, que no te destratara. Que te hablara de la suavidad de tu piel, que te cobijara clandestinamente en sus brazos.

Pero no. En qué tiempo, en qué momento.

Ahora todos se enterarán. Pero de los hechos, no de tu peregrinación hacia un destino final, el alma llagada, el corazón sangrante.

Y para todos serás la asesina, la mala madre. La loca.

No pudiste concretar tu partida, con esa hijita esmirriada, de rasgos adultos, que diariamente tenías que asear, darle de comer, cambiarla, poner sábanas gastadas pero frescas, escudriñar si con algún gesto te agradecía. No. Un ente. Que si le faltaras, quién se iba a encargar de todo.

Por eso la mataste. Por eso intentaste el suicidio. Al menos, eso dirás. Que la verdad…¿para qué ahora?

Mañana serás noticia en la sección policiales. Y la cárcel o un psiquiátrico te esperan. Y nadie de tu familia habrá de visitarte. Malamadre. Loca. Asesina…

 

Rosita Escalada Salvo

El relato es parte del libro Pombero en el maizal y otros cuentos. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

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