Anillo de casamiento

domingo 18 de junio de 2023 | 3:50hs.
Anillo de casamiento
Anillo de casamiento

En el pueblo las creencias sobre los aconteceres en el monte eran compartidas y asumidas por todos. Algunos, sea por especulación intelectual o por simple retobo y rebeldía, resistían esas creencias.

Andrés solía decir que creer en el lobizón, el pombero, el yasyyateré y otros seres fantásticos del monte y de los alrededores del pueblo eran fantasías propias de ignorantes. Su viaje a la gran ciudad le había abierto la posibilidad de mirar el mundo con otros ojos.

Pero en el pueblo esa visión del mundo permanecía inamovible desde siempre… y así continuaría.

El asunto es que Andrés se había cruzado con Cecilia en el almacén de ramos generales del pueblo. No sólo se cruzaron sus pasos. También se cruzaron sus ojos e intercambiaron sonrisas… y eso fue suficiente. Ya no pudo dejar de pensar en ella…

Cecilia vivía en la campaña y para visitarla había que atravesar el monte, cuya travesía a paso de caballo era como de una hora y media, unas dos leguas, como dicen los paisanos.

Las primeras visitas fueron protocolares. Todos sabían que su interés era por Cecilia. Aun así, disimulaban; desde el padre de Cecilia hasta el hermano menor de la pretendida. Es el protocolo férreamente impuesto por el uso y la costumbre. Y no es en vano. Sirve para que las personas puedan conocerse y es el modo de ir armando un nuevo grupo humano. Nada es accesorio en la cultura de los pueblos.

El monte se atravesaba por el sendero dejado por el hombre en el transcurso de muchos años. Y en las condiciones del monte era el camino más conveniente.

La vera del sendero estaba habitada por los más añosos árboles nativos que crecieron al azar de la naturaleza, obedeciendo más a las exigencias y conveniencias de la Vida que a las pretensiones estéticas de las que gusta y presume la civilización. El camino serpenteaba lleno de luces y sombras multicolores que confunden a los sentidos y dejan desorientado, confundido y temeroso al que no pertenece al monte y aún a los conocedores. Al final de la senda, y antes de llegar al rancho de Cecilia, había un tramo donde se adelgazaba el follaje y el suelo estaba cubierto por hojas secas de una llamativa espesura. Cada vez que Andrés pasaba por allí le llamaba la atención la brisa suave que parecía hacerse más fuerte. Sonreía y pleno de dicha y esperanza pensaba “Cecilia me está esperando”.

La ilusión facilita el transcurso por la vida.

Enseguida se llegaba a la querencia de los animales del rancho. Allí dormían toros, vacas y terneros. Lo hacían desde cuando los bisabuelos abandonaron el pueblo para pelearle a la vida desde ese terruño tan querido. A unos cien metros estaba el rancho.

Andrés estaba muy satisfecho del avance de sus relaciones con la familia de Cecilia. Ya había logrado algunos besos disimulados y nerviosos desde la distancia, eludiendo la vigilancia materna. Pero no debía abusar. Con qué gusto deseaba romper las reglas… aunque enseguida se avergonzaba de sus impulsos… “¡carajo, no puedo fallarles, al fin y al cabo, van a ser mi familia, y la familia se respeta y se cuida!”.

El último domingo, después de comer un guiso de gallina acompañado de sopa paraguaya, pan casero, un “cuerpudo” vino traído por otras visitas, un poco de caña y otras exquisiteces campesinas, se dispusieron a jugar a la taba. Participarían los jóvenes que se habían congregado para el almuerzo o que llegaron después, para la ardorosa y excitante tarea de la conquista de las muchachas presentes. Ellas serían las mironas; y las más atrevidas se animarían también a probar suerte en el juego. Total, no habría apuestas por dinero. Hasta los suegros y los más chicos jugarían para completar la tarde de camaradería.

Se presentó allí entonces la oportunidad para que Andrés se luciera. La cancha de taba estaba invadida por la maleza y había que carpir para que quedara en condiciones. Gran parte de la maleza era de escobadura, hierba recia y resistente si las hay. Solo el machete bien afilado y las mañas para la carpida permitían salir de ella con las manos sin ampollas, no como los “arruinados”.

Andrés había llegado temprano en su caballo bien cuidado y ensillado con sus tintineantes aperos de plata. Traía también su machete bien afilado por lo que pudiera surgir.

Rápidamente lo tomó y antes que nadie empezó con la carpida. Primero con la mano derecha; después, y sin descansar, cambió el machete a la mano izquierda y continuó macheteando… con la esperanza de ser observado.

Ramón, hermano de Cecilia y de la misma edad que Andrés, un poco por celo y otro poco por pura competencia, también se puso a carpir… no sea que piensen que él era más “arruinado” que Andrés. Cuñado y todo pero ¡no era el caso!

En un instante la cancha de taba quedó en condiciones. Andrés se sintió orgulloso; se dio cuenta de que Cecilia aprobaba su actuación. Pero, sobre todo, porque percibió que ya era momento de pedirle permiso a su suegro para entregarle el anillo de compromiso.

Lo haría el domingo siguiente. Estaba feliz.

Al otro día juntó sus dineros y compró el anillo más costoso y se preparó para el gran día.

Y llegó el domingo.

Temprano se levantó. Se aseó meticulosamente. Se afeitó con gran esmero. Le había gustado mucho cuando en una oportunidad Cecilia, toda colorada y casi sin aliento, le había dicho que sus mejillas trigueñas eran muy hermosas con la barba tan azul cuando estaba recién afeitado.

Fue una de las cosas que más lo emocionaron en su vida. Se le dispararon todas las fantasías con Cecilia.

Se vistió cuidadosamente con su mejor ropa, guardó con mucha ternura la cajita con el anillo en el bolsillo de la camisa y, en su caballo, se dirigió al encuentro de su destino de felicidad.

Al empezar la mañana entró al monte. Mientras se acercaba a la casa de su amada sentía que la naturaleza toda lo acompañaba en su dicha. Pero el monte tiene sus misterios y secretos vitales más allá de lo que Andrés pudiera concebir del mundo.

Casi saliendo del monte, justo donde se ralean los árboles y el suelo está cubierto de un mullido colchón de hojarasca, Andrés, lleno de tierna emoción, buscó en el bolsillo la cajita del anillo y la abrió emocionado para observarlo. Un leve traspié del caballo y el anillo saltó de la cajita y se perdió entre las hojas del suelo. Desmontó desesperado y se puso a buscarlo. Sapos y culebras salían de su boca y en su espíritu se mezclaron la rabia, la desesperación y la angustia al no encontrar el dichoso anillo.

Primero estaba seguro de dónde había caído. Después le pareció que había caído un poco más allá, después ya no estaba seguro de nada.

Tuvo una sensación como si alguien se burlara de él. Miró en derredor y sólo vio los árboles meciéndose con la brisa. No pudo evitarlo, se le erizaron los vellos de la nuca. “Yo no le temo al monte ni a lo que dicen que vive en ella!”, pensó.

Estuvo más de una hora hurgando en el suelo. Finalmente, resignado, se dirigió al rancho de Cecilia. Allí lo esperaban un poco alarmados por el retraso.

Nadie había mencionado nada pero todos sabían lo que iba a pasar ese día.

Avergonzado por las suspicacias que podía disparar la ausencia del anillo, Andrés relató lo ocurrido.

De inmediato todos corrieron a colaborar en la búsqueda. Algunos, los suegros y la pretendida particularmente, preocupados; otros, divertidos por el embarazo de Andrés con el asunto de la pérdida del anillo.

La abuela sugirió llevarle un pedazo de tabaco al pombero para que ayude en la recuperación del anillo. “De qué manera va a colaborar en la búsqueda alguien que no existe, carajo!”, se enojó Andrés en voz baja.

Buscaron y buscaron hasta que algunos abandonaron la búsqueda. Al final sólo quedaron el suegro, la suegra, la pretendida Cecilia, el cuñado Ramón, solidario éste, y el propio Andrés.

Fracasados volvieron al Rancho. Andrés prometió que traería otro anillo. Pero el pedido de matrimonio ya había perdido todo el encanto de la sorpresa.

Pese a todo Andrés estaba contento. Se sabía aceptado y eso lo llenaba de tranquilidad y de felicidad.

Aún así, cada vez que pasaba por el lugar, y si nadie lo veía, bajaba del caballo y se ponía a hurgar entre las hojas secas. Terminaba amargado y lleno de un profundo desasosiego. Hasta pensó en hacerle la ofrenda al pombero…

Y compró el segundo anillo y, en secreto, le hizo una ofrenda de tabaco al pombero, como sugirió la abuela de Cecilia. ¡Ja! Por si acaso nomás…

El domingo siguiente repitió los preparativos de la primera vez y se dirigió al rancho de Cecilia. Se sentía bien. Durante el trayecto por el monte percibió a su caballo un tanto nervioso y como si alguien lo estuviera acompañando.

Cuando llegó al límite del monte donde había perdido el anillo el caballo no quiso avanzar. Desmontó y estiró las riendas del animal que relinchaba nervioso. La brisa se había vuelto un ventarrón que remolineaba a su alrededor y le parecía oír voces y risas… muy confusamente le pareció escuchar las palabras ¡“desconfiado”!, ¡aquí estoy!”

Por fin pudo dominar a su caballo y cuando lo iba a montar de nuevo vio  reverberar algo en el suelo.

Sorprendido y temeroso se acercó al objeto brillante y lleno de sorpresa vio su anillo extraviado en el mismo lugar donde lo había perdido y donde lo había buscado tantas veces.

Pegó un sapucai de júbilo y al hacerlo le pareció escuchar otro grito que decía “para que veas, arruinado!”, y una larga carcajada…

Prestó atención y ya no había nada.

El ventarrón se volvió brisa. Se sintió solo y fuerte, una parte más del monte.

Subió al caballo y, con el anillo nuevamente en la cajita y en su bolsillo, se dirigió silbando bajito y feliz hacia su destino con Cecilia, agradeciendo secretamente al pombero por la ayuda prestada. Aunque no creyera en su existencia…

 

Roberto Parodi Ocampo

Inédito. Parodi es farmacéutico y reside en Posadas. Ha publicado el libro Seis cuentos (2013)

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