Visita

domingo 11 de junio de 2023 | 3:56hs.
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Una sombra nítida avanza a través del uniforme caos del mediodía.

La peatonal parece la de siempre, abigarrada y gris. La gente apenas advierte a esa figura que se mueve distinto. Una campera marrón o ceniza, pantalones oscuros.

Los que ven la leve danza de la forma enseguida apartan la mirada, obedeciendo al instinto de conservación de lo conocido. Casi nadie percibe la manera en que las botas salpican al pisar los últimos vestigios de la lluvia de anoche.

Observo detenidamente su evolución desde mi discreta ventana de primer piso. La fatalidad quiso que levantara un instante los ojos de la pantalla justo cuando hizo su aparición por la boca del subterráneo.

Me fascina su gracia. Y al mismo tiempo, algo en su andar me produce una indefinida angustia.

Está casi bajo mi ventana. Me levanto para poder seguir viéndola.

¿Entró a mi edificio?

Vuelvo al trabajo. Ya no hace el calor de hace unos minutos.

Golpean a mi puerta. Voy a abrir, incrédulo. Era demasiado hermosa como para venir a mi casa.

Ahí está. No lleva campera. Es una capa de lana oscura. Pantalones ajustados negros. Botas altas.

Con la mano inerte sobre el picaporte quedo inmóvil, atrapado por sus ojos. Intento una sonrisa, pero mis labios son apenas una mueca torpe.

Sólo entonces siento que mi piel es una blanca lámina cubierta de sudor helado. Todo mi cuerpo quiere empujar la puerta. Ella me tranquiliza con un levísimo roce que me baña de alivio. En ese mismo instante me calmo y dejo escapar un suspiro intenso. Ella no le presta atención.

Con un tenue gesto me invita y la sigo, por el pasillo desierto.

 

Carlos Miguel Zarza Machuca

El autor es profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicado los libros Superficies y La campana y la lluvia. 

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