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El Laberinto

domingo 11 de junio de 2023 | 3:54hs.
El Laberinto

La casualidad ha sido siempre una tenaz perseguidora del hombre. Parece por obstinación, o vaya a saber qué extraña circunstancia, es la que provoca, esa determinada movilización en la contingencia de la realidad, pero es indudable que ocurre, y se provee de buen material, quizás por la ingenuidad con que los humanos se desenvuelven por la vida. Según se manifieste o se interprete, puede constituirse en un plácido esplendor, o en oscura desgracia reflejada en ingratas amarguras. En fin, siempre ha acontecido que lo imprevisto, quiérase o no, ha manipulado inconsciente e insistentemente, el espíritu frágil del hombre.

Es casual y esto no debe importar, sobre todo por cuántas veces se haya intentado sabotear el hecho en sí, creyendo que el interlocutor estaba fantaseando. Pero hoy, y eso es lo increíble, la madre de todas las coincidencias me encuentra con un viejo conocido. Nos detuvimos a conversar ante las puertas de este laberinto. Fantástico el desafío que propone esta cita imprevista, cuando te encuentras en esta situación, por cierto, en este momento me siento fascinado, por el hecho de recordar viejas conversaciones que a través del tiempo hemos traído a este presente.

— Me apremia contarte una historia que raya lo irracional, y como sé, que a vos todas esas cuestiones te interesan, espero que tengas tiempo para oír lo que desde hace un tiempo vengo pensando — me dijo — El otro día cuando estaba leyendo  un libro, me acordé de vos. No tengo la certeza de si la historia ocurrió realmente o fue una fantasía del autor, pero eso no importa, frente a lo que misteriosamente se detalla en sus páginas.

Un hombre común, sin mayores anhelos que la de transitar por la vida, y sin importar cuántas circunstancias debiera vivir para atravesar por ella, es decir, desplazarse sin ningún nivel de curiosidad o pretensión trascendente. El mismo, decide introducirse en un laberinto de ligustros. ¿Aburrimiento?

¿Ansias de enfrentar un desafío? ¿Quién sabe? El autor no se detiene a explicarlo.

— Me gustaría leerlo, obviamente abreviando los detalles — volvió a decirme— y hurgueteaba dentro de su morral para extraer el libro de tapas verdes, parecía envejecido por el tiempo, lo abrió exactamente en el lugar señalado donde se encontraba el relato, se sentaron en unas banquetas que se encontraban en el lugar y comenzó a leerlo, luego de saltearse algunas páginas de la presentación:

Inicia el recorrido y se decide por el sendero de la izquierda, avanza unos metros y luego por intuición, se corre hacia la derecha, cinco pasos y vuelve; ahora un paso hacia la izquierda, para encontrarse otra vez sobre el camino realizado. Nuevo intento. Unos metros, un atasco a la derecha, diez pasos, bifurcación, sendero izquierdo, cierre; se vuelve, se encamina hacia el derecho y se encuentra con un pequeño laberinto de ligustros más complicado. Se decide ante un nuevo paso, pero se cierra a la izquierda; opta por el sendero derecho, camina unos metros y un nuevo impedimento, lo hace entonces por el paso de la derecha, unos pasos y acierta, el paso está habilita- do. Excitado por la situación opta por seguir hacia la izquierda, camina unos cinco a seis metros y debe desviarse hacia la de- recha, cinco pasos más y encuentra un nuevo bloque de cierre, se desvía hacia la derecha unos pasos y luego a la izquierda, un cierre total se presenta ante él, vuelve sobre su anterior recorrido, elige otra alternativa y acierta. Prosigue, bifurcación a la vista, una vez más, el recorrido se hace ahora largo, escoge por la salida derecha, pero no era la acertada, se vuelve nuevamente sobre el trayecto antes realizado y se inclina por la izquierda hasta que se da cuenta que los ligustros se acaban, y dado su actual ubicación delata el centro del laberinto vegetal.

Luego de recomponerse de los acertijos sucesivos que le había impuesto el recorrido entre los vegetales, mejor llamados ligustros y más adelante, unos cinco metros más o me- nos, se encuentra con una escalera descendente y al final de la misma, una entrada de estructura en forma de arco, el mismo hace de marco que sostiene a una pesada puerta de hierro. En un primer momento ha creído que se trata de una sala con entretenimientos extras al laberinto, o bien, podría haber sido el depósito donde se guardan las herramientas para el mantenimiento del parque; la curiosidad pudo más, por lo que desciende con el objetivo de despejar su duda, traspasó la puerta de entrada, hizo unos metros y escucha el sonido seco de la puerta de metal al cerrarse. Enorme fue su asombro, golpeo con sus puños la puerta, pero nadie hizo caso a su protesto, cuando entre penumbras se sorprende por la presencia de un perro blanco, velludo y pequeño; por momentos, no sabe qué hacer, cómo actuar, luego de unos minutos lo levanta entre sus brazos y lo lleva con él. Se vuelve para abrir la puerta, como un último intento desesperado por volver al laberinto, pero la misma carece de picaporte por dentro.

Si bien la situación es por demás anormal y enigmática, no quiere detenerse a pensar y evade todo intento de desasosiego, trata de salir del asombro, mientras se convence que no existe otra opción que la de continuar con el nuevo desafío. Ahora se encontraba sumergido en un laberinto subterráneo y apenas iluminado, dentro de otro que se encontraba afuera, totalmente iluminado por la luz de un generoso sol de verano, además   el día se presentaba maravilloso, lo desnudaba una espléndida brisa, pero allí, era distinta la situación, se respiraba olores muy propios a los de un lugar poco frecuentado, apestado de humedad y raros tufillos.

La entrada en sus inicios tenía aspectos de caverna abandonada, como las que inspeccionaba en su adolescencia, cuando era un placer recorrer las cuevas en las montañas. La concepción de un laberinto en forma de túnel dentro de otro, de por sí, ya le producía una rara sensación de placer y angustia al mismo tiempo. Apenas realiza unos metros sobre el único sendero que visualiza, encuentra una innumerable cantidad de espejos deformantes. Recuerda lo vivido por fray Guillermo de Baskerville y su acompañante fiel, Adso de Melk, en “El Nombre de la Rosa”. Con el perro en su regazo, se da cuenta que los animales también se deforman al descubrir en un espejo el rostro del can desfigurado, se refleja una figura grotesca, mientras muestra una leve sonrisa. Más adentro, descubre numerosas figuras impresas en los muros, pero muy pronto descarta la posibilidad de que sean figuras realizadas por algún antepasado que haya habitado la misma, más bien se inclinó a pensar que las mismas, debían ser un entretenimiento más, de quien haya ingeniado este túnel, o de algún visitante anterior a él.

Al continuar con su recorrido hacia la derecha, encuentra un par de botas de goma, se las calza y deja sus zapatos. Ahora el laberinto se encuentra en penumbras, piensa que si decide iluminarlo, debe encender las velas colocadas en pequeños nichos encastrados en la pared, lo que acrecienta la lobreguez del ambiente, para no perder tiempo sigue su recorrido, ignorando su pensamiento. El perro se muestra inquieto y desorientado, según cree, como si no entendiera lo que sucede, muy a pesar de esto, no queda más remedio que continuar sosteniéndolo aferrado a sus brazos, a pesar de ser pequeño, es un peso movedizo sobre los músculos de sus miembros superiores, y comienza a sentir el cansancio, dado la fatiga lógica en sus piernas.

Decidido por la senda de la derecha, no era ése el sendero correcto, vuelve sobre sus pasos, acierta sobre el paso izquierdo, apenas puede reaccionar, ve ante sus ojos un nuevo cierre, retrocede y sigue por el paso que se halla hacia la izquierda pero más adelante, la reconoce como acertada. Por la misma senda hace unos metros, el túnel lo lleva con una pronunciada curva hacia la izquierda, más adelante existe un inmenso charco de agua, como no se anima a cruzarlo, la única posibilidad de superarlo es caminar por el costado del mismo, a pesar del espacio sumamente reducido y de la posibilidad de caer en el líquido y por el olor, lo imagina saturado de sustancias sulfuradas. Por suerte alcanza a hacer ocho pasos y una buena dosis de equilibrio, a pesar del perro removiéndose entre sus brazos logra sortear el inconveniente, ya del otro lado se detiene. La situación se torna extenuante y es imposible saber cuánto que- da aún por recorrer.

A esta altura, ya con signos de evidente agotamiento, decide continuar entre los recovecos sumidos en la penumbra. Varios pasos más adelante, se encuentra con tres o cuatro aberturas, pero prefiere continuar en línea recta. De repente, inmensos recipientes de lata obstaculizando el paso, los utilizados para envasar lubricantes, vuelve unos pasos para tomar carrera y salta uno por uno, inútilmente, porque más allá el camino que tan empecinadamente ha resuelto seguir, se cierra. Regresa, los salta nuevamente y se introducirse por la abertura de la derecha, tampoco es la correcta, se vuelve y encuentra el paso a la izquierda, parece ser válido, y así lo confirma, sigue unos metros y visualiza ante sus ojos, un alambre de acero como el que se utiliza para colgar las prendas de vestir y secarlas al sol.

¿Alguien vive en estas profundidades? — se pregunta —. No sabe si alegrarse o llorar, dado que bien podría ser un obstáculo más en su recorrido o una verdadera ayuda para encontrar la salida, grita con todas sus fuerzas, nadie responde. El pasadizo se estrecha notablemente y el aire se enrarece, como sus pensamientos que por momentos llegan a transformarse en verdaderas pesadillas, cuando cruza por su mente la idea de un posible deceso en esas condiciones, y allí enfilan las imágenes de su familia, los amigos, la vida toda resumida en un minuto. Luego de un par de obstáculos sorteados, recuerda la situación vivida por Andréi, el hijo del Táras Bulba, dado el aspecto de catacumba que tiene el túnel, con la diferencia de que a Andréi lo acompañaba la tártara y ella conocía el camino, en aquella apasionante historia de Gogol. Él, en cambio, posee una compañía muy distinta, la de un perro extremadamente movedizo, que nada puede hacer por él.

Varias entradas a otros túneles van apareciendo ante su mi- rada, pero sigue por la misma senda sin desviarse; sin embargo, diez metros después descubre, con desolación, otro paso que se obstruye. Vuelve y toma el primero de la izquierda que se le presenta, sigue por el mismo sin titubear, reconociendo que esta fue una decisión al azar; cinco pasos y debe volver, porque también se ha cerrado ante su recorrido. Siempre en semipenumbras adopta el de la derecha y a unos treinta o cuarenta pasos ve una luz. Su alma se alboroza, piensa sin dudar que allí debe encontrarse la salida; corre desesperadamente hacia la claridad, su transpiración se descuelga sobre su rostro, llega al lugar pleno de ansias y descubre que es un engaño, porque el destello es proyectado de lo que posiblemente en otra época había sido un simple respiradero. Cinco metros arriba de su cabeza ve la abertura y se detiene a observar el firmamento, totalmente claro, es aún de día. Toma conciencia de que ése es el mundo al que pertenece, y al que desea volver. Grita desesperadamente y nadie contesta.

Nuevamente vuelve sobre sus pasos, desesperanzado y sin voluntad de continuar, dirige sus cansados pies hacia la izquierda como única alternativa. Al final de la senda descubre tres puertas. Elige la del centro, sin resultado positivo. Regresa y penetra a través de la puerta de la izquierda; hay varias dificultades para continuar, piedras de mediano tamaño, tarros de chapa, material descartable y pequeños hilos de agua que cruzan sobre la senda, pero los sortea fácilmente tomando impulso y saltando. Al fondo, una nueva abertura se encuentra a su paso y vislumbra claridad; sin pensarlo dos veces toma ese camino dejándose llevar por aquel haz de luz, que es cada vez más intensa a medida que se acerca pero, el camino se cierra y al final hay otra abertura hacia la izquierda, de allí proviene la luminosidad. Ésta llega a través de una vidriera hermética- mente empotrada en el muro, se encuentra sobre el nivel de la tierra. Comienza a gritar desesperadamente y a gesticular con sus brazos, pero las personas que se encuentra del otro lado del grueso vidrio, donde se encuentra la vida, sólo ríen despiadadamente al percibir su estado de desolación, disfrutando enormemente del espectáculo. Indignado, intenta romper la vidriera que permanece inmutable ante sus golpes, como si se sumase a la fiesta de la gente.

 Finalmente decide volver, como lo hecho infinidad de ocasiones, porque no debe abatirse, se propone encontrar la salida, sin desanimarse, trata en todo momento, tener mentalidad positiva, creer que está pronto a encontrar el final de esta pesadilla. Por deducción sostiene que está próximo a la superficie de la tierra. Toma el camino de la derecha, hace unos pasos mientras gira hacia la izquierda, pero no encuentra ningún pasadizo. El perro que ha soportado estoicamente todo el recorrido amarrado entre sus brazos, manifiesta también un notorio cansancio, se encuentra más calmo, como si estuviera resignado a su condición.

Continúa lentamente y siempre en penumbras, preguntándose hasta dónde soportará sabiendo las condiciones a la que expone a su cuerpo, la situación que debe soportar, es decir, extrema resistencia y al sometimiento con que sobrelleva el esfuerzo. Continúa caminando mientras comienza a notar que levemente a la senda hay que impulsar un esfuerzo extra, quiere decir que está elevándose, como una leve ondulación que avanza en subida y de pronto lo deposita en una gran puerta; está se encuentra cerrada. La misma semeja aquellas pesadas puertas de catedrales medievales. Intenta abrirla, pero es inútil. Deja al perro en el suelo y con las dos manos se dedica a golpear; golpea frenéticamente con sus puños y con sus pies patea sin cesar el duro metal, su garganta se estremece al ritmo de los gritos desgarradores que surgen de sus cuerdas vocales. Minutos después y al límite de sus fuerzas, cae desplomado frente a la misma, con los puños aún en alto, vencido y rojos de sangre. Siente un pequeño crujir y la puerta se abre muy despacio ante su rostro, colmado de asombro; sus ojos no resisten la luminosidad e instintivamente los cubre con sus manos. Alguien palmea su espalda y le dice:

 —¡Muy bien chico, lo has logrado! — esbozaba el guardia del lugar.

—¡Pero..! Trató de expresar— mientras descubre tímidamente a través de su voz, que ya no le quedaban fuerzas.

 —El perro…! —le dijo — no dejaste que Ciro te guiara. Él conoce perfectamente el recorrido del túnel, se encuentra en ese preciso lugar por si alguno de los intrépidos aventureros se fatiga, y desea finalizar el juego. El perro rápidamente encontrará la salida.

—¡Pero...! — vuelve a decir, antes de rendirse extenuado.

 

Heraldo Giordano

 

El cuento es parte del libro Nunca más será hoy. Giordano es autor además de "A tientas y letras", "Descarne" y "Relatos inconexos".

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