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O buraco

domingo 11 de junio de 2023 | 3:52hs.
O buraco

En los extravíos nos esperan hallazgos, porque es preciso perderse

para volver a encontrarse. Eduardo Galeano

 

 

La explosión sacudió a los operarios de vialidad. La carga había sido más que suficiente para despejar el tramo rocoso que se había resistido a las otras detonaciones; la nube oscura y el olor de la pólvora, les llegó unos segundos después.

El hombre avanzó hacia las máquinas viales, se quitó el casco para mojarse la cara con el agua que tenían en una cisterna y, algo le llamó la atención. Desde la posición elevada del cerro observó la franja del monte a la distancia. Primero fueron las aves que, en gran cantidad, se elevaron y descendieron para volver a elevarse nuevamente; luego, un imponente palo rosa que observaba a diario, desapareció entre los demás árboles.

Sintió un leve temblor bajo sus pies y el temor le atenazó el estómago; pensó en ir a contarle lo sucedido al ingeniero, pero ese hombre era capaz de quedarse toda la noche para ir a ver lo que había pasado en el monte, y ya estaba oscureciendo.

Tal vez mañana… o mejor no, mejor dejarlo así nomás.

Mucho tiempo después…

Sentada en el borde de la cama, la niña pelirroja trazaba dibujos imaginarios en el espacio. Sus largos y suaves párpados se mantenían cerrados hasta que culminaba la creación de su mente.

Elegía los colores y un paisaje donde ubicarlos. Un sol brillante o la luna pálida iluminaban su mundo, con apliques de flores y mariposas multicolores; pero de repente, todo se desvanecía. La angustia y el dolor la envolvían como un manto pegadizo, cruel e insensible.

Escuchó un jadeo, lejano, casi imperceptible, y en su rostro se dibujó una tímida sonrisa. Abrió sus ojos y se dirigió repentinamente a la ventana. Afuera, en la oscuridad, las farolas iluminaban débilmente los árboles proyectando figuras amorfas sobre la vereda. Observó el balde con agua y el alimento; seguían intactos cerca del portón… luego, algo se movió en la penumbra. El animal se desplazó fugaz y tomó con la boca el borde del bidón cortado y cargado con la ración.

—Hola, Preta –dijo en un susurro la niña. La perra se detuvo un instante, la miró y movió la cola, para desvanecerse nuevamente como un ignoto espectro.

Eran las cinco de la madrugada cuando el humo comenzó a salir por la chimenea de la pintoresca casita de madera; se elevó con pereza y luego se disolvió en la suave brisa que venía del río.

Un gallo flaco y alto estiró el cuello para lanzar al aire su canto. Parado sobre el aljibe del patio, inclinó apenas la cabeza al escuchar a lo lejos la respuesta de otros que habitaban en chacras vecinas.

De a una por vez, las gallinas y pollos fueron bajando del níspero, improvisando como escaleras los gajos que utilizaban para descansar. El gallo vio al hombre alto, de anteojos y sombrero, salir de la casa para caminar hacia un galpón; se arrojó del aljibe desplegando sus alas y corrió hacia él, el resto lo siguió emitiendo fuertes cacareos.

Evaristo Méndez encendió un cigarrillo mientras observaba la bandada, que, alborotada, esperaba ser alimentada. Las alpargatas se le humedecieron al salpicarse con el agua que cargaba en las bateas de aluminio, se ajustó el sombrero de fieltro mientras abría el viejo candado que aseguraba la puerta. Adentro, en una esquina, había una gallina empollando dentro de una caja de madera, pero no se movió de su lugar.

Evaristo tomó y esparció por el patio el maíz molido mezclado con granos de arroz, los pollitos comieron incentivados por las madres. El relincho de un caballo atrajo su atención.

—¡O, Crioulo, para vocệ eu tenho lo melhor! –le dijo, elevando la voz por sobre el griterío de las aves. En una batea de madera cargó avena que había comprado en Panambí y algunas zanahorias cosechadas en su huerta. El robusto caballo de color bayo corcoveó alegremente cuando el hombre avanzó hacia el corral.

Luego de que su esposa falleciera, Méndez decidió vivir en ese lugar; en una de las estribaciones del río Uruguay y con una vista privilegiada al cerro Mbororé. De nada sirvieron las invitaciones de su hija y yerno de mudarse con ellos a la ciudad; tenía ochenta años y gozaba de buena salud cimentada en la alimentación y el trabajo duro.

—Hoje vamos para a cidade –le dijo al animal mientras le acariciaba con sus ásperas manos el mechón que le caía sobre la frente–, vamos regresar para o por do sol. O minino volta con nós. Ele vai me ayudar a preparar o churrasco para o aniversario da menininha. El caballo agitó el cuello hacia arriba y abajo complacido con el alimento y las caricias.

El aroma de la madera quemándose se mezclaba con el del tabaco y llegaba a todos los rincones de la casa. Luego de comer el reviro mezclado con tocino tomó unos mates, sirviendo el agua directamente de una pava ennegrecida que mantenía sobre la cocina a leña. Cargó huevos y verduras en una vieja mochila, luego se dispuso a vestirse para el viaje.

Eligió la camisa de mangas largas color marrón que tenía colgada en la percha del viejo ropero, la chaqueta negra, el pantalón ancho de paisano, también negro. Un cinto de nailon remataba en una gruesa hebilla que tenía grabada la cabeza de un corcel. Las botas criollas de color marrón; el rebenque de cuero trenzado era un simple adorno en sus manos; nunca castigaba a su caballo.

Frente al espejo, incrustado en la puerta del ropero, se arregló el ancho bigote y buscó la pañoleta bordada con su nombre. Se peinó hacia atrás la abundante cabellera gris que le caía rebelde sobre los ojos negros; las arrugas surcaban su rostro delgado. Se colocó los anteojos. Tenía la mirada serena y la sonrisa espontánea como sincera.

El sol acariciaba la superficie gris del río elevando nubes de vapor, estas flotaban en racimos, humedeciendo la vegetación de la costa. Desgarrado por tramos, el cerro mostraba su entraña de basalto y arena.

La estampa del jinete cabalgando al costado de la ruta número dos, era una postal conocida por los vecinos, un toque regional a los ojos de los turistas que lo saludaban con toques de bocina. La ascendencia brasileña llevó a Evaristo a mezclar las tradiciones, usaba el dialecto del país fronterizo; “era de aquí y de lá”, pero argentino ante todo; solía decir a sus amistades.

De la orilla brasilera llegaban los sonidos de la música y voces de los ribereños. Vera Cruz también despertaba sobre el río Uruguay con la impronta tan particular de su gente.

Evaristo mantuvo el paso del caballo en un trote suave y se dispuso a disfrutar lo que le faltaba para llegar a la casa de su familia.

 

Javier Chamorro

El cuento, (capítulo I) pertenece a la obra La Colmena que fue editada en el año 2020.  Chamorro vive en Puerto Iguazú. Tiene publicado además los libros Cicatrices y el Clan del fuego.

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