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Final abierto

domingo 04 de junio de 2023 | 3:56hs.
Final abierto

Me había propuesto esa pausa, decidí dejar los apuntes sobre la mesa y encaminarme con el termo y el mate, hasta la plaza. Una bocanada de aire, inundó mi rostro al abrir la puerta del departamento que alquilaba en mi vida de estudiante universitario. El sol tibiamente acompañaba la sinfonía de marzo en las calles.

La vecinita de enfrente barría la vereda de su casa, esbozando una sonrisa a modo de saludo. “El mejor paisaje de una mujer es su sonrisa”, me dije en un atisbo de poesía, alzando el mate como única respuesta.

“Cuando entres o salgas de la vida de alguien, cierra la puerta con cariño”, decía un mensaje de mi madre en el celular, lo leí, cuando iba buscando un banco de cemento en la plaza.

-Joven, ¿sería tan amable de comprarme un alfajor de chocolate? me dijo el señor de la silla de ruedas, a quien conocía por verlo habitualmente por la plaza. La gente lo llamaba don Esteban y tenía amputado el pie derecho.

- No tengo un peso -le contesté-, salí sin dinero, sólo a tomar mate.

-Yo tengo la plata, lo que no puedo es cruzar la calle para llegar al quiosco -dijo pasándome un billete de doscientos pesos- Que sea un triple, de chocolate, agregó sonriendo.

Con el azul billete de la ballena austral me dirigí hacia la empinada vereda del quiosco, donde habitualmente compraba golosinas. Cuando le entregué el alfajor al anciano, una extraña sensación de culpa me invadió de inmediato, al verlo alejarse.

¡Mierda! ¡El viejo es diabético!, seguramente come dulces a escondidas de su familia y el quiosquero estará alertado para no venderlos. De pronto una serie de tristes cavilaciones me invadieron, quise salir corriendo tras don Esteban pero luego me dije que tal vez estaba equivocado y que todo era producto de la lectura de mis apuntes de estudio.

Me sentí más aliviado y con la satisfacción de haber realizado una obra humanitaria, las mateadas tenían esos misterios, me permitían cambiar mi estado anímico de manera continua. Los niños con su alborozo marchaban felices hacia la escuela, los sones de las campanas de la iglesia llamaban a los fieles para la misa matutina. Con el termo y el mate volví a mi departamento, indudablemente la sensación de culpa me seguía martillando. Era un buen tema para un cuento con final abierto.

Mi vecinita seguía barriendo la vereda.

Mario Zajaczkowski

Inédito. El autor es docente. Reside en Apóstoles, Misiones. Publicó “Historias y Leyendas Urbanas de Apóstoles”.

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