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Un padre

domingo 30 de abril de 2023 | 3:46hs.
Un padre

Sin embargo, el personaje que más lugar ocupa en la región es Carlos Bernard. Está en todas partes, es amigo de todos; anda, navega, camina, no para nunca; visita a todo el mundo; come y duerme en cualquier parte.

-Je suis un descendent du grand Claude Bernard -me dice un día.

-¿Del vivisector?

-Claro; ¿no ve usted cómo soy yo? Practico la vivisección mental; quizá porque soy tarado. Así somos los descendientes de los grandes hombres...

Habla con una voz franca y alegre. Es rubio, bajo, flaco y fuerte. Inventa de todo: historias y objetos prácticos. Su canoa tiene dos anclas, y cada ancla presenta articulaciones especiales; su casa, de madera y paja, tiene balcones y miradores, para contemplar el paisaje e inspirarse; ha logrado hacer que los pájaros siembren plantas de yerba mate en los lugares que él desea; dice ser padre, madre y hermano de su hijo; contrae deudas, las paga, y presta a quien le pide, cuando tiene. Su chacra se encuentra a unos dos kilómetros río abajo, en la costa argentina.

Llegó allí cuando aquello era una fracción fiscal abandonada, hace más de diez años. Estaba bien vestido, porque venía de la ciudad de Rosario; pero sentía hambre y no le quedaba una moneda. Atrapó una tabla que traía el río, pidió a un vecino serrucho, martillo y clavos prestados, y fabricó un banquito. En seguida salió con él y lo cambió por mandioca, la que comió asada. Fabricó otro banquito, que cambió por porotos y maíz. Y un tercer banquito, con el que se le terminó la tabla, le sirvió para adquirir cubiertos de mesa. Volvió a buscar madera en el Paraná, y con los trozos que hallaba continuó fabricando banquitos, los que cambiaba por objetos y por derechos, como, por ejemplo, el derecho de usar la canoa del vecino para buscar maderas en el río, el derecho de cortar paja para el techo de su rancho, etcétera. Su industria prosperó, hasta que en las casas de dos leguas a la redonda no cupieron más banquitos, mesas y sillas de su fabricación. Pero entonces él ya poseía un rancho bien puesto, gallinas y una hectárea de mandioca, maíz y porotos.

Sintió que le faltaba una mujer, y se casó con una vecina. Y al año de casado, nació su hijo y murió su mujer. Aquí comenzó la fama de don Carlos en el Teyucuaré y en la costa paraguaya. El espectáculo de este hombre criando a su hijo fue una comedia dramática nunca vista. Los pañales, el biberón, la cuna, todo, era automático; y se dedicó al chico como no lo habría hecho una madre; lo llevaba en brazos o colgado a la espalda cuando trabajaba, negociaba y paseaba.

-Yo soy su padre, su madre y su hermano -solía decir.

-Pero, ¿por qué no se casa otra vez y le da una madre al chico? -le aconsejaban los vecinos. -¡No! -respondía, decidido-. ¡Qué mejor madre que yo!

Ahora el chico está grandecito y va a la escuela. Todos los días, de regreso, le cuenta al padre los hechos raros que le han sucedido o que ha presenciado.

-Estoy esperando que me diga una mentira -me cuenta don Carlos- para desarrolar en él esa aptitud, si es que la tiene. Si sabe engañar, le voy a ofrecer diariamente veinte centavos por la mejor mentira que me cuente; y de esta manera, si tiene fantasía llegará a ser un gran cuentista, mejor que don Quiroga, y si no la tiene, será un gran diplomático. Por el contrario, si dice la verdad, haré de él un ingeniero o un astrónomo. El caso es que, si miente, debe aprender a hacerlo mejor que nadie; y si le gusta la verdad, debe aprender a no mentir jamás; dos únicos medios para triunfar en la vida.

"Modos de ver", diría Martín Gil.

 

Germán Dras

El relato es parte del libro Aguas Turbias. Dras publicó Alto Paraná y Apuntes del Alto Paraná (1939); Tras la loca fortuna (1940). Germán Laferrere, su nombre verdadero, residió en la zona San Ignacio varios años

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