Sanidad y corrupción en las relaciones internacionales

miércoles 29 de marzo de 2023 | 6:00hs.

En la década de los 90, la admiración de países sudamericanos que profesaban por Argentina devenía, ante todo, porque nuestro país rebozaba optimismo al dominar la inflación y haber logrado la estabilidad económica, situación que permitía poner en práctica planes a futuro. El Servicio Nacional Sanidad Animal (Senasa) aprovechó esa coyuntura y supo alcanzar resultados positivos al controlar la aftosa y concretar la autarquía. Con ello exhibió cierta independencia del poder político y avanzar en atenciones sanitarias internas y externas, cosa que no sucedía en otras latitudes. De esta manera, se revalorizó ante los ojos extranjeros, pues un poco Chile, Uruguay y otro tanto Brasil, los demás países quedaron muy distanciados del universo sanitario. Lo digo con conocimiento de causa ya que estando como funcionario en el Senasa he sabido mantener reuniones sanitarias dentro y fuera del país con funcionarios y técnicos sudamericanos, quienes distinguían el accionar del servicio argentino. En especial recuerdo las realizadas en busca de acuerdos con países del Caribe, vedados a la entrada de nuestras carnes por la aftosa. Apenas se logró controlar esa enfermedad maldita del rodeo nacional, hacia allá nos mandaron en busca de aperturas sanitarias. En Colombia estuvimos muy bien atendidos por el encargado de negocios argentinos y por nuestros pares, no así por las entidades ganaderas, quienes repudiaron nuestra visita en cualquier medio periodístico y acusaban al gobierno de entreguista por no defender la producción local, inclusive, en enormes pasacalles con frases de rechazo a la apertura pecuaria. Clara demostración que el proteccionismo, si bien es saludable en cierta medida, también es el refugio de quienes no saben o no pueden competir en el comercio internacional. ¿El motivo? La ganadería colombiana basada en la explotación del ganado cebú jamás pudo y puede medirse en precio y calidad con la carne de nuestro país. Emocionalmente, el ganadero caribeño sentía bronca y temor ante las pérdidas económicas que su introducción podía ocasionar. Lo interesante fue encontrar, en recorridos por carnicerías y supermercados, góndolas ofreciendo “carne argentina” en lugar de decir “tipo argentino”. Una engañifa para atraer clientes, pero en el fondo, el reconocimiento a nuestro producto por parte de comerciantes y el público consumidor ávidos de comer buena carne e inclinados por ese detalle gastronómico a favorecer la apertura comercial.

En ese actual momento, Colombia soportaba el terror de la guerrilla y la criminalidad callejera. A una observación que hiciéramos por el asesinato de adolescentes para robarles las zapatillas contestaron: “Cuando la droga, acompañada de la pobreza, entre a la Argentina, tendrán la respuesta”.

Veinte años después, la pobreza alcanzó a casi la mitad de los habitantes de la patria, Rosario se convirtió en la capital del narcotráfico, que se extiende como un pulpo al resto del país, en el Amba asesinan por una zapatilla o un celular, y en el ranking global de inflación, Argentina en 2022 se ubicó en elcuarto puesto, detrás de Venezuela, Zimbabue y El Líbano.

En Ecuador, el trato fue excelente y mayor la calidez de la gente, puesto que en el hotel donde nos alojamos también se concentraba la selección ecuatoriana de fútbol, que ese domingo jugaba con la nuestra, y en los alrededores se apostaban los inefables hinchas. Nunca cánticos injuriantes y menos palabras agresivas, al contrario, solían preguntarnos por las características de nuestros jugadores, cuya figura sin duda era Batistuta. Claro ejemplo de corrección de un pueblo tan querible.

Los convenios sanitarios internacionales se realizan previo intercambio de notas direccionadas a lograr entendimientos y protocolizar las reuniones vía Cancillería, reportando a los agregados agrícolas de las embajadas, cuyos representantes empezaban a entender que primero están los negocios y después los convites sociales, según la nueva tónica del gobierno nacional de entonces. En esa gira tuvimos tres ejemplos que definen a nuestros delegados en el extranjero. En Colombia, el embajador no apareció y lo sustituyó el agregado agrícola, un buen guía para los negocios. En Ecuador, el propio embajador, Fernández Bilone, se encargó de organizar los eventos técnicos, protocolares y con los representantes del comercio de la carne. En Venezuela, el embajador no dio señales de vida, lo representó un empleado oficinista y en definitiva viajamos al divino botón a Caracas. En realidad, sabíamos de antemano que la Embajada Argentina en Venezuela no había preparado absolutamente nada, pero igualmente fuimos, de lo contrario podían aducir que la reunión se frustró por nuestra ausencia. Reconozco, no tenía experiencia en este tipo de reuniones cuyo objetivo es abrir las fronteras del comercio internacional agropecuario cerradas por barreras sanitarias. La tarea no es fácil cuando salta el proteccionismo y la feroz competencia entre países. La lucha entablada por conseguir aperturas, tratar de penetrar con mercaderías y sostenerla en el tiempo es la realidad cruel del comercio globalizado. Quien se duerme en los laureles pierde, porque enseguida otro estado rival gana el espacio, y luego reconquistarlo cuesta un Perú. De estas vivencias saqué conclusiones y creo, a mi modesto entender, que el trabajo de la embajada Argentina en Ecuador sintetiza la representación que el país necesita y debe tener en el exterior. Lastimosamente hoy, las relaciones con ese país hermano están envilecidas por el extraño escape de la Embajada de Argentina en Quito de la exiliada exministra de Transportes del Gobierno de Rafael Correa, María de los Ángeles Duarte, donde se encontraba bajo asilo tras ser condenada por corrupción.

Cosa rara en estos temas de corrupción que invita a preguntar: ¿quién es más pecador, el que peca por la paga o el que paga por pecar?

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