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Anaconda

domingo 19 de marzo de 2023 | 4:05hs.
Anaconda

En una noche oscura y tempestuosa, Cruzada, una grande y hermosa víbora de la cruz, avanzaba por un sendero del monte. La yarará iba de caza. Cuatro horas habían pasado ya sin encontrar un animal de qué hacer presa, cuando oyó fuertes pisadas. Un instante después un hombre pasaba a su lado y se alejaba, sin que la víbora hubiera vuelto en sí de su sorpresa.

¡Un hombre! Preciso es concebir por un momento las ideas de un animal salvaje y, particularmente, las de una víbora, para apreciar lo que esta palabra, «hombre», significaba para los habitantes de la selva.

Hasta ese instante, la región de bosque que habitaban Cruzada y sus compañeras había sido virgen: es decir, que el hombre no había ido todavía a vivir en ella. Desde el momento en que él se instalaba allí, un terrible peligro se cernía sobre los animales salvajes.

Las serpientes eran, sin embargo, las que más deberían sufrir, en razón de la eterna y sangrienta enemistad que reina entre hombres y víboras. El peligro era gravísimo. A la noche siguiente las víboras, avisadas con toda urgencia por Cruzada, se reunían en una caverna a deliberar.

Cambiáronse cien opiniones y se trazaron diez planes de campaña distintos. Pero triunfó el parecer de Cruzada, quien dijo que nada podía hacerse sin averiguar antes cuántos eran los hombres, dónde vivían y qué hacían.

Cruzada se ofreció a ir esa misma tarde a explorar el terreno para trazar después, de acuerdo con lo que viera, un plan de guerra contra sus enemigos. Fue otra vez aceptada la proposición de Cruzada, cosa no extraña si se consideran la inteligencia y el valor de esta gran yarará.

Cruzada acababa de resolver el sacrificio de su vida, ofreciéndose a ir en pleno día al encuentro de los hombres y a ser muerta, como era lo más probable.

Pero no fue muerta sino cazada con un lazo corredizo por un hombre que, acompañado por tres negros, la había descubierto en el umbral del chalet. Llevándola colgando, el hombre la arrojó dentro de una jaula cerrada con tejido de alambre. En una jaula más pequeña, Cruzada vio una enorme víbora con el cuello monstruosamente hinchado, que le habló así:

-¡Óyeme, pequeña yarará! Tú no me conoces. Mi patria está muy lejos de aquí, en el continente asiático, en la India. Mi nombre es Cobra Capelo Real. Soy la más grande, la más fuerte y la más venenosa de todas las víboras, y donde pongo mis colmillos pongo el sello de la muerte. ¿Sabes lo que hacemos nosotras aquí y por qué te han hecho prisionera en vez de matarte? Te lo voy a decir: estamos aquí para que los hombres del chalet, sabios naturalistas, nos extraigan el veneno cada quince o veinte días, para preparar luego con él un suero contra nuestras mordeduras. ¿Concibes algo más horrible? Oye ahora cuál es mi plan para fugarnos.

Cruzada se acercó hasta rozar con la cabeza el tejido de alambre la gran víbora asiática comenzó a hablarle en voz baja.

El plan de fuga era de muy difícil ejecución y se confiaba para llevarlo a cabo en la gran resistencia que tienen las víboras a envenenarse con su propio veneno o el de sus semejantes.

Debían proceder así: Cruzada se dejaría morder por la Cobra Capelo Real. Si el veneno poderosísimo de la cobra alcanzaba a matarla, el plan había fracasado. Si la yarará resistía a la mordedura, quedaría como muerta. Los peones del chalet, al hallarla así, la tirarían fuera de la jaula grande, por inútil ya. Acto continuo, los mismos peones llevarían a la cobra real al chalet para extraerle el veneno, pues ése era el día indicado para ello. Si mientras los hombres apretaban las mandíbulas de la gran cobra para que vertiera su veneno en un vidrio de reloj, Cruzada había tenido tiempo de volver en sí y entraba en el laboratorio del chalet, la cobra y Cruzada se habían salvado, porque la yarará clavaría sus colmillos en el pie del hombre que sujetaba a la asiática. El hombre, entonces, al abrir las manos por el dolor de la mordedura, dejaría escapar a la gran cobra. En seguida, las dos víboras, aprovechándose de la confusión producida, huirían a toda carrera.

Punto por punto y tal como lo hemos detallado, el plan se realizó: la mordedura de la cobra a la yarará, el desmayo de ésta, la recolección de veneno, el ataque de Cruzada al hombre y la fuga final de las dos víboras.

Esa misma noche, Cruzada se presentaba en la caverna acompañada de una gran serpiente que nadie conocía. En un momento, Cruzada enteró a sus hermanas de la milagrosa huida, que se debía en gran parte a la inteligencia de la serpiente extranjera.

Pero, desde el primer momento, el orgullo y la mirada oblicua de la cobra real habían impresionado mal a las víboras. Evidentemente, la cobra desprecia a las víboras del país, pues ninguna de ellas podía medirse en tamaño, fuerza e inteligencia con la gran cobra. Este desprecio lo notaron tanto Cruzada como sus compañeras y la situación amenazaba tornarse tirante, cuando una joven serpiente de cerca de tres metros de largo entró en la caverna, cambiando al pasar una guiñada de inteligencia con Cruzada.

¿Quién era esa intrusa y qué hacía allí, pues la asamblea reunía exclusivamente a las serpientes venenosas?

Era Anaconda, la más grande y fuerte de todas las serpientes conocidas. La recién llegada era todavía muy joven a pesar de su tamaño, pues al llegar a todo su desarrollo, las anacondas pueden alcanzar hasta diez metros de largo. Pero, cachorro y todo, su fuerza era tan grande que podía atreverse a sostener una lucha cuerpo a cuerpo con la venenosísima Cobra Capelo Real, que medía cuatro metros.

Ya sabemos quién era la intrusa. ¿Pero por qué estaba allí, entre sus primas hermanas, las víboras?

Porque esa misma tarde, horas después de la fuga, Cruzada había contado el incidente a su gran amiga Anaconda, explicándole al mismo tiempo las dudas que abrigaba sobre el pérfido carácter de la serpiente asiática. Dudas de las que, como acabamos de verlo, habían participado sus hermanas.

-¿Qué me aconsejas, Anaconda? -le había preguntado ansiosamente Cruzada.

-Deja por mi cuenta, prima, a la señora asiática -concluyó alegremente Anaconda-. Esta noche iré a hacerles una visita.

Y, como acabamos de ver, Anaconda había cumplido su palabra.

Aquella sesión del congreso de las víboras fue muy tormentosa. La cobra real, que tenía también sumo interés en luchar contra los naturalistas del chalet, había propuesto un plan de campaña que consistía en ir esa misma noche a matar a los hombres.

-Tal vez no alcancemos a matar a dos -dijo-, pero los que queden huirán al día siguiente.

-Ni alcanzaremos a matar a ninguno, ni los hombres huirán -repuso Anaconda-. Ese plan es insensato. Los hombres son demasiado inteligentes para que podamos vencerlos enseguida. Busquemos unos días más el modo de luchar contra ellos. Si nos apresuramos y los atacamos esta misma noche, estamos perdidas. Mañana mismo no quedará una de nosotras, víboras y serpientes.

-¡Esta culebreja habla así porque tiene miedo! -exclamó con desprecio la cobra real.

-¡Miedo yo! -repuso Anaconda irguiéndose, mientras sus ojos brillaban como ascuas.

-¡Paz, paz! -clamaron todas las víboras, interviniendo-. Sigamos el consejo de nuestra huésped, la cobra real. Si su plan fracasa, seguiremos el de Anaconda.

-Lo que prueba -respondió Anaconda- que todas ustedes se dejan imponer por el gran cuello hinchado de esta señorita de la India. Oigan bien lo que les digo: ¡Si van ustedes esta misma noche a matar a los hombres, mañana a mediodía no queda una de ustedes viva!

-Y bien, ¡iremos aunque muramos todas!- clamaron las víboras-. Si tú tienes miedo de ir, te quedas.

-En otra ocasión -contestó Anaconda con desprecio-, hubiera hecho tragar esas palabras a la que acaba de hablar. Pero ustedes están enloquecidas por esta señora y no ven su traición. Con ella me he de entender yo después. ¡Ahora, a matar a los hombres, encantadoras primas! ¡Y la que quede que cuente el cuento!

Una hora más tarde, todas las víboras de la región, convocadas apresuradamente, luchaban en la oscuridad con los perros negros que habían visto Anaconda y Cruzada, y que, por estar inmunizados contra el veneno de las víboras, podían resistir el ataque de decenas de víboras.

Al cabo de un rato de lucha en la oscuridad cuatro focos de luz deslumbradora surgieron entre los combatientes: eran linternas eléctricas de los hombres del chalet que, despertados por los ladridos de los perros, hacían irrupción entre las víboras, quebrando espinazos a diestra y siniestra con sus varas duras y flexibles.

En un instante la situación cambió. Las víboras se lanzaban contra los hombres, pero eran deshechas por los dientes de los perros y partidas por el medio, de un golpe de vara. Además, la luz viva de los focos eléctricos enceguecía a las yararás. De modo que la voz: ¡Huyamos! ¡Huyamos! ¡Sálvese quien pueda! cundió entre la filas de las víboras. Por el sendero que llevaba al bosque huían las víboras derrotadas, manchadas de sangre, con las escamas rotas y llenas de tierra. A lo lejos se oía ladrar roncamente a los perros que les seguían el rastro.

Los hombres las perseguían.

Anaconda y Cruzada, una al lado de la otra, cambiaban algunas palabras mientras huían a escape entre la banda de víboras.

-¡Tenías razón, Anaconda! -decía amargamente Cruzada-. Podría jurar ahora que la cobra maldita nos ha traído exprofeso al exterminio.

-¡Déjala por mi cuenta! -repuso Anaconda-. Tú puedes escaparte si quieres, Cruzada.

-¿Y tú qué haces, Anaconda?

-¿Yo? -repuso Anaconda-. Por estúpidas que se hayan mostrado en esta ocasión tus hermanas, van ahora a hacerse matar valientemente frente a su caverna. Me sacrifico con ellas por la raza. Pero antes voy a arreglar una pequeña cuenta con la Cobra Capelo.

-¡Bien, Anaconda! –sonrió con orgullo Cruzada—. Te reconozco en este rasgo. ¡Moriré contigo!

Ya había llegado a la caverna la tropa de víboras derrotadas. Pero ninguna quiso buscar en sus lóbregos refugios una salvación problemática.

-¡Compañeras! -se alzó en el trágico silencio la voz vibrante de Anaconda-. Dentro de cinco minutos, como tuve el honor de advertirlo esta noche misma, ninguna de nosotras existirá. Yo entré por amistad con una de ustedes en un asunto que no era mío y él me cuesta la vida. No me quejo ni me arrepiento.

Pero me arrepentiría, en cambio, hasta tornar execrable el nombre de Anaconda hasta el final de los siglos, si no pidiera cuentas estrechas a esa intrusa asiática de la tremenda hecatombe a que las ha arrastrado a ustedes. ¡Sí, a ti me refiero, mal bicho asiático, que tratas ahora de esconderte! -concluyó Anaconda volviéndose a la cobra real.

Y, lanzándose al encuentro de la cobra, los 92 dientes de Anaconda hicieron presa en el lomo de la gran Cobra Capelo Real. La cobra devolvió el ataque y sus mandíbulas se cerraron sobre el cuello de Anaconda.

Durante un rato, la lucha estuvo casi entera de parte de la cobra. Anaconda sentía crujir los huesos del cuello. Si no lograba envolver a la cobra en los potentes anillos de su cuerpo estaba perdida. Poco a poco, sin embargo, logró hacerlo y, aunque ya envenenada y con horribles dolores, comenzó a ceñir a la gran cobra en su mortal abrazo.

Ya hemos dicho que la fuerza muscular de Anaconda es inmensa. Como estrujada en un torno infernal, la cobra abrió la boca, asfixiada, mientras su enemiga se acercaba cada vez más con los dientes a la cabeza de la serpiente del Asia. Sus dientes alcanzaron el capuchón, ascendieron más todavía y se cerraron por fin sobre la cabeza de la cobra, triturándole lentamente los huesos.

Anaconda desciñó los anillos de su cuerpo y la gran cobra cayó al suelo como una masa inerte: estaba muerta. Un instante después, Anaconda caía también y quedaba inmóvil.

El duelo acababa de terminar cuando los hombres y sus perros caían sobre las víboras. En vano todas las que quedaban, indemnes o heridas, se

lanzaron sobre los hombres. Entre los dientes de los perros, que retorcían en un segundo el cuello de las víboras, y las varas de los hombres, que partían por el medio a las yararás, las víboras, orgullo y terror de la selva virgen, fueron cayendo frente a la caverna.

Cayeron valientemente una por una, sin pedir tregua ni perdón, y una de las últimas en caer fue la valiente Cruzada.

Cuando los hombres recogieron a todas las víboras muertas para quemarlas en un solo montón, el jefe de ellos notó que Anaconda vivía todavía.

-¿Qué haría aquí esta serpiente -se preguntó-, entre estas malas bestias venenosas? Llevémosla al chalet, para que se acostumbre a vivir entre nosotros.

Llevaron, en efecto, con ellos a Anaconda, que, a pesar de estar muy envenenada, pudo salvarse.

Vivió domesticada algo más de un año con los hombres, hasta que un día remontó nadando el río Paraná hasta la selva de donde había venido.

 

Horacio Quiroga

El relato es parte del libro Anaconda y otros cuentos. Quiroga vivió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Desterrados, Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto.

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