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Paralelo 27

domingo 19 de marzo de 2023 | 11:32hs.
Paralelo 27

-Y por qué te echó. 

-Porque me cansé de que me trate como a cualquiera de las putas máquinas de su aserradero. Y a veces peor. 

Una parcela en el cielo para quien logre interpretar la mirada de María Eugenia Aguirre López, esos ojos limpios del color de la rapadura. No hay miedo, no hay rabia, no hay maldad en esos ojos. Hay en ese mirar una infinita tristeza que le viene desde las raíces, la tristeza de saberse desprotegida en un mundo que pide, pide y pide. Una mirada así de triste no se instala en los ojos de un día para otro, son años de irse forjando a yunque y martillo, a golpes y a fuego.  

Por fortuna existe alguien capaz de interpretar una mirada así, y no por eso va a pretender una parcela en el cielo. Es José Luis Vidal, que ve en esos ojos marrones el mismo destello que vio hace veinte años, recién llegada ella del Paraguay con una valija que no pesaba más que un remo de la canoa que la trajo. “Qué linda”, le había dicho él, ahora vemos de dónde le viene esa escasez expresiva a su primer hijo. Aquella vez María Eugenia sonrió con los ojos, la cara se le inflamó y no atinó a decir siquiera gracias. Esa noche durmió en la cama de José Luis Vidal y, antes de que se le forme el sueño, se formó en su vientre el cigoto que nueve meses después recibiría, sin tener manera de rechazarlo, el nombre de Ramón. Esa mirada está aquí otra vez, tan cargada de preguntas como lo estaba en aquél entonces, sólo que en aquél entonces María Eugenia tenía diecisiete años y no había parido seis hijos, es pensable que las preguntas sean otras, “Qué vamos a hacer”. Bueno, también es pensable que algunas de las preguntas puedan ser las mismas. 

Todo el pueblo sabe que José Luis Vidal nunca le sacó el cuerpo al trabajo. A los siete años ya andaba yerbal adentro, entre los tareferos; ayudando en el raleo del pino, en el monte y en el rozado, en la descuivarada, tarea que merece un párrafo aparte, no por su complejidad de factura, ni por su importancia por encima de otras labores, sino para conocer el origen, la conformación, para desentrañar la pura etimología del verbo “Descuivarar”. El trabajo se realiza después del desmonte o del raleo, cuando los grandes árboles ya fueron sacados al camino y cargados en los camiones. Quedan entonces los residuos de la acción de la motosierra: las ramas y gajos pequeños, mutilados del tronco para que éste sea de más fácil manejo, luego se juntan y se amontonan para después darles fuego. Estas ramas reciben el nombre, más que lógico y castizo, de “varas”; y por ser vestigios de un trabajo mayor se los llama “cuí”, palabra que en guaraní define a las astillas, las esquirlas, los fragmentos de algo más grande. Así, la palabra castellana y la guaraní se unen para formar “cuí-vara”, o sea, las varas menudas. Con el agregado del prefijo “des”, que significa quitar, dimos con la construcción del mencionado verbo “descuivarar”, sacar y eliminar las varas pequeñas; y quedamos sabiendo cómo se denomina su ejecución, “descuivarada”. Y ya de paso podríamos ver la conjugación del bilingüe verbo: Yo descuivaro, Tú descuivaras, Él descuivara, Nosotros descuivaramos, Vosotros descuivaráis, Ellos o Ustedes descuivaran. Finalizada la explicación, de gran provecho, por cierto, podemos volver a hablar de los trabajos que ya hizo José Luis Vidal desde que era casi un niño, la cosecha del tung, por ejemplo, aunque no merezca ninguna explicación la tarea de juntar frutos que ya se han caído del árbol. 

A los diez ya tenía endurecidas las manos y la mirada. El trabajo en la olería tampoco le es extraño, el amasado, el corte y la quema. “De última, los Vidal nos criamos arriba de una canoa, no hay nada de malo en ganarse el pan remando”. María Eugenia suspira, “Eso era antes, Vidal. Ahora tenemos a los chicos en la escuela”. 

No existe mayor prodigio que la lágrima en los pómulos de un tipo curtido por la vida, la nobleza misma escapa a través de los ojos de José Luis Vidal cuando dice, “Los gurises van a terminar la escuela”, se pasa el dorso de la mano por la cara, “aunque yo tenga que salir a robar”. 

 

Mano Vogler

Fragmento de la novela Paralelo 27 de reciente publicación. Vogel tiene publicado los libros Delincuento (trilogía El sicario, El Narco y El Candidato y la novela Esperanza y la muerte. Email: mano38@live.com.ar

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