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Pedagogía del monte

domingo 19 de marzo de 2023 | 11:28hs.
Pedagogía del monte

Hace mucho tiempo, en una escuelita perdida en el monte misionero, una maestra daba clases a una veintena de niños, hijos de los colonos que cultivaban ese suelo agreste.  

Luego de mucho suplicar, Arandú había logrado que sus padres lo enviaran a la escuela. En realidad su nombre era Carlos, pero el “Paí” de la aldea guaraní lo había bautizado con ese nombre, argumentando que sería un hombre sabio.

Con un guardapolvo remendado, teñido por la tierra colorada  y una alpargata que dejaba ver algunos de sus deditos, día a día asistía a esa escuela rural.

En signo de agradecimiento, quizás más por ser aceptado, Carlos había llevado animales tallados que él mismo fabricaba: tucanes, yaguaretés, tortugas y monitos; réplicas casi reales para sus compañeros y una canastita con las flores más hermosas del monte para la maestra.

Pero la convivencia no era fácil, sus compañeros no querían jugar con él. Se quejaban del olor a humo y por las cosas raras que decía en su idioma nativo.

Arandú se entristeció y fue perdiendo las ganas de ir a la escuela y aunque cada día salía para ir a la misma, se quedaba en el monte, hablando con las plantas y los animales, sin contarles a sus padres lo que le pasaba.

Muchas veces se quedaba trepado en un árbol muy cercano a la escuela y desde allí observaba lo que hacían sus compañeros.

Pero una tarde, la tranquila siesta se vio interrumpida por la brusca frenada de un vehículo y un golpe seco seguido de aullidos que se escuchó en el lugar. Una nube de polvo envolvió esa parte del camino poco transitado. Casi de inmediato el auto continuó su marcha y luego de costear unos montículos de piedras se detuvo en el patio de la escuela, bajo la curiosa mirada de los niños y la maestra.

El hombre de saco negro bajó del mismo con unos papeles en la mano, primeramente miró la parte delantera del auto y viendo que todo estaba en orden, se acercó hasta la puerta para presentarse.

- Buenas tardes Señorita… – y mirando una planilla, completó la frase:

-… ¡Dominga Ancherek!

Le pasó la mano y continuó:

-Soy el supervisor de esta escuela y vengo a constatar su buen funcionamiento, por lo que voy a pasar la tarde observando las clases.

Luego de observar lo sucedido, Arandú corrió hasta el camino. Allí, tirado sobre el suelo polvoriento, un gato onza se quejaba mirándolo muy asustado, dando gruñidos poco amistosos.

Lentamente el niño fue acercándose haciendo suaves movimientos con sus manos y brazos, emitiendo extraños sonidos con su boca. El felino fue calmándose, dejó de rugir y mostrar los dientes y comenzó a gemir y mover su cola. Con movimientos seguros y palabras en guaraní comenzó a tocarlo. Calculó que por el tamaño sería un ejemplar joven. Fue quitándoles la tierra del cuerpo y al acariciar una de las patas traseras, el animal se quejó. Allí estaba el problema, la tenía rota y por ello no podía pararse.

El animal comenzó a lamerle las manos mientras con unos palitos y unas lianas, inmovilizó la parte lastimada.

Luego de ganar su confianza lo alzó y se dirigió a la escuela. Desde afuera escuchaba las explicaciones de un compañero que contaba al supervisor sobre los animales de la selva. En un momento, todos dirigieron la mirada hacia la puerta.

- ¿Qué hace ese niño con un gato? ¡Qué lo deje por allí y entre a clase, no puede andar paseando por el patio! – expresó el supervisor.

-  ¡No es un gato cualquiera, Señor! – le dijo uno de los niños.

- Es un gato onza. También le decimos ocelote – dijeron otros.

-  ¿Ve que las patas delanteras son más grandes que las traseras? Es un felino de los que aparecen en la zona y que debemos cuidar – le continuaron explicando.

Desde la puerta, Arandú sentenció:

- Fue atropellado por un auto que pasó a gran velocidad, sin tener en cuenta que este es un lugar donde viven muchos animales a los que debemos cuidar y respetar.

- ¡Qué raro! No ha pasado nadie por el camino, salvo el supervisor – dijo la maestra.

Este, visiblemente nervioso, luego de felicitar a la docente por la escuela, se excusó diciéndole que debía irse para llegar a otra escuela y rápidamente, casi sin saludar, abandonó el lugar.

- ¡Cuidado con ese animal! – le dijo la maestra a Arandú. – ¡Es peligroso!

- El Señor venía muy fuerte en el auto y lo atropelló, luego continuó la marcha sin siquiera mirar qué había pasado – contestó el niño mientras acariciaba la cabeza del gato que se acomodaba entre sus brazos.

– ¿Cómo lo haces? – le preguntaron los compañeros, curiosos por la escena.

- Mi papá me enseñó a hablar con los animales y más allá de su ferocidad cuando se sienten amenazados, son cariñosos y saben entender. Ahora lo voy a llevar a la aldea para curarlo.

- ¡Tienes que enseñarnos a comunicarnos con los animales! – le dijeron.

La maestra, aún perpleja por lo vivido con la casi huida del supervisor, le dio un beso en la frente y le preguntó:

- ¿Por qué no venías a la escuela?

Bajó la cabeza y entre dientes expresó:

- Nadie quiere hablar o jugar conmigo, se burlan de mi olor a humo y en mi choza… todo tiene olor a humo y se puso a llorar.

¡Qué paradoja! Un niño tan valiente llorando indefenso ante sus compañeros.

Todos se acercaron, lo abrazaron y lo besaron. Algunos se animaron a acariciar al animal. Ya no importó el olor a humo o sus ropas viejas, él les había demostrado su amor por los animales de la selva.

Cuentan que en esa escuelita de monte los niños aprendieron a comunicarse en guaraní, a querer y a defender a los animales…y lo más importante, que de allí salieron guardaparques que nunca olvidaron las enseñanzas de Arandú y hoy son celosos custodios de la vida de nuestros montes y selvas.

 José Pereyra

Inédito. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes. Ha publicado los libros Ramos Generales: Mboyeré, editado en 2020. Cuentos y relatos que dejan huellas – Editorial “Ediciones Misioneras” – Septiembre 2021

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