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Carnavales de locos

domingo 26 de febrero de 2023 | 4:02hs.
Carnavales de locos

El año pasado cuando nos encontramos con Joaquín y el Beto, estuvimos comentando, recordando lejanos tiempos, donde de adolescentes reíamos junto a la vida y ella nos daba palmadas en la espalda. Falta encontrarnos más seguido, dijimos; para recordar momentos vividos que jamás volverán a repetirse, éramos jóvenes, despreocupados de cómo iba a desarrollarse nuestra travesía por el mundo, seguíamos metiéndole pata y sólo éramos capaces de realizar locas travesuras. Adolescentes desprejuiciados de lo que dirá la gente, y dale rosca a la locura, éramos uña y carne los tres, vivíamos vagando por el pueblo, perdiéndonos jugando a las bolitas o al futbol, pero había un juego más cruel, el pelota pared, había que embocar la pelota en un hoyo, estaba mojada, pero si se desviaba, se formaba un pelotón de fusilamiento, entonces había que aguantarse el chubasco.

Pero lo que vino a la memoria de los tres, aquel año en el carnaval, en esa parte del mundo, donde como todo pueblo chico, el chisme y la mentira eran materia común, especialmente en esas fiestas, se transitaba entre farsas y mascaradas transformadas en festejos vulgares y desagradables. En aquella oportunidad nos habíamos disfrazados de mujeres de fácil vivir... locas de remate, paseábamos entre la gente, desfilando con sutiles movimientos femeninos, todos se reían y ese era el objetivo, para eso nos habíamos trasformados, dejando de lado nuestro incipiente machismo, para hacer de aquella oportunidad una joda de ligera interpretación ilustrada.

El disfraz consistía en un simple atavío, no era otro más que un simple vestido, una careta de mujer con sus grandes ojos pintarrajeados y labios rojos enormes. La mascarilla aparentaba una mujer cuarentona, con esa vestimenta corríamos con un chupete gigante de plástico en la mano y una carterita sostenida desde el hombro, y así travestidos, posábamos en el regazo de los señores serios del pueblo, aquellos tan formales y sensatos, respetados señores de familia, que se encontraban a un costado de la calle sentados en sillas alrededor de una mesa y bebiendo, presenciando las carrozas y las comparsas que hacían su paso por ante ellos, en el boulevard principal del pueblo. Continuaba la fiesta hasta la medianoche, el espectáculo era un jolgorio de la más ligera ridiculez y mal gusto. Acabado el desfile, se dirigían al Salón de baile, y allí se continuaba hasta altas horas de la noche.

Los señores serios acompañados de sus respetables esposas, presentados como jefes de familia impecables, bien vestidos, y muchos eran o habían sido funcionarios encumbrados del pueblo, pero a cada uno de ellos, nosotros, tan jóvenes y también atrevidos, conocíamos de sus habituales deslices.

Seguimos hablando de ellos, hombres serios y fieles y del destino que había tocado en suerte a nosotros. Abrazados comenzamos a lagrimear hombro con hombro. Luego de un rato, reímos mucho a carcajadas y sostuvimos que tan mal no nos había iba, aún estábamos con vida, mientras reconocíamos que el tiempo sin lugar a dudas, había pasado también para nosotros, mientras era contundente aceptar que cada vez era más larga y blanda nuestra pobre memoria.

 

Heraldo Giordano

 Inédito. Giordano ha publicado los libros

Nunca más será hoy, A tientas y letras,

Descarne y Relatos inconexos.

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