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Ñande Reko Rapyta (Nuestras raíces)

Delfina Viera Núñez de todos

viernes 24 de febrero de 2023 | 6:00hs.
Delfina Viera Núñez de todos

Donde actualmente se encuentra la ciudad de San Pedro, habitaron los kaingang, recién a finales del siglo XIX el “blanco” pudo acceder y “echar mano” a la vasta riqueza de manchones de yerba mate silvestre y madera de ley, la zona era conocida como Campo Eré, para entonces más de un centenar de nativos conformaron dos grupos, uno dirigido por Fracrán y el otro por Bonifacio Maidana.

Al finalizar la Guerra de la Triple Alianza, las relaciones comerciales con Paraguay se vieron resentidas, especialmente aquellas en relación con la industria yerbatera, fue necesario encontrar nuevas posibilidades y así surgió el llamado “Pacto de la Selva” -como la historiografía regional lo bautizó-, una especie de tratado entre el grupo de exploradores comandados por Francisco Moraes Dutra y el Cacique Maidana en 1874, desde entonces el acceso a la zona Centro y Norte fue factible.

Tiempo después un grupo de hombres llegó a la zona atraídos por los manchones de yerba, era el 29 de junio de 1880 y la festividad de San Pedro bautizó definitivamente a esas tierras; lentamente se fue formando un caserío que dio lugar al pueblo, se creó un Juzgado de Paz, Registro Civil, Destacamento Policial, una Escuela y frente a tanto progreso, el gobierno ordenó la mesura del poblado y de la colonia, la primera década del nuevo siglo había pasado.

Más o menos por ese tiempo nació Delfina, en la otra orilla del río Uruguay, en la región gaúcha brasileña, fue recibida por Teodorico Viera Núñez y Julia Camardel Gómez, sus padres y guías después, porque la tradición familiar giraba en torno al conocimiento de la medicina alternativa, las hierbas medicinales y los saberes ancestrales de la región; tenía unos veinte y pico de años cuando la situación impulsó la decisión de cruzar a Argentina, era madre de un niño y tres niñas, como pudo se organizó pero el destino le pasó factura antes de la partida, obligada por uno de sus hermanos mayores tuvo que entregar a dos de sus pequeñas, mellizas, a otra familia… eran otros tiempos.

Se instaló en la zona de El Soberbio primero; en 1932 se autorizó a los Territorios Nacionales a inscribir en los Registros Civiles a los habitantes “chimbos” -se lo conoció popularmente como el “Año del Perdón”-, con veinticinco años apróximadamente Delfina y sus hijos obtuvieron documentación argentina, poco a poco la familia creció con ocho niños más, el trabajo, la chacra y el tiempo hicieron el resto.

En el año 1974 se mudó a San Pedro, hizo de su chacra un hogar, famosa por el enorme naranjal meticulosamente cuidado dentro del potrero, a pocos metros de la casa donde vivió hasta 2011; todo el vecindario pasó por ese patio, Doña Defina “vencía” contra el mal de ojo, empacho, contra la envidia y las malas energías, como comadrona “acomodaba” a los bebés antes del parto y atendía alumbramientos sin excusa de día u horario, sus oraciones prevenían y/o curaban mordeduras de víboras, plagas de las plantas, animales abichados y culebrilla, si la ocasión ameritaba también “leía” las cartas.

De vez en cuando visitaba la ciudad de San Pedro, de “punta en blanco” para algún trámite, comprar “la provista” o visitar a algún allegado, independientemente de la época del año siempre completaba su atuendo con una singular cartera de mano, en su interior, además de lo acostumbrado, se destacaban la linterna y un puñal… “por si acaso”.

Solía recibir y mimar a sus seres queridos con un plato muy especial: pollo frito con cebollita de verdeo y polenta, y un pan cuca único para la merienda.

Una arandú misionera, con la palabra justa, la contención esperada, dispuesta siempre a escuchar, a ayudar en la absoluta convicción de la solidaridad y el respeto; un día cualquiera un par de delincuentes rompió la armonía de su mundo, avasallaron su propiedad y la violentaron, la familia la convenció de mudarse al pueblo “por seguridad”, a regañadientes aceptó, se instaló en una casa, lejos de sus naranjas, sus plantas, su chacra… pocos años después los achaques de una vida centenaria no le dejaron opción, su hija menor Inés se hizo cargo de su cuidado -hasta la fecha-.

Delfina es un ejemplo de persona, una de los cientos que habitaron y habitan esta tierra misionera, madre de doce, abuela de cuarenta y un nietos, bisabuela de treinta y nueve y con tres tataranietos, le encantan las bananas y la leche con vainillas, celebra cada catorce de agosto su cumpleaños - fecha que le dieron en el año 1932 -, nunca olvidó a sus gemelas, hizo del dolor fortaleza, de San Pedro su lugar en el mundo y del mundo un mejor lugar.

Según el DNI tiene noventa y uno, según ella y la familia entre ciento trece y ciento dieciséis, todo indica que es la más longeva misionera, la gran abuela del “país de las araucarias”.

A Gabriela Lara, a su mamá Inés y a la familia entera, gracias por la colaboración para esta columna.

¡Hasta el próximo viernes!

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