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Madres rusas

domingo 19 de febrero de 2023 | 4:00hs.
Madres rusas

Pasé unos días del invierno de 2016 en Luarca, un puerto de pescadores en la Cornisa Cantábrica. Lo bueno es que allí era verano... pero no voy a contar mi veraneo con amigos asturianos, playas escondidas entre los acantilados, delicias del mar y de la tierra y largas partidas de mus, sino de algo que se encuentra en muchos pueblos de Asturias, Galicia, el País Vasco o Extremadura: las casas –a veces verdaderos palacios– de los indianos. En Luarca hay varias imponentes, pero dos están una enfrente de otra y se llaman Villa Argentina y Rosario. La Villa Argentina ahora es un hotel y Rosario sigue siendo la imponente casa señorial de una familia que hizo su fortuna en esa ciudad argentina.

Unos cuantos años antes hablé cuatro palabras con un viejo vasco que cuidaba el estacionamiento de un club de golf en el valle de Ulzama (Navarra). Al reconocer mi acento me confesó que había emigrado a la Argentina, donde vivió varios años, pero con tan poca suerte que tuvo que regresar a España tan pobre como salió. Nunca se animó a volver a su pueblo y sus parientes seguían convencidos de que sería rico en la Argentina.

Muchos inmigrantes, de esos que vinieron con una mano adelante y otra atrás, volvieron a Europa a mostrar su fortuna. Otros volvieron como vinieron, porque no les fue bien, porque extrañaron su tierra o porque se les dio la gana. Y otros –no conozco la proporción pero alguien la habrá estudiado– se quedaron aquí, se hicieron argentinos y hoy llevamos su sangre en nuestras venas. A veces esa vuelta a los orígenes se ha dado en la segunda, la tercera o la cuarta generación, y tiene cierto olor a fracaso del sueño de los abuelos porque ellos también vinieron a empujar a la Argentina hacia el progreso, la libertad y el bienestar que no encontraban en su tierra.

La Argentina es un país generoso: tiene los brazos abiertos a todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo. Lo dice el preámbulo de la Constitución, pero no solo el preámbulo. El artículo 20 establece que los extranjeros gozan de los mismos derechos que los nacionales y no están ni siquiera obligados a hacerse argentinos, pero si quieren, lo consiguen con solo vivir dos años en el país, periodo que se acorta a tres minutos si el extranjero lo solicita alegando servicios a la patria. Los constituyentes de 1853, conscientes de que había que poblar la Argentina, establecieron una curiosa preferencia por la inmigración europea, pero además quedó legislado en el mismo artículo 25 que el gobierno federal no puede restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.

Cuando llegaron nuestros abuelos, los funcionarios de migraciones apenas podían transcribir sus nombres de unos pasaportes que podían haber sido comprados por cuatro marcos en un sótano de Hamburgo. Y aquí estamos nosotros, hijos, nietos, bisnietos o tataranietos de los parias de aquellos años, que venían a buscar una nacionalidad amigable.

Nuestra generosidad y los brazos abiertos se mezclaron en estos días con cierto nacionalismo barato cuando en los medios nacionales aparecieron cantidad de rusas embarazadas que llegan a la Argentina a parir sus hijos solo con el fin de gozar de nuestros derechos en todo el mundo; derechos que no tienen como rusos por culpa del frenesí invasor de Vladimir Putin. Pueden enseñarnos mucho y también ayudar a levantar este país, quizá tanto como los venezolanos, los chinos o los senegaleses, que no son europeos pero eso ahora no importa tanto. Nos debería bastar con saber que son parias y que su nacionalidad es tóxica para recibirlos con los brazos abiertos. El problema no son las rusas embarazadas sino los que trafican con una urgencia humana.

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