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Lengua negra

domingo 19 de febrero de 2023 | 3:01hs.
Lengua negra

Las historias que circulaban sobre ella eran muchas, diferentes y extrañas, una más fantástica e inverosímil que la otra, yo no quería ser parte de aquellos ingenuos que se doblegan ante un presunto peligro, temerosos ante cuentos de terror, cautivos de un verdugo que todavía no conocen. Me mantuve al margen, escéptico, yo a ella no la había visto herir a nadie; ella, la que sin que nadie solicitara su presencia, se instaló hace unos meses en medio de nuestra frondosa selva. En ese entonces los monos caí la bautizaron la “Lengua Negra” pero no fue hasta que empezaron esos crudos chismes que todos hicimos uso del mismo apodo.

La Lengua Negra lucía como un largo camino o un arroyo opaco, pero el hambre que sentía no era propio de algo inanimado. Oscura y dura, peligrosa y malvada, se había tragado ya a un preocupante número de los nuestros, dos, cinco, diez, todos en el último mes, o al menos eso aseguraban los testigos, aquellos morbosos que disfrutaban llevar la cuenta. Los nidos abandonados, las madrigueras más vacías, las familias rotas y el natural bullicio cada vez más tranquilo parecían confirmar las terribles sospechas. ¿Serían verdaderos todos estos cuentos? Quise continuar firme, al menos hasta que mis propios ojos observaran al monstruo trabajando, sin embargo, mi sólida postura con respecto a los rumores no tardó en menguar cuando el suindá me contó cómo había presenciado un par de crímenes ayer.

Los discursos del ave se construían únicamente sobre verdades, podría decirme que el sol había cambiado de forma y yo le creería al instante, poner en tela de juicio sus palabras jamás sería una opción para mí. Atónito, por primera vez me mostré interesado en escuchar cada detalle sobre nuestra invasora y la sangrienta pesadilla que protagonizaba. El suindá explicó que ella no era un ser piadoso, podían ser turistas que paseaban de una provincia a otra o valientes héroes que buscaban intervenir en medio de la masacre, la Lengua Negra se los llevaba a todos, no discriminaba entre especies, tamaños o lugar de origen. El que se atrevía a visitarla, no regresaba con vida.

El pasar de los años da miedo, es normal, el Tiempo siempre escolta a la Muerte como si fuese una reina. Son tan unidos que parecen ser pareja, uno no viene sin el otro. ¿Sentiría celos el señor Tiempo al enterarse que se ha visto a su amante pasearse también con la Lengua? ¿Le molestará al señor Tiempo saber que hay otro ser capaz de repercutir en los demás más rápido que él? Rápido, porque solo bastaba un segundo para que, como si quisiera pasar desapercibida, ella cobrara una vida tras otra, sin permitir a los demás animales conocer con exactitud cómo opera, dejando un cadáver como única prueba de su maldad y de lo que es capaz de hacer.

Decidí escabullirme esa misma noche a las orillas del sitio donde descansaba la Lengua. Ella no podría conmigo, la atención y velocidad que poesía eran mi mayor virtud. Me encargaría de descubrir más sobre ella, cómo es que logra exterminar todo a su paso, solo así podríamos saber cómo evitar tantas catástrofes, quizás podríamos inclusive llegar a un acuerdo de paz, no veía necesidad de iniciar una absurda guerra, de teñir aún más la tierra que ya es originalmente roja.

Oculto entre los altos árboles, me volví parte de la flora. La Lengua Negra no se había percatado del sigiloso espía que la vigilaba a solo unos centímetros de distancia. Los minutos pasaban, pero la quietud permanecía intacta. Cuando empecé a cuestionarme nuevamente la veracidad de los chismes, un despreocupado coatí salió del extremo contrario de la selva, caminando hacia la Lengua y deteniendo su paso justo en medio de ella, ignorando completamente el riesgo en el que se hallaba en estos momentos.

Se supone que yo debía ver como la Lengua Negra mataba, volver a mi hogar con valiosa información, con una estrategia para que el futuro no conociera más afectados, pero mi corazón no concibió la idea de sacrificar a otro animal en el presente. Aunque causar el mal se intente justificar, aunque se realice para beneficio común, toda vida tiene valor intrínseco, con ella no se negocia “Podríamos usar un señuelo en lugar de uno de los nuestros. No hay necesidad de que alguien pierda la vida por esto”, me convencí a mí mismo antes de gritarle al coatí que se apartara de ahí, que estaba incitando a la bestia a atacar.

Debió escucharme, pero mi advertencia careció de relevancia para él, pues continuó en el medio de la Lengua, ¿es que quería morir? Corrí a su lado, intentando que atendiera a los motivos por los que estar ahí no era una idea inteligente.

El testarudo coatí se giró en la dirección contraria dándome la espalda, estaba irritado. Comprendí que no había cosa que yo pudiera decir para apartarlo del mortal terreno que ahora ambos pisábamos. La adrenalina recorría todo mi ser, casi podía sentir el aliento de la muerte golpear mi pelaje.

Con cuidado y mucha paciencia, pues mis colmillos y garras podían resultar tan letales como las armas de los hombres, intenté arrastrarlo a la orilla, pero estaba resultando inútil, él ponía mucha resistencia. “Por favor, por favor, por favor” le rogué, agotado por tanto esfuerzo ejercido. El pequeño animal seguía sin inmutarse, o así fue hasta que la Lengua empezó a temblar bajo nuestras patas. Un extraño sonido invadió mi campo auditivo y unas fuertes luces me enceguecieron. Confundido, asustado y ahora, totalmente invidente, me vi indefenso. Todavía turbado, sentí como el coatí se liberaba de mi agarre, probablemente y por fin, alejándose de la amenaza. Por mi parte, intenté restablecerme e imitarlo, pero el tiempo no estaba a mi favor, era demasiado tarde.

El impacto final fue rápido, ineludible y doloroso. Mi cuerpo rodó violentamente hacia la orilla, volví a estar sobre mi selva. Me hallaba malherido, casi inconsciente, pero finalmente fui capaz de ver al monstruo dar la cara.

Solo en ese entonces comprendí que todos nos habíamos equivocado. Le pedí disculpas a la Lengua por la gran difamación de la que había sido víctima, ella no nos lastimaba, ella solo era el canal, un fuerte puente al verdadero asesino que, con piel de acero, ojos brillantes y escupiendo una nube de humo tan sucio como la de sus acciones, se alejaba a toda velocidad, indiferente, como si sus extremidades de caucho no estuvieran manchadas de sangre de tantos inocentes, como si esta noche no se hubiese ensuciado un poco más con la mía.

Mariana Acosta

Segunda mención del “X Concurso Internacional de Cuentos en Homenaje a Horacio Quiroga”

con la Temática “Rutas conscientes en la selva” Edición 2023.

Mariana Acosta, reside en Posadas, Misiones.

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