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La votación

domingo 19 de febrero de 2023 | 3:05hs.
La votación

(La siguiente es una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia)

En la inmensidad de la selva se percibía un estado de agitación que lograba poner ansiosos a todos por igual, inclusive a los más ancianos que se jactaban de haberlo vivido todo. El motivo de tal efervescencia radicaba en la llegada de la primavera y con ella la realización de las elecciones que se efectuaban cada lustro. El cargo en disputa era el de “Administrador General de la Selva Paranaense”, una especie de gobernante de todo el extenso territorio que abarcaba la región que antiguamente habían habitado los guaraníes.

El Pombero, el administrador de ese entonces, llegaba al final de su mandato sin posibilidades de presentarse a la reelección, no porque le faltasen ganas, sino porque la aprobación de su gestión alcanzaba índices tan paupérrimos, que nadie en su sano juicio se sometería al escarnio de una catastrófica derrota. Parte del fracaso de su gobierno se debió no solo al incumplimiento de sus promesas de campaña, sino también a varias denuncias por acoso que le habían infringido sus colaboradoras más cercanas, que cansadas de sus propuestas indecentes finalmente terminaron por escracharlo.

Con el Pombero fuera de la contienda, el Tribunal Electoral de la Selva emitió el decreto correspondiente a la oficialización de las listas. Este órgano colegiado estaba conformado por un tucán, en representación de las aves; un yaguareté, que agrupaba a los mamíferos; una abeja yateí, como vocera de todos los insectos; un bagre, como adalid de los peces y un lagarto, como delegado de los reptiles.

Desde tiempos inmemoriales –y luego de que Tupá claudicara en el intento de seguir gobernando a sus indómitas criaturas- surgieron en la selva dos grandes partidos políticos que se disputaban el poder de manera alternada. Por un lado estaba la facción que agrupaba a los “Seres Mitológicos” y en la vereda opuesta se ubicaban “Las Leyendas”. Las diferencias doctrinarias entre ambos espacios eran tan sutiles, que en realidad nadie terminaba por distinguirlas cabalmente, resumiéndose todo en una pelea por cargos, más que en una cuestión ideológica.

Lanzada la campaña electoral se oficializaron las listas ante el máximo tribunal. La primera en ser presentada correspondía al partido de los “Seres Mitológicos” que llevaba como máximo candidato al Curupí. Haciendo caso omiso de su dudosa reputación, vociferaba a los cuatro vientos que se había deconstruido de su misoginia y machismo a partir de unos cursos que había tomado en el CO.FE.SEL., siglas estas con las que se identificaba al Colectivo Femenino de la Selva, presidido por la Yararacuzú. Claro que sus encendidos alegatos quedaron en duda cuando se conoció su eslogan de campaña que muy sugerentemente rezaba: “Se dobla pero no se rompe”.

El Curupí venía envalentonado, no solo porque había crecido en las encuestas en las últimas semanas, sino porque le había ganado en la interna de su espacio político al Yasy Yateré. Si bien el enanito de cabellos rubios y ojos celestes tenía una plataforma electoral plagada de buenas intenciones, terminó siendo derrotado a manos de su fálico oponente, porque muchos votantes aún recordaban los confusos episodios que lo vinculaban al secuestro de niños a quienes solía lamer y atar con lianas a los árboles. A pesar de los antecedentes de ambos candidatos, los mismos pudieron competir en esa instancia primaria, dado que todavía no se había aprobado el requisito de la ficha limpia por la que tanto había pugnado el electorado. Y como en la política ninguna derrota es definitiva, el Yasy Yateré se consolaba con la idea de formar parte del futuro gabinete del que fuera su reciente adversario.

La segunda y última lista en ser oficializada fue la del partido de “Las Leyendas” que llevaba como candidata a la Caá Yarí. Si bien en su espacio político no hubo internas, las autoridades del partido tardaron en convencerla para que aceptase la postulación, dado que la diosa verde no había participado jamás en contiendas de esta naturaleza y temía quedar “zapecada” en medio de tamaña disputa. La Caa Yarí encarnaba todas las virtudes que se buscan en alguien que aspira a presentarse a una elección: tenía amplio consenso, era excelente administradora y por sobre todas las cosas no tenía antecedentes negativos que pudieran ser usados en su contra durante la campaña. Con todo a favor y luego de la insistencia de su entrañable amiga Panambí, decidió finalmente aceptar, porque entendía que la mejor manera de cambiar las cosas era involucrándose en ellas.

El partido de “Las Leyendas” no estaba en el poder desde hacía mucho tiempo debido al escandaloso gobierno que había hecho el Teyú, a quién se lo condenó por causas de corrupción vinculadas a sobreprecios en la adjudicación de los cursos de agua. Se comprobó que a cambio de aquel hecho fraudulento había recibido como dádiva una lujosa cueva ubicada cerca de San Ignacio, a la que hizo bautizar con su propio nombre y desde donde infundió miedo a todos aquellos que osaban hacerle frente. Los primeros en denunciar aquel infame acto fueron los loros, que se jactaban de ejercer el periodismo de investigación, cuando en realidad estaban más abocados a recoger cuanto chisme escuchaban en la selva y a propagarlo gracias a sus potentes gargantas. Lo cierto es que desde aquel bochornoso acontecimiento, el partido de “Las Leyendas” no había vuelto al poder y veía ahora en la Caá Yarí la posibilidad de un regreso con gloria que los redimiese de aquellas ominosas crónicas.

La campaña electoral fue corta pero intensa y desde ambos bandos se buscaba seducir al electorado con diferentes estrategias. El Curupí –asesorado por su comité de campaña- optó por recorrer primero los grandes conglomerados para asegurarse el voto de las mayorías, prometiendo a diestra y siniestra todo aquello que le fuera requerido o que su demagógica intuición le aconsejara. Entre las cosas más insólitas que se le escucharon ofertar figuraban: un moderno parque acuático con toboganes para los yacarés, la adjudicación definitiva de tierras que habían intrusado los pecaríes, la provisión ilimitada de frutas para los coatíes -que se habían acostumbrado a recibirlas sin poner el menor esfuerzo en procurárselas- y la construcción de modernas colmenas para atender la creciente demanda habitacional de las abejas. El Curupí, que había tomado un curso de oratoria, hacía gala de su locuacidad en cada uno de los mitines que su equipo le había agendado. Se acercaba a las crías de todas las especies y las alzaba entre sus brazos como si fueran un trofeo, ante la mirada impertérrita de sus progenitores. Inclusive en el acto de cierre de campaña -ante el grito enfervorecido de la multitud- llegó a prometerle a una anciana comadreja que le regalaría una dentadura postiza debido a su avanzada edad y a los huecos que se divisaban en su boca cada vez que sonreía. En el partido de los “Seres Mitológicos” estaban convencidos del triunfo casi asegurado de su candidato, no solo por su magnetismo personal, sino porque también contaban con el apoyo financiero del Pombero, que aún en el gobierno quería congraciarse con el nuevo administrador a cambio de impunidad para sus futuros problemas judiciales.

Por su parte la Caá Yarí llevó a cabo una estrategia opuesta a la de su adversario: no entregó ningún tipo de prebendas, ni realizó promesas ni actos de campaña. Por el contrario, dedicó todo su tiempo a escuchar las necesidades de los habitantes de la selva que estaban ávidos de que alguien se enfocara en sus problemas cotidianos. Primero se reunió con los cedros, lapachos y timbós que se quejaban de que todavía los talaban de manera indiscriminada. Luego tomó nota de los reclamos de varios grupos de peces que despotricaban por las represas que habían cambiado su ecosistema y que los confinaban a espacios cada vez más acotados. Finalmente se reunió con los familiares de las víctimas que habían fallecido atropellados en las rutas a manos de conductores inescrupulosos. Este último flagelo -que amenazaba sobre todo a las especies que estaban en peligro de extinción- crecía cada año, debido a las nuevas rutas que se adentraban en aquellos territorios y que como venas pétreas llevaban el progreso para los hombres, pero la destrucción y muerte para los habitantes de la selva.

Luego de agotadoras y maratónicas reuniones llegó el día de la votación. Mientras en las huestes del Curupí hacían ostentación de una gran movilización, en el bunker de la Caa Yarí solo estaba una chicharra que se había quedado para recibir los primeros cómputos, pero que con su lamento ensordecedor no presagiaba buenos augurios.

Los electores hicieron una interminable fila para poder votar en la única mesa habilitada para tales fines. La misma estaba presidida por la lechuza a quien todos respetaban por su imparcialidad y sabiduría. La secundaban en aquella tarea cívica el Lobizón e Irupé, que habían sido designados como fiscales por las dos listas en contienda. A diferencia de elecciones pasadas, el grado de participación llegó a niveles jamás imaginados, por lo que debió extenderse el horario de votación hasta entrada la noche. Cuando finalizó el conteo, la lechuza se pronunció ante todos los presentes indicando el resultado:

-Habiéndose escrutado la única mesa habilitada y luego de contarse todos los sufragios se consagra con el ochenta por ciento de los votos a la lista que encabeza la Caá Yarí.

La amplia victoria del partido de “Las Leyendas” sorprendió a propios y extraños ya que era la primera vez -luego de muchos años- que alguien ganaba una elección sin haber prometido nada, solamente escuchando a los demás.

Durante su discurso de asunción como “Administradora General de la Selva Paranaense” la Caá Yarí se dirigió a todos los habitantes de aquel extenso territorio y les dijo:

-Hoy se abre un tiempo nuevo de mucho trabajo y sacrificio donde nadie estará excluido. Durante la campaña escuché con mucha atención cada una de sus necesidades, y esos reclamos, aunque legítimos, siempre partían de una visión individual que perdía de vista el interés general. Es por ello que los invito a asumir los problemas de los otros como propios y a pensar que todos somos importantes, porque somos seres únicos e irrepetibles.

Luego de aquellas palabras, la Caa Yarí logró lo que nunca antes había sucedido. Cada uno de los habitantes de la selva se puso a disposición para llevar a cabo lo que sería su primer gran acto de gobierno. Inicialmente se reunió un grupo de horneros -a quienes todos consideraban como los mejores arquitectos de la selva- y armaron una especie de maqueta a partir de ramitas y barro ñaú. Aquel diseño venía acompañado por una lista de materiales, los que fueron acopiados y llevados hasta el sitio de la obra por los ciervos, zorros y carpinchos.

Todos querían colaborar de alguna u otra forma, por más pequeña que fuera. Hasta el Curupí ayudó cortando el tránsito cada vez que había que acarrear los materiales, sin que nadie se atreviese a preguntarle con qué elemento lo hacía. Durante varias semanas las hormigas habían edificado a ambos lados de la ruta que atravesaba la selva, una especie de pilotes de barro a partir de la técnica ancestral que usaban para construir sus tacurús. Antes de que fraguasen, los yacarés ensartaron dentro de ellos vigas de guayubira que se erguían como mojones y que vistas desde lejos le daban forma a un gran arco que se replicaba en espejo a dos metros de distancia. Ambas estructuras se unieron a partir de una empalizada de tacuaras enhebradas por lianas -que tejieron laboriosamente los monos- y que le terminó dando el formato definitivo al primer puente aéreo construido por las criaturas de la selva. La señalización de la nueva obra estuvo a cargo de las taca-tacas que por las noches advertían a los conductores que bajaran la velocidad dibujando en el aire un cartel de luces intermitentes que decía: ¡Precaución!

Y fue así, que pensando en el bienestar colectivo, los habitantes de aquel lugar lograron llevar adelante el primero de muchos proyectos que los tendrían como protagonistas; porque finalmente entendieron que si se cuidaban entre todos, recién podrían comenzar a soñar con el futuro.

Marcelo Horacio Dacher

1° Premio del “X Concurso Internacional de Cuentos en Homenaje a Horacio Quiroga”

con la Temática “Rutas conscientes en la selva”

Edición 2023. Dacher es de Leandro N. Alem, Misiones

Ilustración: Noticias del mate

 

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