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Timbero

domingo 12 de febrero de 2023 | 6:00hs.
Timbero
Imagen ilustrativa.
Imagen ilustrativa.

Me despierto sobresaltado por una voz que dice mi nombre y una mano que me da dos golpecitos en el hombro. “Diego”, dice por segunda vez y ahora esa misma mano me toma del antebrazo. Abro los ojos y la policromía demencial de las luces me da una idea cabal de mi ubicación: estoy en el casino.

“Te estás durmiendo”, me dice con indulgencia Oscar, el gerente del lugar, un pelado ojeroso con la piel color de aceituna. De aceituna negra.

“Estoy viendo qué número tira”, le digo mientras trato de sacarme de encima las telarañas de una borrachera gloriosa. Oscar hace un gesto como el que le haría a uno de sus hijos, mezcla de paciencia y de lo que explota cuando esta se acaba, “No está jugando nadie, Diego”. Recién entonces me doy cuenta de que estoy solo en la mesa de la ruleta, sentado de mala manera en el taburete que ocupo siempre, por cábala, con el cuerpo entumecido y esta cara que no quisiera ver reflejada en un espejo. El crupier se toma una coca acodado en la barra, se llama Marcos y hace un par de horas me prestó cien pesos que yo negaré recordar el resto de la vida que tenga por delante. Le dice algo a Marlene, la mina que atiende el bar, debe ser algo sobre mí porque los dos se ríen como imbéciles. Me levanto en un verdadero alarde de economía motriz, repasando cada articulación, constatando cada músculo, verificando los tendones. Voy a llegar sin dificultades hasta la barra, me voy a pedir un whisky y les voy a preguntar a estos dos pelotudos cuánto tiempo estuve durmiendo. En el salón no existe ningún elemento que indique referencia alguna del paso del tiempo, pero supongo que estamos sobre el cierre, cerca de las tres.

Marlene me sirve el whisky antes de que yo llegue, ya con el cuerpo firme, a su altar, antes de que se lo pida en ferviente oración. Pero mi problema no es la bebida, aquí todos me conocen y ninguno lo ignora, les sobrarían dedos de una mano para contar las veces que me han visto borracho. Cultivo un perfil bajo, no celebro en demasía una bola favorable ni hago aspavientos si la suerte me da la espalda; estoy aquí cumpliendo un designio, nada de lo que suceda de esas puertas hacia adentro me conmueve.

“Quince, veinte minutos”, dice Marcos, con la indiferencia que esa respuesta le merece, a él le da lo mismo que yo siga durmiendo, sentado y lamentable, hasta después de cerrado el casino.

Palmé después de perder el último peso que me prestara este buen muchacho al que, sin embargo, desprecio con una potencia inaudita. Recuerdo que me quedé viendo girar esa rueda de negros y colorados un rato largo, a ver si alguno de los números que tiraba coincidía con la secuencia infalible que recita Gerónimo, como si se tratase de un conjuro contra la mala suerte. “Vos fijate”, dice Gerónimo sin soberbia, sin vanidad, acaso en la ignorancia de que está dando una información valiosa como todo el oro del mundo, y todavía más: “Después del cero te tira negro el veintinueve”. Parecería que la cosa termina ahí, que no es poco, bastaría con apostar todo y la vida al veintinueve negro después de ver la bola detenerse en el casillero verde del cero y podríamos aumentar sin límites nuestras apuestas. Pero la serie continúa, “A partir de ahí vienen, colorado el dieciocho, colorado el tres y negro el diecisiete”. Ahora no me explico cómo lo escuchamos, porque todos los timberos lo escuchamos, alumnos aplicados, tratando de retener esos números que, bien lo sabemos, cambian según el día, el casino, el estado del tiempo, como si alguna vez alguien hubiese hecho saltar la banca con los datos estadísticos de Gerónimo. Porque en esto no hay cábalas ni amuletos ni San Cono, todo es observación y método científico. Yo me manejo de otra manera, al puro pálpito, con la sagacidad del arquero que se para bajo los tres palos en la ejecución del penal, sin saber si el disparo va a venir por la izquierda o por la derecha, a media altura o a ras del suelo, suave a descolocar o feroz a reventar la red. Con todo, a veces ataja.

Una vez nos estábamos preparando para ir al casino y Gerónimo dice, “Hoy vamos al hipódromo”. Yo lo miré con la expresión de incredulidad que ya se me hizo crónica, incurable, por eso Gerónimo me aclara, “Tengo la precisa”. Y me habla de un caballo que se llama Gualicho, que viene de ganar tres carreras seguidas, que les quitó el título de favoritos a La Mal Peinada, a Loco Lindo y a Cienfuegos. Y que hoy corre prácticamente solo.

De más está decir que en lugar de ir al casino vamos al hipódromo, de más está decir que apostamos hasta la última moneda al número seis que Gualicho tiene bordado en su exquisita gualdrapa roja, de más está decir que ese caballo de mierda llega último.

Con las manos en los bolsillos, a paso de cortesano y con un cigarrillo colgando en la comisura de los labios, fiel imagen de quien convive con la derrota, salimos de la burrería en silencio.

La bronca me explota recién en el auto, “La puta madre que nos parió”. Gerónimo mira al frente, como si ya estuviésemos desandando el camino que nos trajo hasta acá. “La puta madre que nos remil parió”, enfatizo. Pongo en primera y salimos. Gerónimo explica al vacío que los caballos son como las personas, que tienen sus rachas, sus días buenos y sus días malos, “Hoy no era el día del caballo”, concluye. Yo lo miro con una expresión que quizá le mete un poco de miedo, “Hoy no es el día del caballo ni es nuestro día ni el día de la reputísima madre que nos parió”, grito, remarcando algunas de esas palabras con manotazos de gorila sobre el volante. Sigo gritando que soy un cornudo y que merezco serlo, junto con un montón de otras barbaridades en las que ni mi mujer ni mi hermana ni mi madre, pobres, tienen nada que ver. Después de todo, me digo, mi pálpito era para la ruleta, no para esos matalones de nombre seductor. Yo sí tengo la precisa, ahora sí, hoy es mi día, el instinto del arquero no puede fallar. Lo que sigue me viene como una revelación: a medida que uno va perdiendo, más cerca de ganar está; un dado no puede mostrar siempre la misma cara, por más cargado que esté; la suerte no es para quien la merece, sino para quien sale a buscarla. Y por ese camino podría seguir, añadiendo muletillas y refranes que me tranquilizan, que me ponen al resguardo de lo azaroso, de lo irracional que estoy a punto de hacer.

Los ahorros para ir al Machu Picchu. Hace dos años que venimos juntando billete sobre billete. A pesar de que yo no le veo la gracia a un montón de piedras milenarias, la Gorda tiene locura por ir al Perú. Y va a ir, yo la voy a llevar, lo juro por la luz que me alumbra, no solo al Machu Picchu: al Caribe, al Mediterráneo, al mar de la China la voy llevar.

Llego a casa con el día ya en pleno ejercicio de sus funciones, es la primera vez en años que no despierto al lado de esta mujer de fierro. Porque la Gorda es de fierro, si hay alguien en el mundo que me quiere y me valora a pesar de mis miserias, ese alguien es la Gorda. Debe haber pasado una noche de mierda, preocupada, pensando en qué garito de mala muerte me habré metido. A pesar de eso, y de que está con la cara lavada, sin el corrector de ojeras que enseguida se va a poner, la veo más hermosa que nunca, radiante como el sol.

Me le acerco bailando y cantando, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay dios” y la Gorda sabe que no estoy borracho, que lo mío es felicidad en estado puro. Hace a un lado el termo y el mate y sale a corresponder este abrazo enorme que le ofrezco. La Gorda huele a sábanas limpias, a bizcochuelo de vainilla, a pan fresco. Acerco mi boca a su oído y le digo, cargando todo mi amor en estas palabras, “Gorda, este año tampoco nos vamos a poder ir al Machu Picchu”.

Mano Vogler

Inédito

Mano Vogler ha publicado la trilogía Delincuento (El Narco, El Sicario y El Candidato).

Es autor además de la novela Esperanza y la muerte.

Actualmente tiene un nuevo libro para impresión.

Email: mano38@live.com.ar

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