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Mitología y mística de Ambrosetti

viernes 03 de febrero de 2023 | 6:00hs.
Mitología y mística de Ambrosetti

J
uan Bautista Ambrosetti fue un entrerriano que, en el siglo XIX, dedicó gran parte de su vida a viajes de exploración científica en el país, se lo considera pionero de la Antropología Social, la Arqueología y del folclore nacional como ciencia, también fue zoólogo y paleontólogo, autor de varias obras al respecto; autodidacta se formó con “monstruos” como Florentino Ameghino y Eduardo Holmberg y se casó con María Elena -hija de éste último- con quien tuvo tres hijos: Cora Magdalena, Héctor y Ernesto Francisco

Fue creador de museos, representante argentino en congresos científicos internacionales en los primeros años del siglo XX, autor de incontables artículos científicos, contó siempre con la colaboración de Salvador Debenedetti, falleció en 1917

En ese mismo año se publicó -post mortem- en Buenos Aires “Supersticiones y leyendas. Región misionera – Valles Calchaquíe – Las Pampas”, posiblemente la primera compilación de “folklore de la región misionera” como titula a la primera parte de la obra; en sus páginas vuelca más veinticinco años de viajes, notas y datos sobre leyendas y supersticiones de las tres regiones; la lectura de los capítulos que nos competen nos transportan a un mundo de creencias, costumbres y prácticas casi desaparecidas en la pequeña distancia de un siglo, por momentos la memoria ancestral toma cuerpo en algunas de sus afirmaciones y nos renueva el recuerdo del rostro de una abuela, una tía o un vecino.

Las reminiscencias que despiertan las páginas del texto no pueden evitar las comparaciones, por ejemplo, actualmente consideramos al “payé” como un sortilegio pero a principios del siglo pasado se lo definía a un amuleto personalizado y con fin determinado, sujeto a “alimentación” si estaba realizado con piedra imán o agua bendita, si había sido bendecido; el “payé de la amistad” se confeccionaba con una moneda de plata y se debía poner especial atención a los realizados con huesos de muerto infiel o con paño blanco de cementerio - conocido como “curuzú yeguá” - aunque también era muy útil contra heridas de armas de fuego.

Ambrosetti describió a las representaciones santorales creadas para domar caballos, incrementar el coraje y encontrar cosas perdidas, con énfasis en los populares “San Son, San La Muerte y San Antonio” cuyos rituales de cuidado solían generar miedo en sus poseedores, especialmente el último, fabricado en un tronco de yerba mate y considerado “muy traicionero” si se le faltaba a la promesa, capaz de generar incendios; de todo y para todos digamos.

Detalló los velorios de angelitos, con bailes y oraciones, el velorio de la cruz del cajoncito en las viviendas con lloronas y rezadoras, a cargo del padrino de la criatura; el Tupá mbahé, una especie de limosna que se entregaba a “los pobres” en memoria del difunto y que consistía en alimentos desde charque hasta chipa y mandioca; describió los velorios de adultos, la colocación de cruces de madera en lugares de accidentes y asesinatos, a las que en ocasiones llevaban frutas y chipas para alimento de viajeros, bajo las pequeñas llamas de las velas encendidas in situ; también el uso de piedras como ofrenda en cercanías de cursos de agua y a falta de flores silvestres; el carácter milagroso de las cruces colocadas en arboles usados para cometer suicidio, siempre que los difuntos hayan sido cristianos.

Dedicó párrafos a la aparición de fuegos fatuos que se conjuraban con rosarios benditos colocados en la pata delantera del caballo, reemplazada por la chancleta del pie izquierdo boca abajo si el avistaje se producía en la vivienda familiar; si la imagen era femenina o de bruja se espantaba tirando calzoncillos o castigando el aire con un rosario bendito; destacó la creencia generalizada en el “negrito del pastoreo”, útil para encontrar animales perdidos a cambio de una vela y en  “Yanuario” para facilitar las tareas rurales.

Detalló “talismanes para hacerse invisible a voluntad” a costa de la vida de un “tingazú” o cuclillo; fetiches “para el amor” a base de una pluma de urutaú -no cualquiera-, cabellos de la mujer deseada o cerdas de colores dentro de cigarros, agujas con recortes de uñas, trozos de colmenas de yeteí; brebajes infalibles con hierbas medicinales y el más efectivo de todos: un envoltorio de plumas y sesos de cabureí con bermellón; las mujeres usaban “ligaduras” en infusiones con pequeñas dosis de sangre menstrual, tierra de cementerio o ajo macho; la prohibición  de comer directamente de la olla y la gran ayuda por usar el sombrero del marido o su calzoncillo alrededor del cuello al momento del parto; todos se cuidaban mucho de “Tatá hujá” el alma de una mujer abandonada por un cura que se presentaba como una mula echando fuego.

Entonces se creía que algunas especies de mono eran espíritus de niños maldecidos y que los carayás eran espíritus de hombres maldecidos por padres alcohólicos; se le tenía gran respeto al Yaguareté Abá y se confiaba ciegamente en el talismán realizado con “el hueso de su pene”; la “simpatía” eficaz para alejar a estos animales con tizones orientados a los cuatro puntos cardinales sobre los que se orinaba y las señales que daban los perros de la casa al revolcarse de determinadas maneras, el valor de un riñón seco de aguará para matar serpientes a distancia, el cuero de anta para curar males y la Caaporá que montaba sobre cerdos salvajes,

En cuanto a los animales del monte, Ambrosetti destacó la creencia sobre el tamanduá que podía embarazar a distancia, el ñacurutú que hipnotizaba felinos, los cuervos negros anunciando lluvia, el tucán para avisar del viento norte, el hornero cuya muerte traía tormentas, la cabeza seca de una perdiz de monte para alejar serpientes, el mainumby para atraer clientes y buenas noticias, el pitogüé para anunciar embarazos y el anó que anunciaba muerte, mientras que un trozo de cola de teyú en un bolsillo evitaba insolaciones.

Dio especial lugar a leyendas - urutaú, chajá, carau, entre tantos -; la presencia de la “corrección” tan temida y tan valorada; lo beneficioso de cortar un mechón de la cola de las vacas para favorecer el aquerenciamiento, las oraciones y nudos de paja para curar bicheras, un hueso de raya en el mango del rebenque para los domadores y el uso de pindó para mejorar el enlazado.

Perpetuó a chamanes que leían el futuro en yerba canchada y quemada, los pora de la higuera y el banano y el gran maleficio conocido como Caraguatay, usado como venganza amorosa en la creencia que la planta homónima era, en realidad, un conjunto de gusanos que secaban la tierra circundante.

Escribió más, mucho más…

¡Hasta el próximo viernes!

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