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La Joyería Sosa fue fundada por Edmundo y ofrece servicios hace más 50 años en Posadas

Artesanos de los metales, las piedras preciosas y el tiempo

Roque se dedica a la elaboración de alhajas y orfebrería hace más de 30 años. Eugenio aprendió el arte de la relojería de su primo y se lo transmitió a su hijo
domingo 15 de enero de 2023 | 6:05hs.
Artesanos de los metales, las piedras preciosas y el tiempo
Artesanos de los metales, las piedras preciosas y el tiempo

La joyería y relojería son oficios que se mezclan con el arte. La composición y compostura de las piezas necesitan de muchos años de práctica, paciencia y un ojo fino, capaz de lograr que las piezas se luzcan y engalanen a quienes las portan.

Desde hace más de 50 años, la Joyería Sosa forma parte del paisaje posadeño, allí sobre la calle San Lorenzo al 1869, y un sinónimo de confianza para familias enteras que depositan cada día sus bienes más preciados para que sean restaurados, o bien, recurren para buscar un presente.

En el interior del local trabajan Eugenio Forneron, quien se dedica a la relojería hace 35 años, y Roque Ocampo, joyero experimentado que comenzó en el oficio hace más de 30 años.

Roque arrancó en el mundo de las joyas a los 16 años, le enseñó un amigo y después de pasar por unos años fortaleciendo los conocimientos en Asunción regresó a Posadas. Cuando comenzó dejó de lado sus estudios secundarios para volcar su tiempo a la elaboración de piezas finas.

“Lo más importante que tiene el trabajo es la dedicación del tiempo y la pasión. Así como la concentración en cada una de las pequeñas partes que componen la totalidad de la pieza, todos los detalles previos al ensamble”, dijo al ser consultado por su crecimiento y oficio.

La familia Sosa lleva más de 50 años al servicio de los misioneros.

“Cuando empecé hace 30 años, todavía no trabajaba acá. En ese momento, no tenía mucha fe de cómo me iba a ir, mi amigo me encargaba trabajos y yo los hacía sin recibir dinero. Hasta que en un momento, gané experiencia y esta persona -mayor-, me comenzó a pagar por los trabajos. Hoy puedo armar una alianza en una hora más o menos”, dijo y lo hizo parecer fácil.

Roque resaltó que todo ese tiempo y dedicación que dio sin recibir nada a cambio, fue un gran proceso formativo que le permitió enamorarse de la profesión y ganar experiencia con insumos que son imposibles de conseguir por cuenta propia.

En su labor cotidiana, el orfebre sube a su sucucho todos los días sobre una escalera, ahí tiene su santuario con las máquinas, piedras y metales preciosos, desde el que recompone y engasta las joyas de decenas de personas en toda la provincia.

Roque se dedica a tiempo completo a su labor, a diario manipula piedras tan pequeñas que resultan frágiles y pueden dañarse con facilidad. Tiene que tener sensibilidad justa para los materiales y ser capaz de armonizar la naturaleza del metal con la finura de la gema. “Lo que más nos solicitan son alianzas matrimoniales y cadenas con dijes”, explicó sobre las principales demandas.

Para la elaboración de las alhajas se vale de pinzas diminutas, lijas, sopletes, pulidoras y barras -para medir el diámetro de los anillos-, que dispone muy bien sobre su espacio de trabajo.

El joyero contó que tiene cinco hijos, aunque admite: “Ninguno se enganchó con la joyería y eso que, cuando hubo remodelaciones en el local, llevaba trabajos para finalizar a casa, pero se decantaron por otras profesiones”.

El dueño del tiempo

Eugenio Forneron tiene 58 años y hace 35 años se dedica a la relojería. El oficio lo aprendió de ver y pasar tiempo con su primo Luis Domingo Báez, a quien supo admirar y le debe las habilidades básicas que luego perfeccionó con constancia.

“El relojero se perfecciona a partir de los secretos que comparten otros, que también arreglan piezas y pudieron solucionar un problema”, comentó sobre su día a día y agregó que “me gusta mucho lo que hago, incluso también armo los cristales de los relojes a medida por que vienen muchos modelos viejos que no se consigue el repuesto”.

El elemento más preciado que tiene Eugenio es su vista, la paciencia y el pulso de su mano. Mediante su visera y lupa, el relojero llega al interior del complejo engranaje para diseccionar cada una de las partes -como si se tratara de un cirujano del tiempo- y llevar a cabo la compostura. “A veces vienen relojes muy maltratados y la tarea está en poder solucionar los inconvenientes porque son piezas que, en ocasiones, tienen una carga de valor o son heredados”.

Eugenio puede vivir de lo que le apasiona y hoy transmite el oficio a su hijo Mauro Sebastián: “A él le gustó y hace unos 5 años comenzó a aprender de apoco la labor y se perfecciona día a día”, relató orgulloso.

Los Sosa

Hoy la joyería Sosa está administrada por Carlos (59) y Roxana Sosa (52), hijos de Edmundo (ver “Edmundo, el visionario”), ambos se criaron en el negocio familiar pero no aprendieron el oficio de la relojería, porque su padre quiso que continúen sus estudios superiores. De Edmundo aprendieron el negocio y los principios de la tasación, que luego complementaron con lecturas y hoy ejercen con destreza.

“A nosotros nos traen piezas para reparar personas que eran clientes de nuestro padre”, dijo Carlos y recalcó que su bien más preciado es “la conformidad de los clientes luego del trabajo”.

En la época que comenzó a funcionar la joyería, “habían muchos locales y la práctica estaba extendida, también era un contexto en el que la costumbre de regalar accesorios era más frecuente. Hoy de todas las que había somos de las pocas que nos pudimos mantener y resistir al paso del tiempo”. 

En ocasiones son muchos los que, ilusionados por la posibilidad de hacer dinero, llevan objetos que en realidad carecen de valor. “Acá en la tienda más que en ningún otro lado se puede decir que ‘no todo lo que brilla es oro’”.

Por último, los nietos de Edmundo, también aprenden el oficio a través de sus padres y se van forjando con la práctica, les gusta y pretenden mantener la tradición familiar.


Edmundo, el visionario

Edmundo Sosa nació en Encarnación en 1935. Tras pasar la infancia en el vecino país, a los 15 años se radicó en Posadas y comenzó a trabajar en una antigua relojería de la capital misionera ya extinguida. Allí aprendió el oficio de relojero armando despertadores, ya que las piezas son más grandes y permiten entender el engranaje que hace funcionar y dan vida a las manecillas con mayor facilidad. Luego de aprender el oficio enseñó a sus dos hermanos, quienes también lograron salir adelante con la profesión.

Prestó sus servicios durante 18 años, hasta que pudo juntar dinero para abrir su propio local en 1970. Al principio, lo hizo sobre la calle Córdoba entre San Lorenzo y Colón; luego se asentó sobre el domicilio en el que se emplaza la joyería hasta la actualidad por la calle San Lorenzo en el centro de la capital provincial. 

 

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