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Rispideces

sábado 24 de diciembre de 2022 | 0:55hs.
Rispideces

Posadas, 6 de noviembre de 2022

Querido “Papanuel”:

                            Mis papás me dijeron que tenía que pensar muy bien mi regalo, que puedo pedir solo uno, porque todo está muy difícil y vas a tener un montón de trabajo, con tantos chicos como somos en el mundo.

         Lo pensé bien. A mí me gustaba que mi tío Negro llegara a casa y me hiciera un truco de magia y me sacara un caramelo de cada oreja. Es mago de verdad, porque una vez lo encontramos de casualidad en el centro, y también lo hizo. Pero ya no viene. Se peleó con su hermana, mi mamá, y solamente me dan permiso para llamarlo de vez en cuando, con el celu de papá. Ya nadie me lleva a caballito sobre los hombros. Él siempre fue mi caballo y yo su sobrino-jinete favorito. Tampoco vamos más a lo de los tíos Enrique y Graciela. “Hay rispideces”, me dijo triste la abuela, cuando le pregunté. Me encantaba ir a jugar con mis primas. Yo llevaba mis legos y mis autitos. Ellas hacían casitas para sus barbies, me dejaban manejar la bici y el coche de lujo de sus muñecas. No me daba vergüenza ayudarlas a cambiarles de ropa y de zapatitos. Ya no vamos y ellas tampoco vienen a casa. Total, que ya no nos vemos, porque van a otra escuela. Las “rispideces” parece que son cosas que quedan después de las peleas.

         Era el cumpleaños de la abuela Clara, que vive en Candelaria, fuera del pueblo y cerca del río, y es tan lindo porque a la tardecita, en verano, hay un montón de tacatacas y todo el montecito de atrás parece un enorme arbolito de Navidad ,con las lucecitas que se encienden y se apagan, cambiando de lugar, y porque casi a todas horas se escucha el  yy-yy-yy-yy  de las chicharras, que hacen tanto barullo que no podemos escucharnos unos a otros, y hay que callarse y oírlas, nomás… Estábamos todos, más mi primito David, que vive sin su papá, con Carmencita, mi tía. Después de la torta que estaba riquísima porque la abu es una campeona haciendo tortas, además de que nos deja meter los dedos en la crema mientras va rellenando y decorando, empezaron a hablar del trabajo de cada quien, del país…y se armó. Mamá y papá defendían un pensamiento, los tíos, otro muy diferente. Fue feo escucharlos. Cuando los chicos discutimos por cosas del juego y nos emburramos, nos dicen que hay que respetarse… ¿entonces?. Se dijeron cosas horribles y el tío Negro, que es al que yo más quiero, que estuvo todo el rato tratando de intervenir sin suerte –no quería hacer magia, quería tranquilizarlos-, agarró su casco, le dio un beso a la abuela   y avisó “A mí no me vuelven a ver en esta mesa”.

         Ay, Papanuel… el abuelo se puso tan mal, que pidió permiso y se fue a ver la tele, adentro. La abuela preguntó si alguien quería otra porción. Nadie contestó, ni David, que es chiquito, pidió para ir a jugar. Ni ganas de ir a los columpios que nos armó el abuelo en el fondo, teníamos. Estábamos muy asustados. El tío Enrique gritó

-         ¡Son todos unos garcas!

-         ¿Garcas? ¿qué sabés vos de poner el hombro y arriesgar todos los días? ¡GARCA!!! Si vivís cómodo en una oficina,  mirás  poco el mundo y tomás decisiones que afectan a un montón de gente! – contestó papá.

La abuela comenzó a llorar sin hacer  ningún ruido, y me pareció que se hacía chiquita, más chiquita que el David, y se puso a levantar las cosas de la mesa, por hacer nomás algo con las manos. Apenas tuve tiempo de decir “¿te ayudo, abu? No me escuchó nadie, porque papá me alzó –y ano lo hacía, porque yo estaba grande para eso- diciendo

-         Hablas con discurso ajeno, lo tuyo es “idolatría” barata

Yo sabía que mamá compraba cosas a veces porque “estaban baratas” ¿por qué el tío no podía tener cosas baratas? Y nos fuimos, Papanuel. Ya no hubo fiestas en ninguna de nuestras casas. Me dejaban llamar un ratito a mis primas, Nos contábamos cosas. ¡Qué ganas sigo teniendo de que vengan a conocer a Confite, mi gatito, antes de que se ponga grande! Muero por ir a ver el cachorrito que le regalaron a Cande este último día del niño.

         A lo de los abuelos vamos por turnos. Ellos se esfuerzan por atendernos a todos. Carmencita consiguió trabajo en otro pueblo, y David quedó con ellos y una niñera.se aburre, pobrecito, porque no sabe nada de “rispideces”.

         Por eso, Papanuel… no te voy a pedir ningún juego. Te voy a pedir algo extraño: que te lleves las rispideces que ocupan tanto espacio, y que le traigas a mis tíos, a todos, las ganas de volver a juntarnos, en casa, en lo de Enrique, en la casita de Candelaria… en cualquiera. Claro, para eso necesito que a nuestras casas vengas unos días antes. Por ahí las rispideces son pesadas, grandotas, y necesitás ayudantes. No son como las ganas, livianitas, porque están adentro, salen de adentro. Pero ahora no están, y las precisamos mucho.

         Otra cosa: revisé el patio, la vereda, di la vuelta a la manzana en mi bici –está viejita y a veces se me sale la cadena, pero te dije que este año no te voy a pedir otra cosa, y voy a cumplir- …no encontré nada. Papá y mamá, cuando hablan de la familia y de amigos que ya no frecuentamos dicen que es “por la grieta”. La busqué: capaz no pueden entrar porque en algún lugar es honda, ancha…pero no la vi. Sólo sé que es bastante triste que ya no nos visitemos, y que para ir a la casa de la Abu haya que preguntar si no tienen programa.

         Así que solo eso, Papanuel. Capaz las rispideces son filosas, como andar descalzo sobre el ripio, sobre las piedras, o hincan, como los toritos. Por eso… si podés llevarlas a algún lugar donde no molesten a nadie más. Y de paso fíjate si encontrás la grieta y vemos cómo lo remediamos. Si no es mucho pedir, que a la Carmencita la vuelvan a trasladar al pueblo, que el David está muy apagadito, eso que le regalé algunos autitos de mi colección.

         Si todo resulta bien capaz podés vernos juntos, todos, el 24. Muero por ver qué truco me hace el Negro cuando baje de la moto, con la novia linda que me contó que tiene. Muero porque el tío Enrique me diga:  “¿qué hacés, gurí?”, que la tía Graciela le cuente a mamá de las plantas de su jardincito del balcón, y que la abuela ande entre todos con su delantal, las manitos pájaras acá y allá, preparando la mesa, acariciando las trenzas de Flopy, el flequillo de Julia, el culito gordo de Cande que nos hace reír con sus gracias, el manto manchadito de Confite, que está creciendo muy rápido.

         Capaz todas las tacatacas del mundo se junten en el fondo y haya dos arbolitos en vez de uno, y que las chicharras se callen un poquito justo a la hora en que nace el niño, en el pesebre que la abuela insiste en llamar “El Belén”, tan cargado de juguetitos de cada uno entre los pastores, los bichitos, el pasto y los dones que traen los Reyes Magos.

                                                         ¡Te quiero muuuuuucho!

                                                                                   Guille

                                                                   

 

Verónica Stockmayer

La autora reside en Montecarlo, Misiones.

3°  Mención Especial del Jurado en el

X Concurso Nacional de Cuentos Navideños de la

Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral 2022

 

 

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