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Sueños de chocolate

viernes 23 de diciembre de 2022 | 0:59hs.
Sueños de chocolate

En esa panadería, ahí donde todo huele a chocolate y a almendras; es ahí donde los recuerdos de don Pepe lo regresan al abismo del pasado. Justo en ése preciso instante nace un Ángel.

Don Pepe es bueno, dicen en el barrio. Es un tonto dicen otros: regalar su trabajo cuando todos especulan y ganan. Lo sabe y no le importa; él y su Ángel tienen sus motivos. Con sus setenta años recuerda cuántas Navidades ha pasado en aquel barrio pobre llamado “El Chaquito” cuya frontera eran las vías del tren, de ahí hacia el hospital. Remontando la avenida Cabred llegaba hasta la plaza de Villa Urquiza, rodeada de casas adornadas con arbolitos cargados de globos y guirnaldas de colores. Desde las ventanas, el olor a comida y a azúcar quemada, corona de algún postre. Trajín en las calles, personas bajando del colectivo cargando bolsas. Gente sonriente y feliz.

Pepe, el niño de entonces, tragaba saliva degustando sabores imaginarios. Sabía que en su rancho el guiso o el pescado frito sería el único festín navideño que ofrecería su madre con manos temblorosas y ojos acuosos. No habría villancicos, sólo los gritos de su padre borracho insultando a sus hermanos pequeños llenos de sueños y panzas vacías.

Parado en esa plaza repetía, como en un conjuro: Algún día, algún día...

Por eso trabajó. Estudió para Ayudante Panadero. Observaba todo lo que hacían los maestros. Guardando en su memoria cada fórmula, cada doblez de la masa. Cantidad de esto y de lo otro, porque algún día... Ahorró moneda por moneda. Las atesoró junto a los pliegues del mejor hojaldre y al punto hilo del almíbar.

Una pequeña voz lo sacó del ensueño regresándolo a la esquina vidriada de su local, en cuyas heladeras se exhibían las pastas de almendras, los merengues crocantes, frutillas nadando en chocolate y tartas de crema pastelera con sabrosos duraznos.   

- ¿Sí, gurí? -Articuló don Pepe pestañeando rápido, tal vez, para borrar los recuerdos. Unas manitos apretando unos billetes conseguidos entre auto y auto en la calle, se extienden hacia él mientras que la otra señala la torta nevada de chocolate y glasé, las frutas formando un volcán de dulzura rematada con una estrella dorada. Don Pepe se vio en ése niño con ojotas gastadas y pies cansados de tanto andar entre auto y auto. Se reconoció en su orfandad. Recorrió con la mirada su próspero local recordando su conjuro: Algún día...

Colocó en una caja su mejor torta a cambio de los arrugados billetes.

En una casita con patio de tierra, ahí, cerca de La cantera Santa María, apenas sostenida sobre el barranco que da a la Costanera, habrá para unos niños una Nochebuena.

No muy lejos, el centro de Posadas estalla en fuegos artificiales… ajenos al milagro.

                                                             

Aída Ofelia Giménez

La autora reside en San Ignacio, Misiones.

5° Mención Especial del Jurado en el

X Concurso Nacional de Cuentos Navideños de la

Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral

 

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