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Almacén de Ibarra, los Cardozo y Doña María

lunes 12 de diciembre de 2022 | 6:00hs.
Almacén de Ibarra,  los Cardozo y Doña María

Tanto en Posadas como en el interior era común buscar bares o pequeños restaurantes donde se comía bien y a un precio moderado. Estaban también los almacenes, que solicitaban a la Municipalidad autorización para el expendio de bebidas alcohólicas, la gente de paso almorzaba y bebía con moderación. O sin ella.

Sobre la calle Alvear en Apóstoles, en la ciudad incipiente, antes de la realización de los cordones cuneta y el asfalto, en una esquina coexistían tres de estos tipos de emprendimientos: El Almacén de Ibarra, el Bar de los Cardozo y el comedor de Doña María.

Estaban ubicados uno al lado del otro y eran vecinos de los Escalante, que residieron por mucho tiempo en la vivienda lindera. A excepción del almacén, que tenía una fisonomía acorde al negocio, los otros dos restantes eran casas de familias convertidas en comercios.

Hemos visto y escuchado en muchas ocasiones que, en la provincia de Buenos Aires, cuando alguien quería instalar un negocio, por lo general consultaba con los vecinos comerciantes para no dedicarse al mismo rubro. En el caso apostoleño, los dueños vivían en el mismo inmueble y en el frente de su casa instalaban su propia pyme.

El dueño del almacén era integrante de la Policía y quienes atendían eran su esposa o sus hijos. Los Cardozo eran una familia y se repartían el trabajo en la cocina y en la atención de las mesas. Doña María se desenvolvía en soledad, pero siempre se las arreglaba con humor y hospitalidad a la atención de la clientela.

Los comedores funcionaban con mayor afluencia en horas del mediodía, personas que trabajaban y vivían solas eran clientes habituales, como los viajantes de comercio, que tenían que esperar la apertura en horas de la tarde para poder levantar los pedidos o entregar las mercaderías.

El cartero Miño, Patón Rojas, Chiquito Guimaray o Guimaraes, como otros personajes del pueblo, eran número fijo en el almuerzo o en una junta de tragos durante la noche.

Un mediodía llegó a lo Doña María Chiquito y se encontró con su amigo Patón sentado junto a la mesa solicitando un bife a caballo.

-¿Cuándo anduviste a caballo, Patón? -le dijo con su habitual ironía.

–Poco, pero soy buen jinete -le respondió su amigo

Chiquito se sentó junto a él y pidió un vaso a la dueña.

–Podemos compartir la mesa y la charla, Chiquito, pero mi vino no -le dijo Patón en estilo ceremonioso.

–Doña María, para mí ese guiso caldudo que usted sabe preparar y una “Cuinba-é” para aplacar la sed –respondió el recién llegado.

Tanto los Cardozo como Doña María sabían manejarse con sus comensales habituales, a quienes solían incluso fiarle algunos tragos cuando la moneda escaseaba.

Los tres negocios lo que menos tenían eran lujo, los comedores ni siquiera carteles identificatorios, porque en realidad no necesitaban, la gente conocía los lugares y venía directamente.

Eran otros tiempos, inspiraba la confianza y a los dueños de los boliches no los apremiaba la ambición, vivían de eso con modestia y por eso eran reconocidos por la gente que venía al lugar.

La comida se preparaba en una cocina, que era la cocina de la casa, la bebida se enfriaba en una heladera sencilla, salvo en almacén de Ibarra, donde había una heladera con doble puerta.

Conocedores de la cantidad de personas que venían a comer, las compras se hacían para el día, porque no tenían cámaras frigoríficas para mantener la cadena de frío.

Los fines de semana ocasionalmente cerraban los domingos para tomarse su merecido descanso, pero no siempre, porque las personas sin familia no tenían espacio o no querían cocinar, a sabiendas de que el precio del menú de los comedores, siempre era accesible.

Si alguien pasaba a media tarde por los negocios, encontraba a los dueños sentados en las veredas de ladrillo, charlando amablemente entre ellos o con los que andaban de paso.

A media cuadra se ubicaba El Jempa, un almacén mucho más surtido que los tres vecinos, pero esto no era impedimento para que todos se rebusquen con sus negocios atendidos en forma personal.

Era muy raro que surgiera un conflicto con las personas que consumían alcohol en el lugar, tampoco el bar era canilla libre, la capacidad de la heladera limitaba cualquier exceso, y si existía, amenazaban con llamar a la policía, lo que inmediatamente aplacaba los ánimos. Además, la gente se conocía mucho mejor que ahora.

Este ejemplo de Apóstoles es aplicable a cualquier pueblo del interior, el progreso y la tecnología, modificó o despersonalizó el comercio que antes se hacía en forma personal.

El inexorable paso del tiempo trajo el cordón cuneta primero, luego el asfalto, la ciudad cambió su fisonomía, algunos de los dueños de esos boliches ya no están más, pero permanece el recuerdo de esos tiempos de charla amena, sin urgencias, sin WhatsApp y saludos distantes.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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