domingo 29 de enero de 2023
Muy nuboso 37.8ºc | Posadas

Raimundo

domingo 27 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
Raimundo

-Creo que el perrobot no es muy divertido para Antonieta.

-¿Por qué lo dices?

-Mírala. No juega más con él. Y el otro día me ha dicho que le parece estúpido.

-¿Entonces qué sugieres?

- Un pequeño androide.

-Hemos hablado de eso varias veces.

-Ya lo sé. Pero he cambiado de parecer después de enterarme que los vecinos tienen a uno de ellos dentro de su casa.

- Cuéntame más.

- Se parece mucho a un niño. Es amable y está en todos los detalles de las buenas costumbres. Su mantenimiento es caro pero hay garantías de fábrica. Está diseñado para ser uno más de la familia.

- Pero cómo sabemos que se adaptará a Antonieta. Ella tiene un mal humor que es imposible.

-No sabemos qué puede pasar pero tengamos en cuenta una cosa. Necesita interactuar con alguien. Todos los amigos que tiene son hologramas de niños que ni siquiera existen.

-¿Y un androide no sería lo mismo?

-Para nada. Es una inteligencia artificial corpórea y tiene la ventaja de crear en la marcha, de proponer cosas. Está programado para eso.

-Sigo sin maravillarme con la idea.

-Cariño. Intentemos. Tenemos nuestros ahorros y podemos devolverlo al mes si no nos convence.

-Si no convence a Antonieta, querrás decir.

-Exacto.

-Está bien. Probemos.

A la semana, el servicio de mensajería trajo una caja con un metro y medio de alto. Antonieta estaba de brazos cruzados. Es una sorpresa, le dijo su padre. Su madre agregó que deberá evaluar si le parecía o no tenerlo consigo. La caja se abrió y el androide encendió sus ojos luminosos. Tenía unos labios de goma pero su aspecto era el de un niño. Dio dos pasos hacia afuera de la caja, hizo una reverencia como hacen los orientales y habló con un tono amigable.

-Permita presentarme. Estoy a su servicio.

Antonieta lo miró con desdén y tomó el comando de su silla rodante con dos dedos. Dio marcha atrás y se fue despacio al patio sin decir una sola palabra. El androide se quedó quieto y los padres de Antonieta se acercaron.

-Dale tiempo. Su nombre es Antonieta y a partir de ahora será tu ama. 

-Deberás proponerle algún juego que no implique mayores esfuerzos porque, como habrás visto, no funcionan sus piernas.

-Comprendido. Dar tiempo y proponer juegos.

En los siguientes días el pequeño androide permaneció parado en el patio, junto a una pared cubierta por arbustos, cerca de donde el perrobot corría en círculos con una pelota amarilla que por momentos dejaba a los pies de Antonieta. Pero ella era indiferente a tal escena. Abría una y otra vez la pantalla de su tableta para conversar con alguien que aparecía como un pequeño fantasma. Una de esas tardes la pelota amarilla rodó cerca del androide. Él se agachó, la tomó y la arrojó lejos, hasta donde se terminaba la vista. El perrobot corrió a los saltos y accidentalmente atropelló una estatua del jardín, se revolcó y tras sacudirse siguió su camino. El accidente provocó la carcajada de Antonieta y entonces por primera vez se dirigió al androide.

-Tienes un buen brazo.

-Puedo calcular la distancia y arrojar otra vez la pelota al mismo lugar. Hay un 34 % de probabilidades de que la mascota robótica se tropiece como para que usted se divierta nuevamente.

-Eres especial. Te nombraré de otra manera. Desde ahora serás Raimundo.

-Como usted mande, ama Antonieta.

-No me digas ama ni Antonieta. Dime Anto.

-Comprendido. Sólo Anto.

El androide guiñó uno de sus ojos luminosos. Antonieta sonrió porque era un gesto demasiado humano. Mientras tanto, el perrobot regresaba con la pelota entre sus dientes.

-Ahora arrójala más lejos.

-De acuerdo Anto.

De esa manera comenzó la amistad. Salían a dar largos paseos por el parque contiguo a la casa y Antonieta le pedía a Raimundo hacer un ramo de flores con todos los colores del jardín. Otras veces le ordenaba trepar a los árboles para recoger las frutas más jugosas y en ocasiones debió buscar un buen escondite como para evitar ser hallado por la niña en los juegos que compartieron durante aquel verano. Salvo cuando ella tenía escuela jamás se separaron y con el transcurso de los meses parecían conocerse de toda la vida. Durante ese tiempo el perrobot repitió lo mismo de siempre, es decir correr y traer de regreso la pelota. Aunque un día se equivocó. Trajo apretando en su mandíbula a un pequeño gato moribundo. Antonieta gritó con desesperación y exigió a Raimundo que rescatara al animal. El androide casi no hizo ninguna fuerza para abrir las fauces del robot cuadrúpedo que volvió a cerrarse. Al hacerlo le arrancó la mano al androide que quedó confundido, sin saber qué hacer con tal acto de violencia. Los padres habían escuchado a Antonieta desde la casa y por eso corrieron asustados al parque, adonde vieron al perrobot corriendo en círculos con el gato en su boca. Le asestaron varios golpes con un hierro para que soltara al animal que ya estaba muerto y había dejado un reguero de sangre sobre el césped.

Un mes después el androide ya tenía una mano nueva y estaba sentado en un banco del parque junto a Antonieta. Ella y sus padres todavía estaban conmocionados por lo que había sucedido.

-¿Me morderás alguna vez?

-No hay ninguna posibilidad, según mis cálculos.

-Estoy segura que así será. Porque eres como mi hermano, Rai. Te quiero. ¿Sabes qué es eso?

-Estar ligado afectivamente. Pero Anto, debo decir que carezco de sentimientos.

-Claro que sí. Solo tienes que decirlo. Eso es suficiente para que exista. Dilo.

-Anto, te quiero.

-¡Suena muy bien!

Los padres de la niña observaban a ambos desde un ventanal. Ella se servía café y las manos le temblaban. Entonces bajó la cabeza y respiró hondo.

-Todavía pienso que puede ser peligroso.

-Tiene una inteligencia superior.

-Pudo ser la mano de Antonieta y me muero si algo le ocurre.

-Hablaremos con él.

Esa misma noche le pidieron a Raimundo que se sentara a la mesa con ellos mientras la niña dormía en su habitación.

-Queremos estar seguros de lo que responderás. ¿Podrías atacar alguna vez a Antonieta?

-No hay ninguna posibilidad, según mis cálculos.

-Tienes a partir de ahora una importante orden que cumplir. Deberás defenderla siempre. Tienes la orden de destruir a cualquier cosa que amenace su vida.

-Comprendido. Destruir para defenderla.

Transcurrió un año más y el pequeño androide se puso más lento después de resbalar y caer desde lo alto de un árbol al suelo rocoso. El golpe había arruinado sus nervios sustitutos, según explicaron los técnicos. Se pondrá peor, advirtieron, y así resultó cuando un día comenzó a llover y Raimundo debió arrastrarse porque una pierna no respondía. Antonieta lo seguía al lado con un paraguas y le decía “ahora eres como yo”. Los técnicos volvieron y alertaron que no había manera de repararlo salvo resetear su sistema de fábrica. Eso significaba que perdería la memoria. No volvería a recordar todo el tiempo que había pasado desde que llegó en aquella caja. Por eso Antonieta protestó y no permitió que se lo llevaran. Lo protegió con un abrazo y así se quedó hasta que los técnicos se fueron. Raimundo no volvió a caminar y se movía arrastrándose por el parque. Pedía disculpas por retrasar los paseos y por las dificultades que tenía para trepar a los árboles por frutas maduras. Una de esas tardes Antonieta se quemó la mano al tocar su cabeza metálica. La superficie del androide ardía, algo que tenía que ver indefectiblemente con su deterioro. Entonces sus padres insistieron con el reseteo. Aunque esta vez garantizaron que harían una copia máster de su memoria para que aprendiera lo más rápido posible con su sistema reiniciado. Confesaron que era la única manera de rescatar su integridad. Ella lloró desconsoladamente aquella tarde que vio a los técnicos regresar con una caja gigante donde Raimundo cabía perfectamente. Se acercaron sus padres y le dijeron a Antonieta que era el momento. No había vuelta atrás. Ella abrazó otra vez al androide y esta vez le habló suavemente.

-Todos ellos quieren eliminarte. Pero quiero que sepas que, antes de hacerlo, tendrán que pasar por encima mío. Tendrán que matarme.

Al escuchar eso Raimundo empujó a la niña que cayó de la silla rodante. Se arrojó sobre los técnicos para golpearlos de una manera brutal e impiadosa. Luego alcanzó a los padres de Antonieta que habían huido al interior de la casa. Le gritaron para que se detuviera pero el androide paró recién cuando ambos quedaron inmóviles en el suelo.

Inédito. Vera reside en Posadas, es periodista. 

Richar Vera

¿Que opinión tenés sobre esta nota?


Me gusta 0%
No me gusta 0%
Me da tristeza 0%
Me da alegría 0%
Me da bronca 0%
Te puede interesar
Ultimas noticias