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Ahí hay alguien

domingo 27 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
Ahí hay alguien

A lo lejos suena un pitido agudo, incesante e incisivo, molesto, que me despierta de repente, y la luz amarillenta me lastima las pupilas resecas, persiste la vieja sensación de hormigueo en las venas de mis brazos, y de nuevo, como un torrente, me vuelve el deseo de irme, de no estar más, como si en el fondo supiera, ojalá existiese la salida…. ¡qué utopía!… Ahí hay alguien, siempre hay alguien, perpetuamente es una espera, ese otro que está ahí como pendiente, o quizás sea al revés, es uno quien está subordinado a la espera de ese otro que cree conocer, pero desconoce y, sin embargo, espera. La vida es una espera. Suspiré, y me obligué a parpadear con fuerza y tragar saliva en un intento medio apresurado de quien decide dejar de pensar porque el exceso de pensamiento conlleva a enfermedades.

A un par de metros, sonaba Passing Through - Cult of Luna, qué temón, pensé,…y ahí no más le vi al Ruso que venía caminando pesado, signo de que todo estaba hecho. Asentí, salgamos corriendo porque esto no da para más, dijo, y se apresuró en terminar su cigarrillo.

El Ruso y yo éramos amigos desde hace al menos una década. Creo que Gervasio nos encontró una tarde, y medio queriendo nos unió para ofrecernos determinadas labores que quería que hagamos por y para él.

Nuestro trabajo era simple: sicarios. No teníamos la costumbre de hacer preguntas ni de involucrarnos demasiado, al fin y al cabo en un par de horas se transformarían en simples cadáveres que alguna vez amaron y vivieron bien, no como nosotros. Ellos, -los otros- vivían. La vida nos puso en ese lugar desde que decidieron traernos al mundo, malditos germinadores, ellos, los que experimentan con nosotros,  dije y el Ruso se rió sufriendo, en simultáneo que limpiaba sus cuchillos pegajosos de una composición verdegris olorienta y repugnante, la textura y el aroma que se desprendía de aquel artefacto filoso era muy parecido al de nuestros cuerpos encardidos en vaya uno a saber qué materia-sustancia.

Debo admitir que Ruso me intimida un poco, tiene unos cuantos años más que yo, es robusto, tiene cara tosca, dura, y una mirada que es capaz de despedazar sin siquiera intentarlo demasiado, por eso casi no miro sus ojos ennegrecidos que sabrá dios cuántas cosas han visto, vivido y hecho, mejor no preguntar.

 Gervasio nos encargó el segundo trabajito de la tarde, antes de las 15 ya estábamos libres, sedientos y sofocados por el calor húmedo y febril de este enero insoportable. Somos como las mujeres que trabajan con el cuerpo por dinero. Al fin y al cabo todo es plata, dijo el Ruso, cuando me vio tan ensimismado, preocupado e ido. El trabajo está hecho, rajemos, le digo, y en un santiamén, desaparecemos para que no nos encuentren. Los encargues nos llegan por correo, o le dejan el recado a Gervasio, el propietario del galpón-hostal donde dormimos, comemos, cagamos y morimos cada día. Gervasio es un poco nuestro dueño, pero nosotros hacemos como que no sabemos, sino sería intolerable, como todo.

Gervasio sí era un verdadero misterio para nosotros, pocas veces teníamos contacto directo con él, son contadas las veces que nos vimos con alguna luz tenue como si fuese adrede para que no descubramos la totalidad de su rostro; el resto de las veces nos manda cartas, o nos deja esquelitas en lugares que solo nosotros tres conocemos. Sospecho que en su vida pasada fue muy hábil con el gatillo, pero los años no vienen solos, y asumo que debe tener como 70 años, bastante descuidado anda el viejo, y debe andar con el colesterol alto, la presión y las enfermedades de un cuerpo añejo. Nunca lo vimos con algún familiar, ni amigo, solo clientes vestidos de trajes azules, blancos y grises que van y vienen. Él no los atiende directamente, siempre anda detrás de un armario lleno de frascos con contenidos que desconozco y no puedo describir, allá donde no ingresa la luz, ni el día, donde todo le es ajeno. No me animo a preguntar de dónde vienen los vivos que después se transforman en los muertos del Ruso y mío.

Sospecho que estoy a punto de descubrir el horror, a unos cuantos metros reconozco la voz ronca y áspera del Ruso, de mí se desprende un miedo primitivo, la alerta que me hace saber que tengo que rajar, no comprendo realmente lo que ocurre, tengo las venas pesadas, mi respiración caliente y débil, la garganta filosa que arde y desconcentra.

Tengo que rajar. Ir a no sé donde, ser otro. Nacer de nuevo o morir. Tengo que rajar, quiero rajar. Un grito agudo y exasperado me trajo a este ahora que descubro atroz e inhumano. Azulejos blancos, una habitación muy grande con muchas camas y frascos con bebés que se mueven atrapados en un líquido que asumo pegajoso y denso. El pitido contante, se entremezclaba con el olor a carne tibia, putrefacta y a orín, los otros susurran. Mis párpados pesados, la lengua áspera, amarga, filosa y muda.

La desesperación se me trepa en el cuerpo inmóvil, atrapado en un yo que desconozco y siento ajeno. Vos querías esto, ¿no cierto? Me pregunta la mujer de canas grisáceas que se inclina y se aproxima tanto que le huelo el aliento pútrido y viscoso. El asco y la repulsión me atrapan. Asumo que Gervasio me dejó acá.

 Entre las cientos de voces, oigo una voz que creo reconocer, y de golpe un silencio ensordecedor y aquel grito impío de nuevo, desesperado, que de pronto se calla. Nuevamente se me cierran los ojos y yo no quiero, lucho contra lo perdido: Mi cuerpo, yo y los otros. Yo es otro. Ahí hay alguien que me está mirando, y se sonríe maléfico como todas las veces anteriores, y sus ojos me descubren, me revelo subordinado, no puedo sino asistir al deseo de ese alguien que me mira y reconozco bruscamente el rostro de Gervasio, vestido de blanco, -porque él es uno de ellos, los blancos, azules y grises.- Pienso en todos esos cadáveres que creo recordar que sembramos por ahí con el Ruso, me nace el deseo de llorar de culpa, arrepentimiento y angustia, quiero rajar.

La mujer se vuelve a mí con sus ojos grandes, éste es Milton, es el número mil… el primero de la serie que desconoce el exterior, responde a los estímulos de las narraciones, la actividad cerebral es buena. Encasillamos su potencial en el grupo de los no- pensantes. Su cuerpo presenta la rigidez esperada ante fragancias, texturas, y ruidos. Es ideal para todos los experimentos de felicidad-fertilidad-ira-culpa y arrepentimiento. Decía la mujer con su boca grande y nauseabunda, mientras el hombre que reconocía como Gervasio asentía satisfecho, contento, eufórico. 

La verdad es una construcción, le hicimos creer que era hombre. El injerto número Mil es exitoso, asintió el hombre de azul. Seguiremos practicando con injertos y abortos. A los próximos mutilaremos los órganos del goce y de la reflexión-pensamiento. Serán felices con lo que reciben y no querrán más, la felicidad les será constante, vacía, pero para siempre. Uno de los hombres de azul aplaudió ante la idea de Gervasio que desenfrascaba sin delicadeza a los bebés y hacía no sé qué clase de cortes e injertos en sus cuerpitos de un color ocre pegajoso.

De ahora en más germinaremos sujetos no- pensantes, ¡pero felices!, sonrió la mujer a forma de festejo.

 Escuché, aturdido, deshilvanado, y mudo.

Quiero rajar.

Ahí hay alguien que me mira

Soy otro.

No sé cuánto tiempo pasó, estoy seguro  -quiero creer terriblemente- que en algún momento tuve conciencia real, que supe del tiempo, de los otros, de mí. Las luces se apagan y encienden en contra de mi voluntad. Los de blanco y azul o gris deciden qué hora es. The Dead Flag Blues- Godspeed You! Black Emperor suena una y otra vez. Como si la radio fuese vieja, como si no existiese otro tema. Puedo recomendarle varios, pero no me dejan. Ni siquiera puedo hablar. Ando enmudecido y enardecido. Mi propio cuerpo me devora y ensordece. La música y la luz se apagan de repente, mis ojos se caen, todo se ennegrece y no puedo sino dormirme profundamente en contra del deseo.

De nuevo.

Ahí hay alguien que me mira.

Subordinado a ese otro que desconozco y no me queda más que la espera de que algún día yo también pueda rajar y ser el que mira, y no el otro.

Inédito. Mara Luft, es profesora de Letras, egresada de la UNaM. Blog de la autora: Rizoma.

Mara Luft

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