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Y si no, te dejo

domingo 27 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
Y si no, te dejo

Hace dos horas que el Avelino está encerrado en esa habitación. ¿Qué le habrá pasado?, se pregunta su mujer. Raro, porque hace un rato, ¡por fin! le trajo un poco de provista y algo de plata. Es que la situación no da para más. Ella sabe que todo está difícil, pero si no se ponía dura, firme, iban a comerse la cotonina del catre. Una semana a reviro, ya llevaban. Y no es tanto por ella, que aguanta, es por el Negrito. Tiene miedo de que se enferme, y ahí sí, jura que lo deja ¡Claro que no le hace gracia volver a la chacra, bah! al monte, al rancho de su padre ahora concubinado con otra mujer.

¡Pensar que cuando lo conoció al Avelino...!

Guarda el azúcar, el aceite y la harina en el estante. Ya se le pasará. Seguro que se peleó con los compañeros de la obra. Guarda también los ciento sesenta pesos adentro de la Biblia que le regaló un pastor para que leyera todos los días un poquito. ¡ Qué iba a leer! Ni tiempo. Ni ganas tampoco, cosas que no entiende. Si sólo fue hasta tercer grado, después hubo que ayudar en la cosecha. El maestro vino a buscarla, sí. Pero el padre se plantó: ¨¿Y usted va a venir a cargar el tabaco antes que llueva ?- así dijo.

Al Avelino lo conoció en el baile de la Cooperativa.

¡Cómo tuvo que hacer mérito para que el viejo la dejara ir! Y a escondidas, en la casa de sus primas mayores, se pintó los ojos y los labios. El había venido acompañando a los músicos, dos guitarreros y uno que tocaba el acordeón. Y una corriente, un chicotazo le corrió por la espalda cuando él la apretó bien para bailar un chamamé. Nunca se sintió tan agitada, ni tan protegida, dentro de esos brazos fuertes, pegada a la camisa con olor a hombre. El la besó al terminar el baile. Y le hizo unas caricias que la ponen colorada al recordar.

¿Y si le ofrece un mate? Yerba queda, de la que trajo el compadre. Abre la puerta despacio, y a pesar de eso chirria. El Avelino está sentado en la misma posición, con la cabeza entre las manos. Ni se percata de su presencia. Ella siente como una mano fría estrujándole el corazón. Como un presentimiento de desgracia.

¡Cruz diablo! Y se santigua. Cierra la puerta y resuelve esperar. Mientras, recuerda. El día en que vino a buscarla, en la chatita de un amigo.  Nos casamos, le dijo al padre. Ella espiaba desde la cocina, con miedo. Capaz el viejo lo sacaba a patadas. Pero no. Lo hizo pasar, charlaron y finalmente les dio su bendición.

¡Y se vino a vivir a la Capital! Claro, en ese barrio no era lo que hubiese deseado, pero le dijo esperá, ya voy a conseguir una casita más cerca del alumbrado, por lo menos. Por ahora aguantá. Y aguantó cinco años sin decir nada. Mientras, nació el Negrito. Morocho subido les salió. Y eso que ella es casi rubia. Bueno, rubia no. Rapadura. Pelo claro, piel oscura. Él le dijo que seguro por un abuelo caboclo, venido del Brasil.

Tiene ganas de acercarse y hacerle mimos en el pelo. Ya sabe cómo terminan esos mimos. Y bueno ¡Tiene ganas! Últimamente ni se tocaban, tan mal andaban las cosas. Pero no porque no se quisieran. Era que el dinero no alcanzaba para nada. El volvía con las manos vacías. ¡Cómo puede ser, le decía ella, si trabajás, te tienen que pagar! Hasta pensó que a lo mejor, otra mujer le sacaba los pocos pesos. Y él cada vez más serio; cada vez más malhumorado. Hasta le pegó al Negrito, nunca lo había hecho. Fue cuando ella le gritó: ¡o traés plata a la casa o sinó, te dejo! Y por unas cuantas noches durmió en la cocina, sobre el piso y una frazada. ¿Qué se creía? Iba a mantenerse firme. A ella no le iba a pasar lo que a la vecina, que primero le macaneó, después al marido lo vieron con otra; ella lo perdonó y terminó sirviendo en otras casas para alimentar a los chicos, mientras “el señor “ venía cuando quería y hasta decían por ahí que tenía otra familia.  ¡Eso sí que no !

Mejor prepara mate y se lo lleva.

Cuando abre por segunda vez la puerta, el Avelino levanta sus ojos. ¡Está llorando! Y paralizada escucha su confesión:

Yo no quería...yo no sé qué me pasó. ¡Justo a mí, que nunca tuve suerte! Pero esta mañana el dueño de la obra nos reunió y dijo muchachos, tengo que suspender la construcción. No me alcanza la guita. Así dijo, no me alcanza. ¿Y a nosotros? ¿Acaso a nosotros nos sobra? No voy a poder pagarles la quincena. No pude cobrar. Vengan dentro de un mes. Un mes, ¡te das cuenta!  ¿Y qué te traía para la olla? Todos cerramos los puños. Al compadre, que tiene la mujer por parir, le comenzó a saltar la vena del cuello. El patrón nos miró con miedo. Lo siento muchachos, yo no tengo la culpa, los negocios van mal... pero les prometo... ¡Yo estoy harto de promesas, flaquita! Salí a la calle y me cruzo con un altoparlante que gritaba por una Argentina mejor, por nuestros hijos... ¡La puta que te parió! le grité‚ ¡me tienen podrido! Ustedes y los demás. A mí me llenan el estómago y después háblenme de política. Y justo allí, en la calle, encontré el cortaplumas. Lindo, fino. Funcionaba bien. Y después anduve de obra en obra, viendo alguna changa, pero nada. Me miraban en silencio...No hay, chamigo. Y yo con cada vez más bronca. Me hubiera agarrado a las trompadas con cualquiera, con tal de descargarme. Y me fui al Barrio Pam, para qué; para no volver a casa con las manos vacías. Los viejitos estaban cobrando su pensión. Y entonces...no sé qué me dio. Me volví loco, seguro. Yo lo vi a Don Gamarra en la cola. Él no tiene familia que alimentar. Y dicen que un hijo le trae provista, siempre.

¡Te juro, flaca, no era mi intención! Pero lo seguí y entró a su casa. Capaz que le pedía prestado. No sabía bien qué iba a hacer. Él a lo mejor no necesitaba tanto como yo. Tenía miedo de que me dejaras, flaca. Vos me dijiste: y si no, te dejo. El viejo se asustó, se puso a gritar, yo tenía el cortaplumas...Te juro, flaca, no fui yo. No era yo. qué‚ hice, flaquita, decime...¡qué‚ hice!

El relato es parte del libro Pombero en el maizal y otros cuentos. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

Ilustración: Hombre, colección de dibujos del escritor Franz Kafka

Rosita Escalada Salvo

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