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El Sultán, nos recordó a Carlitos

domingo 20 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
 El Sultán, nos recordó a Carlitos

El hombre en el campo parece ignorar las perturbaciones que suele manifestar la ansiedad, despreocupándose por la seguridad de la casa que habita y de los miembros de la familia, pero a veces la confianza se trasforma en miedo. En esos sitios alejados del ruido de la ciudad, el ser humano duerme sin protección, y de esta forma se configura su existencia entrelazada con esa realidad. Con los primeros rayos que se despuntan desde el horizonte, la ansiada claridad, el astro se manifiesta con todo su fulgor, y desde ese momento, parece ponerse de pie, sin mayores rodeos la majestuosa existencia inserta en la tierra.

El terror se apodera a veces de la inconmensurable tranquilidad que como de costumbre se pronuncia habitualmente, la tenue luz de la luna, estaba cayendo laxamente sobre los campos, hasta que la oscuridad se apoderó del mundo, un manojo de oscuras nubes comenzaron a cubrirla, y luego de la cena tempranera, como es costumbre, y en esa mezquina realidad, no hay mucho por hacer, salvo dirigirse lentamente hacia la cama, tratar de dormirse temprano, porque el día siguiente se debe enfrentar la faena diaria, y el físico debe encontrarse renovado.

Cerca de la medianoche, cuando ya todos dormían y la lámpara de luz estaba apagada, el silencio fue perturbado por sonidos provenientes de la oscuridad, fue cuando los habitantes de la casa agudizando los sentidos, y sorprendidos, tomaron conciencia de la realidad que los sometía en ese momento, donde inmersos en un espacio y tiempo establecido desde otro universo, distinto al que alberga diariamente. El jefe de familia, con su ojo vigía, pudo detectar que en el extenso terruño y en el profundo silencio, en medio de una oscuridad que estremecía, y el poco brillo que se filtraba de la luna, sólo detectaba los ojos inquietos del sultán, este se trasladaba sin control, de un lado al otro por los alrededores de la casa, emitiendo secos ladridos.

Cerca de la una de la madrugada el sultán seguía corriendo como loco hacía los fondos del amplio patio, desaforado, saltaba el alambrado y se dirigía hacia el campo entre los maíces sembrados, durante un largo rato se perdía entre la cerrada oscuridad y luego volvía, saltaba la cerca y observaba como un eficiente vigía hacia la lontananza del campo. La noche resistía valientemente y de forma contundente, parecía no tener intenciones de inclinarse hacia su deceso. Por momentos el frío les corría por la espina dorsal a cada uno de los integrantes de la familia, todos ellos ya despiertos y en vigilia, olvidaron por momentos de sus propias vidas por el temor que les abrigaba y comenzaban a comunicarse por señas. Fue la noche más larga que han vivido, fueron horas aciagas y de desconsuelo, según llegaron a contarnos, apretaban los dientes, si alguien hubiera entrado a la vivienda, no poseían armas con que defenderse, salvo palos o cuchillos de cocina. Así transitaron esa noche, colmada de miedo, sólo pudieron respirar tranquilos cuando volvió la luz del amanecer de un nuevo día, cobijados por la tranquilidad que había escaseado durante toda la noche anterior. 

Al comentarle a mi hermano sobre este suceso, me devolvía la imagen de Carlitos, cuando una noche también lejana en el tiempo, donde mi viejo se había levantado porque ocurrieron cosas extrañas en aquella noche de mi infancia, también en el campo, oían ruidos extraños, mi viejo se levantó y con la linterna en una mano, y en la otra la Beretta del doce, salió al patio a enfrentar cualquier malviviente que pudiera encontrarse invadiendo la armonía de la noche. Obviamente habían sido los perros, o alguna comadreja, o la simple imaginación alterada. Al otro día del evento, le habíamos preguntado a él, a Carlitos, si había escuchado algo, y con total naturalidad, comentó que no.

Un personaje de los más pintorescos, enlazado con mi infancia, donde la historia del Sultán me remitía a él. Esta realidad que se desnuda ahora ante el paso de los años, vivido en otro rincón de este grandioso país, mientras le comentaba a mi hermano, como a veces las historias quedan relegadas en algún rincón de mi memoria. Tenía su propia vivienda en Plaza Lisandro, pueblo que se encuentra a kilómetros de Estación Lisandro, donde faltan habitantes y desarrollo comercial e industrial, para que llegue a ser ciudad, igualmente son dos pueblos pintorescos y llenos de vida; aunque se sabía de grandes entuertos, infidelidades, chismes que duplicaban a veces el infortunio. En la Plaza, como le decían sus habitantes, residía Carlitos, y muchas veces con su poca inteligencia pronunciaba grandes verdades, haciendo correr de forma instantánea aquello que sus oídos escuchaban, sus pobladores debían cuidarse mucho, en comentar situaciones delicadas, donde su oído podía detectar algo que le interesara, porque no sólo que desparramaba hechos o situaciones, sino que a veces las trasmitía según las entendía.

Incansable viajero por los campos de la zona, vivía recorriendo con lo único que disponía, sus dos piernas, trasladándose de casa en casa entre los colonos del lugar. El conocía todos los campos de la colonia, por lo tanto, desarrollaba su itinerario a medida que avanzaba, iba pernoctando en distintas casas, en aquellas que le daban de comer y algún galpón con un catre o sino en el suelo mismo con bolsas bien mullidas pasaba la noche. Esto lo realizaba más bien en primavera hasta el otoño, durante el invierno se guarecía en su casa de Plaza Lisandro, la misma estaba usurpada por varios habitantes, también con necesidades como él, pero su habitación era intocable, el trato era de no invadirla, ni ante su ausencia.

En otros tiempos y en casi todas las localidades del interior existían esos trashumantes, eran el terror de los niños debido a su aspecto, en muchos casos andrajosos, pero Carlitos dentro de lo posible, mantenía cierta higiene. Recuerdo mi viejo lo afeitaba y bañaba cuando pasaba por casa. Se presentaba en las casas y preguntaba si podía quedarse dos o tres días, mientras les recompensaba con barrer el patio, o llevar agua a las gallinas, diferentes trabajos livianos que podía realizar debido a su edad. Nosotros teníamos el honor de ser frecuentado por él, porque sabía dónde ir, mientras realizaba sus recorridas, había lugares que desviaba, justamente por no ser bien tratado, o debido a que ignoraban sus necesidades.

Solía realizar sus recorridos con un cayado y dos o tres perros que por alguna casa se los regalaban, una forma de decir, al desear deshacerse de ellos, por varios motivos porque eran traviesos, o corrían a las gallinas, y él no tenía ningún problema mientras lo siguiesen podían ser veinte, de algún lado obtendrían el alimento para subsistir como pasaba con su pobre alma y cuerpo en pena. Les hablaba como si fueran su familia, tenían un nombre cada uno de ellos y cosa increíble lo obedecían de buena manera.

Todos los colonos que lo apreciaban, sobre todo su alma bonachona, pero no se tenía que enojar, porque era muy capaz de largar una cadena interminable de insultos y después abandonaba el lugar.

Un día, y de esto hace varios años, lo encontraron muerto a orillas del camino, recostado sobre la cuneta que forman las máquinas que alisan la tierra, y hacerlos transitables. Fue un gran pesar en aquellos que alguna vez su alma y su forma de encarar la vida nos había conmovido, embargaba una profunda pena en la zona. Allí lo encontró la muerte, sus perros lo rodeaban y ladraban al lado de su cuerpo como queriendo que se despierte, pero ya se encontraba tieso por las horas transcurridas, desarreglado y muy desmejorado. Algún colono misericordioso como el buen samaritano, lo levantó y en la chata de la camioneta lo llevo al pueblo. Así vivió Carlitos, honrando su libertad y ha transitado en mi tiempo de infancia, y lo ha hecho por los mismos lugares que yo he frecuentado.

Inédito. Giordano es autor de los libros A tientas y letras, Descarne, Relatos inconexos y Nunca más será hoy de reciente publicación

Heraldo Giordano

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