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El saco marrón

domingo 13 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
El saco marrón

Prendió el último botón y se miró en el viejo y manchado espejo de la tienda. Primero fue una observación de frente y luego, escondiendo el abdomen, una mirada de perfil. Sintió agrado por cómo le quedaba. El saco le asentaba perfecto y no dudó más.

- ¿Lo lleva? - preguntó la mujer que atendía la feria de ropas usadas.

- No se va arrepentir, está a buen precio y le queda muy bien. Lo dejaron la semana pasada para su venta.

El hombre intentó regatear el precio mostrándole un hueco en el bolsillo derecho y una mancha en la parte interna, nada importante, pero era una buena excusa para lograr un pequeño descuento.

- ¿Lo lleva puesto o quiere que se lo envuelva?, ha realizado una buena compra y parece hecho para usted.

Y se lo dejó puesto.

Infló el pecho y muy erguido se alejó por la vereda repleta de gente que iba y venía.

Sintió las miradas femeninas, respiró hondo y sonrió, hacía tanto que no se sentía tan bien... ¿Sería la prestancia que le daba el saco?

Ya en su departamento lo colgó para que no se arrugue. Pensó que lo mejor era llevar a la tintorería y de paso solicitar que arreglen el bolsillo.

Era el saco que siempre quiso tener, marrón con líneas más oscuras que conformaban un discreto cuadriculado.

Por eso, al retirarlo, se alegró cuando el tintorero le regaló una funda de protección para colgarlo o trasladarlo sin que se arrugara.

Le sorprendió cuando este le pasó un pequeño papel.

- Estaba en su saco, había caído por el hueco del bolsillo, quedando entre la tela y el forro – le comentó el tintorero.

En el papel, escrito con letra temblorosa, había una dirección con un pedido: “Por favor, no dejes de ir, preguntá por Esteban”.

Guardó el papel sin darle mucha importancia y regresó feliz con su saco, que aunque usado, había quedado como nuevo.

Por la noche de ese sábado lo usaría cuando fuese a misa y luego vería qué hacer. Igualmente no tenía dinero como para imaginar un programa distinto.

¡Qué seguridad sentía al usar el saco! ¿Por qué no lo habría encontrado antes?

Apenas salió de la iglesia, donde había rezado por el dueño del saco, sintió algo extraño. Una fuerza lo impulsaba y lo llevaba sin permitirle pensar. De pronto, sin proponérselo, se encontró en un restaurant importante ordenando la cena. Mientras degustaba un Malbec recordó que no tenía dinero. ¡Qué vergüenza! Sería el hazmerreír de los demás comensales que compartían el lugar.

Cuando el mozo le trajo la cuenta trató de actuar con la mayor naturalidad.

A sabiendas que no tenía nada, introdujo la mano en el bolsillo para buscar una inexistente billetera y solo percibió un papel... ¿Un papel?, No sabía que allí había un papel. Lo sacó y quedó estupefacto.

- ¿Le pasa algo, Señor? - le dijo el mozo.

- No, no... - mientras observaba un billete de cien dólares que tenía en la mano.

No lo podía creer. Le preguntó si podía pagarlo con ese billete pues había olvidado la billetera.

- Podés quedarte con el cambio. - continuó.

Era increíble lo que había sucedido.

Apenas se retiró del restaurante y caminó unos pasos con la intención de volver a su departamento, nuevamente sintió como si alguien lo llevara del brazo haciéndolo cambiar el rumbo.

Esta vez reaccionó al encontrarse sentado en un banco del centro de la plaza, donde gente de la calle se preparaba para pasar la noche.

Una mujer con un niño en brazos y otro de su mano se le acercó y con una débil voz le preguntó:

- Señor: ¿Tiene unas monedas para dar? Tenemos hambre... todos aquí tenemos hambre.

Cuando le quiso explicar y mostrar sus bolsillos vacíos, una nueva sorpresa, otro billete salió entre sus dedos.

A la mujer se le iluminaron los ojos.

En el carrito de la esquina pidieron choripanes y esa noche todos los habitantes de la plaza cenaron, bailaron y rieron, mientras aplaudían al inesperado benefactor y coreaban un nombre: ¡Gracias, Esteban! ¡Gracias, Esteban!

¿Esteban?... Él no se llamaba Esteban... ¿Que estaba sucediendo?...

Mientras ellos festejaban se fue alejando del bullicio. Ya no sentía la fuerza que lo había llevado hasta allí. Desconcertado por las situaciones vividas se encaminó a su casa.

Antes de quitarse el saco, volvió a revisar los bolsillos, pero estaban vacíos.

Al acostarse recordó el papel que le había dado el tintorero... Allí, aparecía el nombre de Esteban. ¿Quién era Esteban? ¿Por qué coreaban ese nombre en la plaza? ¿Y el misterioso dinero que apareció en los bolsillos del saco?

Todo resultaba muy raro.

A la tarde del día siguiente tomó el papel y se dirigió al lugar que decía la dirección.

En ese lugar había un hogar para ancianos.

¿Será aquí? - Se preguntó. No iba a quedarse con la incógnita por lo que llamó a la puerta.

Una señora con uniforme blanco abrió la puerta.

- Buenas tardes... ¿Vive aquí Esteban?

- Pase. Lo estuvo esperando hasta lo último.

- ¿Hasta lo último? ¿Pasó algo?

Y con voz pausada la mujer le contó.

Don Esteban fue un hombre de mucho dinero y muy generoso, muchas veces salía y regalaba cosas a la gente humilde. Por eso y para que no gaste todo su dinero, fue internado aquí por su familia y se quedaron con todas sus pertenencias. Vendieron sus cosas y él sufría mucho por ello. Hace unos días me pidió que lleve su saco para que una buena persona lo aproveche ya que significaba mucho para él.

Esperaba que usted venga. Ayer se puso mal y por la noche falleció. En sus últimos momentos tenía una asombrosa alegría en el rostro. Cerca de media noche, me miró y balbuceó: “Está en buenas manos” y cerró sus ojos para siempre.

 

Inédito. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes. Libros: “Cuentos y relatos que dejan huellas” – Editorial “Ediciones Misioneras” – Septiembre 2021 y “Ramos Generales: Mboyeré”, editado en 2020.

José Pereyra

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