sábado 10 de junio de 2023
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Old Tom gin and whisky

domingo 13 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
Old Tom gin and whisky

Estoy en el bar del pueblito. Salgo del monte una vez por semana: los sábados. Necesito civilización; ésta está en la mentalidad de las gentes; me canso de vivir entre salvajes. He venido a caballo. Visto bombachas y botas, y llevo al cinto un revólver. Sentado a la mesa junto a una ventana miro en occidente el enorme disco del sol rojo y achatado por la refracción.

Todo anda mal. Misiones sufre. La verba no vale nada, y la sequía de este año ha estropeado las plantaciones; muchos yerbateros han preferido no cosechar. Ya no se le puede llamar oro verde a la yerba. Pero ¡bah! qué importa, nadie se morirá por eso, y ni siquiera cambiará el aspecto de las cosas ni el carácter de las gentes. El señor Gutiérrez, por ejemplo, no dejará de ser el tonto que ha sido siempre y continuará equivocándose con todo el mundo como se equivocó conmigo. ¿Pero qué importa la amistad de un tonto? Cree que le seduje la hija. ¿Por qué no quiere creer que su hija se enamoró de mí, sin más complicaciones? Ni así estaría acertado. La deshonestidad de su entendimiento lo lleva a convencerse de lo que le resulta más cómodo a su orgullo. Y lo peor es que su digna heredera también me puso mala cara en cuanto me relegué al silencio para no armar un escándalo que solo a ella hubiera perjudicado. Gracias a Dios soy pacífico. ¿Y Jacinto Herrera? Ese también se ha enojado conmigo. No tiene un yerbal ni tiene una hija, pero tiene un amor propio y una vanidad estupendos. Yo lo adulé bastante, no satisfice su mayor placer, y así no necesita mi amistad. Otro que no me quiere, aunque me estima, es el escultor Céspedes. Tardé en pagarle un servicio desinteresado que me prestó hace poco. ¿Y la hermosa señora de Almeida? Mujer cortejada que yo no cortejé. Me detesta. Hasta la sensata viuda de González, doña Lina, me tiene entre ojos. No quiere creer que yo pueda ver el mundo tal como lo veo, que soy un farsante. Así es la crema de Cionaigsán. Los selectos no están de acuerdo con mis juegos de palabras ni con mi cristal óptico. Pero ¿qué importa? ¿Por qué habría de necesitar satisfacer mi vanidad con la aprobación de estas gentes que hace apenas un año yo no conocía? Este círculo tan limitado no encierra mis aspiraciones de gloria, y mi solaz cotidiano no estriba en la esgrima del flirteo ni en el duelo filosófico que habría de sostener con los sabios refugiados en estos andurriales. El mundo no se reduce a Cionaigsán: y a mí me interesa el mundo. Mi vanidad es más elevada, no se satisface con una migaja de pan. Suelo entretenerme observando el juego de pasiones que se desarrolla en el corazón de este pueblito, y más de una vez he tomado parte activa en él, pero su flujo y reflujo, sus altibajos, su vaivén, solo me rozan la piel. Mi espíritu, tranquilo, se inclina a la tolerancia y al perdón. Esto pienso mirando el coche de la familia Gutiérrez que pasa veloz frente al bar.

Aquel rojo y achatado sol que me distrajera ya se hundió en la noche, y empieza a afluir gente al bar como mariposas a la luz. Juez de paz, concejales, maestros, administradores de verbales, tienen aquí su punto de cita los días sábados, y suelen amanecer sobre el tapete verde o el tablero de ajedrez. Todos son amigos míos, amigos de bar, y me siento cómodo entre ellos. Desde mi mesa junto a la ventana veo llegar los coches cuyos faros hacen surgir calles y casas de las tinieblas. De pronto se detiene el camión cargado de gente que ríe y canta. Los reconozco por la voz: son mis antiguos compañeros del establecimiento “María Antonia”. Entran como una tromba y dominan con su algarabía. Sólo son siete u ocho pero vienen dispuestos a descargar sus fuerzas contenidas durante la semana. Mueven mesas, acercan sillas, hablan con los del bar de un extremo al otro del salón; Aguerrebere se apodera de la radio y repasa todas las estaciones produciendo una vertiginosa sucesión de silbidos, chirridos, voces cortadas de los speackers y estruendos sinfónicos; Crespi y Ferrario colocan concienzudamente las piezas sobre el tablero de ajedrez, mientras Andrade, Peruchi, Paladio y Batista se desafían a jugar al truco. Martignoni se sienta a mi mesa y pide Old Tom Gin.

El fresco de la noche se hace sentir, y Juanín, el viejo mozo, de pelo cano y sonrisa triste, cierra solícito ventanas y puertas, atendiendo a todo y a todos.

-¡Juanín, vermouth!

-¡Juanín, naipes y porotos!

-¡Juanín, whisky!

Y Juanín esto y Juanín aquello, Aguerrebere, con las manos en los verniers de la radio, se siente feliz paseando a través de la extensa gama de broadcastings cuyas resonancias estentóreas parece fueran a hacer reventar el salón cerrado. Entre las risas y las protestas contra el aparato ensordecedor se oyen entusiásticos “trucos” “retrucos jaques al rey, gritos de triunfo, y ruidos de vasos y botellas. Todo esto en medio de una atmósfera opaca, enrarecida por el humo que sale a chorros de todas las bocas. Martignoni llena mi vaso por segunda vez; está empeñado en alegrarme.

Aguerrebere sintoniza con un viejo tango y adopta una actitud meditativa, piensa en el lejano Buenos Aires que nunca ha visto. Y, aunque sus circunstancias son distintas, quizá sienta lo mismo que yo. La vaga evocación de esa gran ciudad que no hace mucho he dejado, empequeñece la escena y sus figuras se borran a la luz mortecina del minúsculo bar lleno de humo. Desaparece la importancia de todos esos muchachos bulliciosos, amigos del momento; las mujeres y los hombres del pueblo pierden consistencia, se esfuman, y a Irma, a doña Lina a la de Almeida, a todas, las hundo en las tinieblas de un pasado que olvidé. Ya no escucho el tango, éste también pierde la importancia que le concedí un instante; y termino por no saber en qué punto del universo colocar la visión de mi esperanza.

Me siento solo y desamparado; lo que me rodea no existe, y fuera de ello no hay nada tampoco. Martignoni me llena el vaso de gin por tercera vez; su transparencia inmaculada me gusta, y tiene una fuerza de 39 grados.

En el grupo del tapete arrecia el entusiasmo:

- Flor y truco!

-¡Quiero y retruco!

¡Quiero y vale cuatro!!

Y la lucha se resuelve en pullas y carcajadas.

-Jaque, - dice Crespi con una sonrisa triunfal.

-Y mate -murmura Ferrario con los ojos muy abiertos clavados en su rey muerto.

Me paso la mano por la cara y la alteración del tacto me hace la impresión de tocar una cara ajena. Es fuerte el gin. Se oyen nuevos desafíos y se reanudan los juegos. Mi compañero Martignoni se aburre de mi silencio expectante y va a mezclarse con los otros. Yo soy un estúpido, sí, un imbécil. ¿Para qué vine al bar? ¡Para filosofar! ¡Qué pavada! La verdad es que si ellos no son nada para mí, yo no soy nada para ellos; y si cualquier lugar del mundo es lo mismo para mí, yo soy el centro del mundo; entonces no puede haber otra cosa más importante que lo que me rodea, y según su importancia es mi propia importancia, así que ésta depende de mi voluntad.

Abandono mi mesa y me acerco a los jugadores de truco. Camino con la conciencia de que lo hago, tengo que manejar mis piernas; y cuando hablo pienso en mis labios y en la articulación. Es fuerte el Old Tom Gin. Sí, hasta mí mismo gato barcino tiene su importancia en la soledad de mi rancho. Estos muchachos ruidosos son amigos míos, y valen; cada uno esconde un mundo. La atmósfera turbia que ahora los envuelve no debe simbolizar nada. Lo turbio está afuera, corre por las calles y las casas, la envuelve a Irma, y a la de Almeida, y a Lina y a Herrera, y a sus familias, y a todos. Sí, esto es importante, o debe importarme. Y lo que está mal hay que arreglarlo. ¡Hay que arreglarlo! Se me va la mano y asesto un puñetazo sobre el platillo de los porotos, éstos vuelan.

-¡Eh! ¡Bárbaro! ¡Eh! ¡Eh! – gritan los jugadores.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?

-Me pasa que estoy contento -contesto, con ánimo de discutir, y no encuentro razón para reprimirme, ¡qué diablos!

-Vení para acá -me dice Martignoni a tiempo que me toma del brazo y me lleva hacia la mesa de Crespi y Ferrario.

- Veamos quién va a dar mate a quién.

A mí me parece que él está más mareado que yo.

Los ajedrecistas nos convidan con whisky.

— ¡Juanín, dos vasos! Minutos después Martignoni insiste en demostrarme que a pesar de la mezcla explosiva de gin y whisky él puede hacer el “cuatro”; mientras yo, con una revolución en el cerebro, me doy clarísima cuenta de que tengo que arreglar el mundo, adquiero la plena conciencia de ello. Conozco la psicología de las multitudes y eso bastará para asegurarme el éxito. Hay que levantar el precio de la verba y salvar a Misiones. ¿Por qué no he de poder hacerlo si quiero? Y en Cionaigsán hay muchas cosas que arreglar. Esta señora de Almeida me revienta; pues me detesta porque no le hice la corte, y trata de justificar su actitud acusándome de haberme tirado el lance con ella Dios sabe en qué ocasión.

¿Y doña Lina? No cree en las cosas que le digo, dice que soy un farsante, ¿es posible? A ésta la arreglaré también. ¿E Irma? A Irma tengo que refrescarle la memoria, a las buenas o a las malas, y a los miembros de su familia tengo que enseñarles a no calumniar a quien los ha defendido siempre. Sí, señor, el mundo anda mal porque no hay un valiente que corrija a estos cobardes. Pero el valiente está aquí.

- ¡Sí, señor, un valiente! — exclamo, y de un puñetazo sobre el tablero de ajedrez hago volar las piezas.

Crespi se encrespa y grita, pero Ferrario me agradece con los ojos el haberlo salvado de una nueva derrota. Yo me levanto y noto que camino bien. Martignoni está bailando con Aguerrebere una polka paraguaya, y los otros continúan entusiasmados jugando al truco llenos de humo y alcohol.

Me dirijo a la puerta con pasos bien pensados y abandono el bar.

La noche está obscura, no hay luna. Las pocas luces rojizas de algunas ventanas abiertas me guían por el medio de la calle. Me asombro de lo bien que camino; tropiezo pero no me caigo. Voy a lo de Irma, estoy resuelto a poner las cosas en su lugar, ¿qué se ha creído el señor Gutiérrez? Después iré a otras casas y arreglaré a los demás. Empiezo por lo más fácil.

Llego al fin. A diez metros del cerco está la casa. Por la ventana abierta del comedor veo a la familia en pleno, está de sobremesa. Franqueo el cerco sin llamar y entro hasta el comedor:

-¡Nadie se mueva!

Parálisis general. Doña Juana abre asombrosamente los ojos y la boca, pero la cierra en cuanto me llevo un dedo a los labios en un gesto imperioso y digo:

- ¡Pts! No es necesario hablar.

Me tiemblan las manos y la voz. A Irma se trasluce el terror en sus ojos claros; adivino que me cree enloquecido. El señor Gutiérrez prudentemente no atina a nada. Los demás continúan atónitos.

-¡Vengo a poner las cosas en su lugar! - prosigo, en actitud agresiva, con los cabellos revueltos y las manos crispadas.

- ¡No acepto medias tintas! ¡Somos amigos o enemigos!... ¡Y aquí estoy para arreglar esto! ¡Y para hacerle saber, señor cobarde, que usted es incapaz de juzgarme a mí! Y usted, señorita...

-¡Salga de aquí inmediatamente! — me grita el hijo mayor levantándose pálido de ira. El señor Gutiérrez lo imita:

—¡Sí, váyase! ¡Borracho insolente: - y avanza hacia mí.

No debo retroceder ni debo ser brutal. Saco el revólver y ¡pim! y ¡pam! En el pequeño comedor las explosiones son fantásticas, parece que se rompe todo. Doña Juana lanza un alarido y cae desmayada, los hombres retroceden volteando sillas y el señor Gutiérrez se mete debajo de la mesa.

Las balas salieron por los vidrios de una ventana. Sigue un silencio terrible.

Oigo las respiraciones angustiosas y siento el corazón que me salta. A través del humo de la pólvora distingo los claros ojos de Irma inmensamente abiertos en una súplica dolorosa. Los estampidos me llamaron un poco a la realidad. Ahora no sé qué hacer. Estoy con el revólver en la mano ante un mundo de mujeres y hombres aterrados. Esto es ridículo; hay que terminar de cualquier modo:

- ¡Los voy a matar a todos — les grito, - si me calumnian otra vez! ¡Es innoble acusar para defenderse! ¡No soy un seductor! ¡Y no he engañado jamás a nadie! ¡Y usted, Irma...!

Un enorme peso me cae encima, el cielo se desploma, y al instante me trabo en lucha con dos policías y la familia envalentonada. Se arma un escándalo descomunal completamente imprevisto; por instinto me defiendo: reparto puñetazos, salto, grito, pateo, me revuelvo, hasta que un golpe en la cabeza me hace pensar que es mejor quedarse quieto. En un segundo soy llevado a la calle y sumergido en la noche tranquila.

Dos férreas manos me sostienen a ambos lados. Voy andando. Tengo sed y me duele la cabeza. Mi imaginación es un torbellino. Pienso que no se puede arreglar el mundo. ¡Que se vaya al diablo todo! Y no hay duda de que soy el centro del universo. Y la vida es así: hay que darle importancia para poder vivirla. Gin y whisky y un par de tiros y ya está, se mueve todo; y eso es vida: el movimiento. Hasta el vigilante adquiere importancia.

Tendré que pagar los vidrios rotos en lo de Gutiérrez: dos pesos ¡Qué susto se llevó! Mañana iré a asustar a otros; es el remedio. Antes yo era un imbécil, un pacífico; ahora... ¡por la razón o por la fuerza!, y la gente aprenderá a no decir negro cuando es blanco. ¿Y mis amigos? Siguen en el bar. Bailan. ¡Truco, retruco! Martignoni está borracho: hace el “cuatro”. Se mueven. Viven. ¡Son unos bochincheros!

Llego a la comisaría. Entro en un cuarto sucio y me acuesto sobre un montón de paja. ¡Uf!, me duele la cabeza: tengo un chichón. Veo remolinos de humo, whisky, tangos, trucos, mujeres, gritos, peleas, tiros, escándalo.

Estoy mareado... Tengo sueño... Buenas noches señor vigilante...

 

El relato es parte del libro Alto Paraná. Dras publicó Aguas turbias, Apuntes del Alto Paraná (1939) y Tras la loca fortuna (1940), entre otros. Germán Laferrere, su nombre verdadero, residió en la zona San Ignacio varios años.

Germán Dras

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