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La quiebra del silencio

domingo 06 de noviembre de 2022 | 6:00hs.
La quiebra del silencio

Empezaba a caer la noche sobre el pueblo. De la iglesia salía el rumor del mujerío rezando el rosario. El centinela de la Comisaría dormitaba apoyado en su fusil y con la cara infantil casi escondida dentro de su casco de plástico. Las vacas dormitaban en la plaza, echadas sobre sus enormes panzas, y rumiando su vieja pereza.

En el taller y herrería de don Facundo, una linterna daba luz y otra luz más intensa, azul, se desprendía del soplete que soldaba hierros bajo un camión elevado sobre tacos de madera. En la Seccional, dos hombres jugaban a las damas, y el mayor movimiento estaba en el Bar Billar El Arribeño, cuyo orgullo era la mesa de billar recientemente adquirida, a esa hora bastante nutrida de jugadores y mirones. El silencio crepuscular hubiera sido completo si no fuera por el golpe de los maderos sobre las bolas del billar, y la lejana música de los altavoces del Club 15 de Junio, anunciando el baile y elección de reina del próximo sábado.

Entonces llegó el visitante.

Manejaba un automóvil azul lustroso, pero cubierto de polvo. Lo vieron detenerse en la posada, entrar, volver a salir a recoger unos bultos de la baulera del coche y regresar adentro. Poco después reapareció, se sentó al volante e introdujo en el patio el vehículo que estacionó debajo de un árbol.

Mucho más tarde, el oficial de patrulla llegó a la pensión y preguntó a don Segundo si había registrado los documentos del viajero. Azorado, el posadero confesó que se le había olvidado. Prometió que mañana a primera hora cumpliría con su deber administrativo.

-¿Es gringo? -preguntó el oficial.

-Parece -dudó el posadero-. Habla bien el castellano.

No agregó que aquel hombre, de pelo demasiado largo para su gusto, y con barba que bien mirada era bastante sospechosa, todo de extraño color cobre, hablaba bien el castellano, pero con voz lenta, pausada, pensada, «como si pensara en otro idioma y hablara el nuestro».

-¿Trajo equipaje?

-Una valija y un bulto -contestó el posadero.

-¿Bulto? ¿Dijiste bulto, don Segundo?

-Sí. Un bulto -lo pensó mejor- o una funda. O un estuche grande. -Y extendía los brazos y abría las palmas para indicar el tamaño del bulto, o la funda, o el estuche.

El oficial salió al patio, atravesando el comedor a esa hora desierto de clientes. Observó el automóvil debajo del árbol. Sonrió. En ese árbol dormían las gallinas, y el auto se estaba cubriendo de salpicones de mierda.

Regresó a la posada. Mirando pensativo al posadero.

-Así que un bulto... -habló como para sí.

-Bastante alargado -informó el posadero, que veía asomar una sospecha en los ojos del oficial e intuía que mejor era colaborar.

-¿Dónde está?

-En la pieza de arriba, con balcón.

El oficial subió las escaleras, tras hacer señas a los dos soldados de la patrulla que lo esperaran abajo. No le daría motivo al posadero, ni a nadie, para pensar que era un flojo. Golpeó la puerta, y esta se abrió enseguida. La gran flauta -pensó el oficial- parece Tarzán. El hombre con su cabello largo y su barba que parecía haber retenido la luz de la luna, estaba desnudo, salvo un calzoncillo anatómico. Alto y musculoso. Sonrió con mansedumbre.

-¿Señor?

-Quiero pasar.

El hombre se hizo a un lado, pasivo, sonriente, tenso como quien quiere paz con el mundo y consigo mismo. El comisario penetró en la habitación, donde había una lámpara encendida.

-¿Sus documentos?

El visitante asintió. Hurgó en un bolsón de mano que decía «Eastern» y sacó una libreta verdosa y se la pasó al oficial. El oficial la examinó a la luz de la lámpara. Carajo, en inglés. Empezó a hojear y vio sellos de distintos tonos de azul, de verde, y hasta de rojo que decían Tel Aviv, Hong Kong, París, Amsterdam, Tokio.

-Soy canadiense, señor -le ayudó el extraño.

-Ya vi eso -respondió el oficial, que realmente no había visto más que aquellos sellos-. Canadá. Mucho frío por allá -opinó, irritado de ser considerado un ignorante, y él conocía Canadá, porque había visto una película con trineos tirados por perros y con la gente que se hundía en la nieve hasta las rodillas.

Le devolvió el documento.

-Mañana se me anota abajo.

Dio un vistazo circular a la pequeña pieza. Allí estaba, negro, alargado, lustroso, el bulto, o funda...

Se tensó. Sin disimulo, soltó el broche de la pistolera.

-¡Siéntese en la cama!

-¿Cómo dice, señor? -no cesaba de sonreír.

-¡Que se siente en la cama!

-Sí señor -obediente, el atleta se sentó en la cama.

Cuidando de no dar la espalda a aquel hombre que mentalmente ya había bautizado Tarzán, el oficial se acercó a la mesa donde reposaba el bulto, o funda... o lo que fuera. Tenía un larguísimo cierre de cremallera, de uno a otro extremo. Comprobó que la empuñadura de su revólver estaba a mano, y de un tirón, corrió el cierre de la cremallera. Adentro era de un suave terciopelo rojo, y sobre el rojo, brillaba deslumbrante un instrumento musical.

-Es una trompeta -se oyó la voz modulada con cuidado que venía de la cama.

-Conozco lo que es una trompeta -respondió irritado el oficial-. ¿Es músico?

-Digamos que sí -el hombre sonreía.

El oficial extrajo el instrumento. Olvidó un poco su empaque de autoridad.

Aquel metal dorado era cálido, amistoso, perfecto y bello, pulido y suave, de carne de mujer aparecida en sueños, con cuatro botones de plata para una túnica de sonidos.

-Es lindo...-murmuró, y regresó la trompeta al estuche, y decidió marcharse.

Ya en la puerta se volvió.

-¿Hasta cuándo se queda?

-No sé.

Poco satisfecho con esta respuesta, descendió la escalera. Don Segundo lo miraba con miedo y curiosidad.

-Era una trompeta -le informó el oficial.

-¿Es norteamericano? -preguntó el posadero.

-De por ahí cerca.

Y se marchó a continuar su ronda nocturna, seguido por los dos soldados, enojado por el ruido que hacía uno de ellos cuando masticaba la galleta que llevaba en los bolsillos, que le impedía pensar en aquella cosa de carne de oro, dormida sobre terciopelo rojo, como debe dormir la Diosa de la Música -dudó- si la Música tiene Diosa.

-¡Sí señor, un bife grande con cuatro huevos fritos! No señor tocino no hay.

-No. Jugo de naranja no pero le puedo hacer jugo de pomelo, de allá del patio...

Sí, señor. Su auto está lleno de caca de gallina, señor.

El hombre sonreía despreocupado. Y comía. Y bueno, que se agarre un cólico cerrado, si quiere, y que su auto se llene de porquería esta noche. Y el posadero volvía a lo suyo.

El hombre terminó su desayuno y salió a caminar por el pueblo. En el Bar Billar alguien dijo que el gringo ese parece que tiene pila, le mira a uno y sonríe. Una vendedora en el mercado, de vieja a vieja, le murmuraba a otra que «O yoguaitépa Nuestro Señor Jesucristo pe». Y el rumor creció en el mercado, y se aposentó en las cocinas, paró las máquinas de coser, circuló entre las viejas que bajaban la voz en susurros reverenciales. El hombre se parece mucho a Nuestro Señor Jesucristo.

El golpeteo sobre los morteros de madera cesó y la molienda de maíz tuvo una pausa. En alguna olla de hierro el chicharrón se iba quemando, y la jalea de guayaba se pasaba de punto en los hervidores de cobre. Y un santo quedó sin su vela y un difunto sin su aniversario. El horno de barro sobre estacas perdía su calor acumulado. Corredores quedaron sin barrer, y las aguas del cántaro sin renovarse, y los huevos no fueron recogidos de los yuyales. Doña Luz, orgullosa de su blancura fue a visitar a su comadre y se olvidó de su sombrilla eterna. Don Servando se fue furioso al Establecimiento después del imperdonable mate frío que le sirvió ña Cayetana, con aire ausente y distraído.

Oyoguaitépa Jesucristo pe...Reían las jovencitas irreverentes y decían que Nuestro Señor no maneja autos y que el hombre era churro como en el cine, deseando más que nunca ser elegidas reinas del 15 de Junio.

El oficial, sentado en su Comisaría y con su deber de saberlo todo, no cesaba de pensar en el hombre aquel. Y en su trompeta. Con su instinto afinado de autoridad, parecía asomarse a una conclusión inquietante. Con la llegada de este hombre, algo estaba cambiando. O algo se estaba quebrando. Lo malo era que no sabía qué. Decidió no decirle nada al Comisario, porque al final de cuentas, no tenía nada que decirle. Pero la inquietud volvía. Había más gente por las calles. Más ruido y más ventanas abiertas en las casas. Y se hablaba más, como si el hombre hubiera hecho un agujero en viejos diques de silencio. Miró por la ventana, y hasta el cura había perdido su costumbre de estar ausente, porque se le veía pasear por la plaza, meditando, con las manos cruzadas sobre sus flacas nalgas.

Paseando, sin prisa, dándose tiempo a pensar más hondo.

Lo inesperado sucedió al caer la noche. El hombre salió de la posada con la trompeta en la mano. Cruzó la calle y penetró en la plaza, donde antes había pasto, que las vacas se habían comido, y un «parque infantil» con tobogán y hamacas que colgaban destrozados, pero sobrevivía un banco despintado, sobre el pedregullo suelto de lo que debió ser la Avenida de la Iglesia.

El hombre se sentó en el banco, se llevó la trompeta a los labios, y emitió un sonido áspero. Un chiquillo, valeroso, descalzo, y con mundos de inocencia en los grandes ojos abiertos se había acercado al músico. Él le sonrió, se levantó, hizo una reverencia y murmuró:

-Bienvenido al concierto.

Volvió a sentarse, y decía al chiquillo:

-El Réquiem, de Mozart.

Y después, agregó:

-Es música para los muertos.

Fue demasiado para el niño, que

huyó a llevar la noticia. El extraño tocaba para los muertos.

Entonces la música empezó, y el pueblo y las cosas y las personas quedaron detenidas en el tiempo. Un taco de billar quedó a medio camino.

En la Iglesia el rumor llegó apenas susurrado al «Ruega por nosotros, pecadores...» y se diluyó. El cura perdió el hilo de las cuentas del rosario.

Todo quedó pendiente del purísimo sonido del metal, el cielo y la tierra se volvieron música, y la música era un enorme lamento que era la suma de todos los lamentos por todos los muertos. Gentes se aproximaban, convergían en silenciosa, espectral procesión hacia aquella fuente de sonidos doloridos e impetuosos, y un círculo humano, respetuoso y silente, rodeaba al extraño, que tenía las mejillas rojas y los tendones del cuello tensos, y los ojos cerrados para mirar mundos más allá del mundo y oír silencios más allá del silencio de las estrellas del cielo.

Dentro de la iglesia, al rumor de los rezos reemplazó aquella vibración que rajaba el alma con puñales de cristal, para que las almas perdieran sus viejas cáscaras y se asomaran al borde de un abismo de luz de donde surgía una tentación de maravillas, y del conocimiento de la verdad última de lo sobrenatural. Ni el mismo cura escapó a la seducción, contenía la respiración e inspiraba de a poco, como si quisiera respirar la música que flotaba en el aire y se adueñaba de todo.

Manto espeso de dulce tragedia, resignación iluminada, peso funerario y triunfal al mismo tiempo, genio que no vence a la muerte pero la viste de majestad, el Réquiem de Mozart se abatió sobre aquella inocencia cruel y raigal del pueblecito perdido, y la mujer y el hombre, la anciana y la viuda, sintieron que sus muertos estaban allí, en medio de las sombras, respirándoles en la nuca un aire cálido de tristeza y salvación.

Terminó la música. Y un silencio más ensordecedor que todas las ovaciones de todos los teatros, premió al músico, que sonrió, hizo una reverencia y se alejó con su paso largo con rumbo a la posada.

La multitud no se dispersó, rodeando el banco vacío. Una anciana se santiguó. El Presidente de Seccional quiso decir «I porá», pero se le atragantó la palabra. Y el oficial se alejaba deprisa hacia la comisaría, bajando la visera de la gorra sobre los ojos, no sea que vieran que le corrían lágrimas, y más curioso que nunca de saber qué diablos estaba pasando en el pueblo.

El día siguiente, en la posada, el extraño comía en una mesita que pidió se colocara en el rincón más alejado. En otra mesa almorzaban el Presidente de la Seccional, el Juez de Paz y el Comisario, y en otra más alejada, un robusto chofer de camión ganadero con dos ayudantes, bulliciosos al principio, pero algo inquietos después al observar que el Comisario, el Juez y el Presidente hablaban en susurros, consideraron prudente hablar también ellos en susurros. En una cuarta mesa, el oficial que tenía delante sólo una botella de cerveza, se preguntaba por qué aquellos tres hombres llenos de poder hablaban con voces tan quedas. Y se hubiera reído si no fuera inconveniente cuando llegó a la conclusión de que la presencia del gringo los sobrecogía, como a él.

Poco después llegó el cura, se dirigió directamente a la mesa del extraño que estaba devorando su postre, una piña entera, y enjugándose la boca y la barba húmeda con la servilleta se puso respetuosamente de pie.

-Por favor, siéntese -pidió el cura.

-Usted primero, Padre.

El sacerdote se sentó frente al hombre, unió las manos sobre el mantel.

-Lo de anoche fue hermoso.

-Gracias, Padre.

-¿Piensa seguir tocando?

-No le entiendo, Padre. ¿Perdón?

El cura sonrió azorado.

-Perdóneme a mí. ¡Preguntar a un músico si seguirá tocando! Es tonto. La pregunta es si piensa seguir tocando en el mismo sitio y a la misma hora.

-¿Hora?

-Sí, hora.

El extraño iluminó su perpetua sonrisa.

-Perdone que me ría, Padre. Un médico, allá lejos me dijo que me olvide de la hora o me volveré loco. Por eso estoy aquí, el lugar más aproximado al lugar donde no existe el tiempo -rió-. El médico me decía que tengo el cerebro intoxicado de tiempo, y de prisas, y de relojes, y camarines y grandes telones de terciopelo.

El oficial, que no perdía palabra, se platicaba a sí mismo que el diagnóstico y la cura habían llegado tarde. El pueblo, su pueblo, un lugar donde no existe el tiempo. Locura.

-Entonces le diré de otra manera, señor -decía el cura- comprendo que usted toca, como... -No encontraba la idea.

-Como un acto de liberación, Padre. Toco cuando siento ansias de tocar.

Entonces, no me pregunte dónde y a qué hora.

-Entiendo, entiendo -decía el cura, que sólo entendía a medias- ¿Pero me aceptaría un ruego?

-Sí, Padre. ¿Qué?

-Si siente ganas de tocar a la hora en que mis feligreses rezan, por favor, aguante un poquito, hasta que terminen.

-Lo haré, Padre -contestó con humildad el músico.

El sacerdote se levantó, le estrechó la mano.

-Gracias. Es usted un buen hombre. Y un gran artista. -Soltó la mano del músico, hizo un ademán para marcharse, pareció vacilar, se volvió de nuevo al hombre y preguntó-. ¿Es usted católico?

-Creo en Dios, Padre.

-¿Qué Dios?

-No puedo describirlo, Padre. A veces veo su rostro reflejado en mi trompeta.

No es nada chistoso, se decía malhumorado el cura. ¿Se había burlado de él? ¡La cara de Dios en la trompeta! Regresó a la Iglesia.

Loco. Definitivamente loco, coincidió con él, sin saberlo, el oficial.

La tarde del mismo día, las rezadoras parecían distraídas, con el oído atento a los sonidos de afuera, y al cura no le sentó nada bien semejante conducta.

Entretanto, en la plaza, el círculo se iba macizando en torno al banco vacío, pero el músico no apareció ese anochecer, ni en el del siguiente, ni en el del siguiente.

Un sentimiento de vacío entristeció el corazón del pueblo, y al quinto día, ya no había gente esperando frente al banco de la plaza.

A los siete días, la rutina había vuelto, y más o menos los pocos que pudieron entender las explicaciones del oficial, también tuvieron una idea de la conducta del músico.

-Es un gran artista, pero tiene stress -explicaba el oficial, y callaba, esperando que esa palabra bárbara, stress, penetrara en las mentes de sus oyentes. Él conocía su significado, pues se lo había dicho el mismísimo cura-. Es una enfermedad de la cabeza -continuaba- de repente se piensa y de repente no. De repente se hace y de repente no se quiere hacer. El cerebro funciona medio caprichoso. Al hombre le da un ataque cuando ve un reloj -esto último lo había inventado por su cuenta, y después finalizaba con una sentencia inapelable-. Desde luego, todos los artistas son medio locos.

En los días siguientes, todo el mundo hablaba de «stress». La enfermera de Puesto de Salud aseguraba que era consecuencia de tomar demasiado pastillas. En plena sesión de la Seccional, el Consejero Honorario, de ochenta años, y que había perdido un ojo en 1947, decía que es como «una lepra del pensamiento». Su esposa, ña Emerenciana, oía las explicaciones y decía que el stress era como cuando el pombero toca a los perros, que amanecen enloquecidos, y aseguraba que al gringo seguro que le tocó el Demonio.

Llamó también la atención que desde la visita del sacerdote, el hombre se había encerrado en la pieza, donde el posadero le llevaba la comida. Y las almas supersticiosas pensaban que su demonio había quedado con miedo.

Todo empezó a renovarse cuando cerca de la medianoche, irrumpió el oficial en el Bar Billar, anunciando que el extraño estaba sentado en el banco de la plaza. Unos acudieron en tropel, otros fueron a despertar a sus mujeres. El cura se enojó cuando el sacristán le arrancó de su placentero sueño, pero se levantó y sin sotana, salió a la plaza. Cuando llegó, la concurrencia ya era numerosa, esperando, en silencio, mientras el músico, con la mirada perdida, pasaba una franela sobre el lustroso metal de la trompeta. Y todos lo notaron. La barba y el cabello mucho más crecidos, las mejillas antes lozanas, de un desvaído gris-rosado y los ojos hundidos, como si tuviera fiebre.

Pareció recobrar algo de su apostura entre inocente e irónica cuando se puso de pie, hizo una reverencia y murmuró:

-Bienvenidos al concierto -sonreía.

-No es su sonrisa de siempre -observó el oficial-. No sonríe, muerde la sonrisa.

-Louisiana -decía el músico-, tierra de algodones y de esclavos negros que soñaban con su perdida Patria africana. Querían lanzar a la cara de Dios su tristeza infinita. Y encendían fogatas en la noche y cantaban con lamentos de leones ciegos.

Hombres y mujeres asentían respetuosos. El sacerdote sintió un escalofrío.

Lamento de leones ciegos. La totalidad de la tristeza.

-Pero Dios, o sus dioses de troncos labrados no alcanzaban a escucharlos - continuaba el músico-. Y entonces un negro encontró una trompeta, bella como esta, sopló, y allí estaba el sonido para los oídos del cielo, o de todos los cielos que inventa el hombre para no perder la esperanza.

El oficial se preguntó si no era llanto lo que brillaba en los ojos del extraño.

-Damas y caballeros... -no tomó asiento. Tocó de pie, soplando con una energía inconcebible y girando, retorciendo el cuerpo esbelto, apuntando el instrumento al norte, al sur, al naciente y al poniente, al paraíso y al infierno, con esa poderosa protesta de almas múltiples y encadenadas, precipitando rebelión, ira, alegría que llama a una esperanza lejana. Y entonces cada hombre, cada mujer, anciana, viuda, niña, soldado y civil, sintieron suyos esa música, que hablaba un idioma que por fin había encontrado una traducción en cada soledad, en cada asfixia, en cada presentimiento de otro espacio donde el aire que se respira no es pecado sino límpido y puro.

El hombre terminó de tocar. Miró demudado cada rostro de la concurrencia, se sentó en el banco, y se echó a llorar como un niño, y la gente asistía al llanto con la misma reverencia con que había escuchado la música.

-Pobre hombre, merece consuelo -se dijo el oficial.

Pero el cura se había adelantado, pues ya estaba sentado al lado del músico, le pasaba un brazo protector sobre los hombros y le murmuraba que Dios tiene un consuelo para cada dolor y que debemos orar juntos y...

Pero el músico no pareció oír, se levantó y se dirigió a la pensión, con la trompeta brillando a la luz de la luna. Desde entonces, el músico no paró de tocar.

Siempre a medianoche, sin perder nunca su cortesía algo cínica, para el gusto del oficial, y con «esa cara que se muere cada día», según escribía el sacerdote en su cuaderno de notas, que alguna vez serían sus memorias.

Con un trozo de Carmen, de Bizet, incendió las almas varoniles y el oficial se vio así mismo a caballo y con armadura en un desfile triunfal, llevando en pos una ristra de cautivos encadenados.

Los pulmones se ensanchaban hasta una dimensión celeste y triunfal con Aida, de Verdi. Otra noche, los hombres entrevieron entre brumas azules como vapores de una nube caída, la silueta y el rostro de una mujer, suma de todas las mujeres y síntesis de todos los sueños, que se llamaba Leonora, cuya belleza inalcanzable había pintado con música un tal Beethoven, sordo, según el músico, que había dicho también que «hay que ser sordo a todos los sonidos para alcanzar el límite del verdadero sonido» (apuntes del sacerdote) que nadie entendió, pero todos presintieron que era una verdad absoluta.

-Me quebranta el hombre -decía el posadero-. Hace días que no come.

El oficial se preocupó. Había empezado a ¿respetar?, ¿querer?, ¿venerar?, al hombre extraño que desparramaba genio en el pueblo. Consultó con la enfermera del Puesto, que no supo darle una explicación satisfactoria. Y entonces coincidieron en opinar que todos los artistas son medio locos. O medio divinos, se dijo para sí el oficial, recordando alguna lectura olvidada.

A medianoche, a la hora exacta de medianoche, cosa rara en un enfermo de la cabeza que odiaba los relojes, colegía el oficial, ya se encaminaba el músico al banco de la plaza. Aquella puntualidad inquietó al soldado, como que la medianoche es la hora de los rituales misteriosos. Bah, cosas de películas de miedo.

Su público estaba esperando, un poco inquieto porque en el cielo pesaban nubes de tormenta, y relámpagos destellaban en el horizonte. El músico probó su instrumento disparando algunas notas. Después, tras la acostumbrada inclinación ante el público, anunció.

-La Marcha Fúnebre de Beethoven.

Lo de fúnebre no sentó bien a nadie. La noche era muy obscura, el cielo muy iracundo. La muerte parecía demasiado cerca. Pero el músico no se dio por enterado. Empezó a tocar. Y a caminar. Tocaba caminando al mismo ritmo que su música, cruzó frente a la Iglesia, encaró la calle, dobló en una esquina, después en otra. Era obvio ya que el concierto era para el pueblo, cuyas casas más importantes rodeaban la Iglesia. Tocaba aquella música estremecida, triste y marcial, como para la muerte de los héroes. Y su auditorio, compacto, silente, marchaba tras él, siguiendo el mismo paso, aterrado por esa apertura de las puertas de un más allá temido. El cura no se sumó al auditorio caminante. Es una procesión malsana bajo las iras del cielo -se decía-. Es una procesión de la muerte. Y se sobrecogía cuando estallaba el trueno como un enojo de Dios, pero oh fuerzas diabólicas, la música era más que el trueno. Un trueno interior germinando en el silencio de los sepulcros. La lluvia cayó torrencial y la procesión se dispersó, pero el músico siguió tocando, y de la trompeta salía un gran gorgoteo de agonía. El cura se hizo la señal de la cruz y corrió a refugiarse en la Iglesia, y allí estuvo hasta que la música cesó, ahogada por el torrente que caía de las alturas.

Lo encontraron muerto en la mañana mojada de lluvia e iluminada por un sol lavado. Fue simple, prosaico, siniestro. Había puesto en marcha el motor de su automóvil, conectó una manguera al escape, cerró las ventanillas y aspiró muerte hasta morir.

El oficial encontró dinero -dólares- en el equipaje, y se lo entregó al Juez de Paz. Hubiera querido quedarse con la trompeta, pero se la llevó el Presidente de Seccional. Se le hizo un entierro decente, con gente, mucha gente, muy silenciosa, que aún tenía en los oídos aquella marcha fúnebre bajo el tronar del cielo. El automóvil quedó a cargo del Juez de Paz como «arma homicida». Lo guardó por un tiempo decoroso, y como nadie se presentó a reclamar, empezó a usarlo como propio.

Entonces el pueblo empezó a vivir un tiempo de ausencia. Nadie se sentaba en el banco porque allí estaba ese vacío que nunca, nadie, podía llenar. La rutina volvió, pero el recuerdo persistió como un anhelo callado y compartido.

Un frío anochecer de agosto, fue el sobresalto. Hendía el silencio el sonido de la trompeta, grosero, torpe, pero era la trompeta. El pueblo enmudeció.

El Presidente de la Seccional sonrió.

-Es mi hijo, que está procurando aprender a tocar la trompeta -explicó.

Y entonces se inauguró una larga espera. Tal vez con el tiempo, el muchacho llegaría a tocar como el extraño. Era cuestión de esperar. Y entretanto, vivir.

Del libro Lo mejor del Cuento Paraguayo. Ediciones El Lector. Prolífico escritor, Halley Mora es considerado junto a Roa Bastos y Gabriel Cassacia, un autor fundamental de la literatura paraguaya.

Mario Halley Mora

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