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El silbido

domingo 30 de octubre de 2022 | 6:00hs.
El silbido

Vos sabés que soy racionalista y ateo, como todo psicólogo que se precie.

Por eso me asombró tanto escuchar primero y ver, unos segundos después, a un niño de no más de seis o siete años que caminaba por la misma vereda que yo, silbando casi tan bien como lo hacía mi padre.

Al escucharlo, sentí escalofríos. Recordé a mi padre, a quien le encantaba silbar “Páginas de amor” de Gardel.

Papá me enseñó a silbar. A él le gustaba mucho silbar. Solía hacerlo mientras trabajaba en su tallercito de mecánico dental. Era un silbido armonioso y apenas audible.

Yo solía ir al taller porque me fascinaba el momento en que hacía un diente de oro. Él nunca me dijo que yo molestaba, pero jamás me alentaba a entrar al taller. Yo me sentaba en un taburete desvencijado, y miraba.

Cuando tenía suerte, papá fraguaba una corona o un diente de oro. Calentaba al rojo vivo el metal y luego, con movimientos de mago, lo vertía en el molde. Entonces, sólo entonces, hablaba para decir “Cuidado.” Y casi en el mismo segundo, hacía girar esa especie de honda de metal donde había depositado el molde y el oro fundido. La hacía girar a una velocidad increíble y en la oscuridad del taller sólo se veía un disco ardiente que daba vueltas como un pequeño asteroide enloquecido, hasta que, con otro pase de magia, papá desaceleraba la órbita, hasta detenerla.

Otras veces tallaba y pulía paladares de plástico y alambres de acero.

Algunas veces escuchaba los partidos de Independiente en la radio. “Independiente es el equipo que más Copas tiene” me dijo alguna vez. Él se había hecho de Independiente por Arsenio Erico, el Saltarín Rojo. Papá era paraguayo.

Por eso yo soy de Independiente, por papá. Ahora no sé ni quién es el arquero de Independiente. Pero papá era de Independiente y eso bastaba.

Cuando no escuchaba la radio, silbaba. Con un silbido bajito. Y lo que más le gustaba silbar era “Páginas de amor”, de Gardel. Una tarde me contó, no sé por qué, que ese tango se llamaba así.

El chiquito que me sorprendió en la vereda, caminando casi a la par de mí, silbaba “Páginas de amor”.

No suelo ver a nadie silbando por la calle en estos tiempos. Y menos aún niños silbando. ¿Qué clase de niño silba en la calle… y un tango tan desconocido y difícil de silbar como ese?

Aminoré el paso y dejé que el niño caminara un poco adelante.

Lo miré detenidamente, cada vez más fascinado.

Caminaba como camino yo, llevando los hombros hacia atrás, como papá me enseñó. “Caminar derecho, mi hijo, con lo hombros hacia atrás... siempre sacando pecho y con la frente alta…”

Caminaba como papá.

Cuando lo advertí, el corazón se me agitó de tal modo, que tuve que detenerme a tomar aliento, apoyado en un árbol.

Recordarás que papá murió hace siete años.

Y, como te dije, el niño no podía tener más de seis o siete años.

El niño se alejó, no lo seguí. Te juro que tuve miedo, mucho miedo.

Carlos Miguel Zarza Machuca

El cuento pertenece al libro “La campana y la lluvia”, obra seleccionada para representar a Misiones en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2022. El autor es profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicado además el libro Superficies.

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