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Anécdotas de Guima

lunes 24 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Anécdotas de Guima

Cuando Pascual Pérez se presentó al gimnasio con la intención de dedicarse al boxeo, fue rechazado por el entrenador con el argumento de que poseía un cuerpo famélico para la actividad. Pascualito insistió ante la mirada irreverente del preparador dispuesto a decirle que se retirara. En ese momento, cruzó cerca de los dos hombres una mosca y el profesor le dice:

–¡Agarre esa mosca!

Pérez movió inmediatamente su mano y la agarró, apretándola para que no se escapara. El hombre se sorprendió por la rapidez con que actuó el aspirante a boxeador, le dijo que se quede.

Pascualito Pérez fue el primer campeón mundial argentino de boxeo en la categoría mosca. Algunos dicen que fue el mejor de todos.

Chiquito Guimaray, Chiquito o simplemente Guima, vivió según contaba un tiempo en Buenos Aires; él también era categoría mosca, se dedicó un tiempo al boxeo, contaba haberse fajado con tipos de mayor peso y estatura que él.

Ese aire provocador le gustaba exhibir en los circos que venían a Apóstoles, cuando el presentador preguntaba si alguien del público se animaba a pelear con el oso, Chiquito se metía.

Este personaje popular tenía historias al por mayor, la gente que lo escuchaba lo festejaba, pero también estaban los que le reprochaban verlo casi siempre con alguna copa de más.

Una nochecita de invierno cruel, en medio de una llovizna fina y persistente me cruzo con Guima en las inmediaciones del Almacén de Pichaca, estaba sentado en el cordón haciendo gestos. Pensé que me iba a pedir puchos, pero me sorprendió con otra frase:

–Mi cabo, necesito que me haga un favor.

Guima hablaba con cualquiera, ya sea con el médico o con el tarefero, por lo que no me extrañó que me encarara. Me sorprendió que me otorgara rango militar, aunque eran los tiempos del proceso. Todos sabíamos que él era de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI).

-¿Que te pasa, Chiquito? -le interrogué.

–Mi cabo, necesito que me acerque hasta mi casa porque me cuesta caminar.

–Si estuviste en el bar de Pichaca, no me extraña, se te fue la mano con el trago.

–Me jorobó la mezcla, estaba jugando al billar con el polaco Chijanowski y se terminó el vino, le entramos a la cerveza y eso me fusiló -concluyó.

Lo levanté tomándole de las manos y comprendí que no lo podía soltar, porque el amigo no podía mantener la vertical.

-¿Usted sabe dónde queda mi casa, mi cabo?

–Claro que sé, al otro lado de la avenida 9 de Julio.

–Ahí mismo. Diga que me encontré con usted, porque no sé si iba a poder llegar -expresó.

El frío y la llovizna nos acompañó en ese trayecto de algo más de una cuadra y media para llevar a la vivienda. Avanzamos abrazados y de no ser que Guima era categoría mosca, andaríamos más por el suelo que por el camino, así y todo, me cargada diciéndome que gracias que lo encontré iba a poder llegar a mi casa.

-¿Dónde quedaron tus cosas? -lo interrogo.

–En lo de Pichaca o en lo de Alipio, porque creo que de allá venía. Ellos guardan mis cosas, el portafolio y cajón de lustrar zapatos!

Con picardía me contó que días pasados le lustró un zapato negro a un tipo a la salida del cine; el tipo tenía puesta una media blanca; en el apuro le mandó betún a la media y se quiso enojar.

–Le aclaré enseguida, dónde se ha visto, media blanca con zapatos negros. Vení un día que voy a enseñar a vestirte. Cuando me insultó, le dije ‘guárdate la plata de la lustrada, no soy ningún seco’. Hay gente jodida en el pueblo, se mandan la parte y no son nadie -dijo.

Guimaray vivía en ese desnivel de la 9 de Julio hacía El Chaquito, por donde corrían los desagües los días de lluvia, por esa razón el barrio era conocido como El Bañado. Los caminos eran resbalosos después de las lluvias y las valetas, profundas.

Pese a la situación y el estado de mi acompañante, cuando llegamos al acceso a su casa me advierte:

–Tenga cuidado con los escalones, son varios y de tierra, no se vaya a resbalar porque nos caemos los dos.

Bajamos con cuidado y me indicó que girara hacia la derecha, la puerta de acceso tenía sólo un cerrojo corredizo. Entramos en medio de la oscuridad, me indico con precisión donde había fósforos para encender el pequeño farol de mecha a kerosene.

Pensé encontrar todo desordenado, pero el piso de tierra estaba barrido y la cama de una plaza arreglada correctamente. No le pregunté si era el quién limpiaba su pieza o era otra persona.

Me despedí amablemente y comencé a subir con cuidado los escalones, mientras escuchaba su voz diciendo:

–Muchas gracias mi cabo, cuídese.

Mientras el invierno crujía, me fui pensando en el encuentro casual con el personaje del pueblo, y la certeza de que la compañía de Guima me alegró la noche.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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