La autoridad y el poder

domingo 23 de octubre de 2022 | 6:00hs.

Me pregunta un amigo si es verdad lo que contaba el domingo pasado, y debo suponer que la pregunta es retórica, un modo de mostrar asombro y no una cuestión sobre el apego esencial del periodismo a la verdad. Se refería a cuando un gendarme me mandó a la banquina en penitencia por contestarle exactamente lo que me había preguntado, pero la gracia es que la pregunta estaba mal hecha y los gendarmes son impermeables a la ironía... La primera vez le hice caso, pero la segunda no tuve paciencia y después de explicarle que no pensaba obedecer a un abuso de poder, me fui lo más campante mientras el agente hacía que escribía mi patente en su celular. Quizás cuando renueve mi carnet aparezca una infracción “por no hacer caso a un abuso de poder”.

El corolario que quiero sacar de este y de otros sucedidos que ocurren cada vez más a menudo, es que los argentinos estamos perdiendo el respeto por la autoridad, y el causante es el abuso del poder de los que deberían ejercerlo con autoridad, con apego a las leyes, y no arbitrariamente.

Si hiciéramos que se respeten nuestros derechos, aun en los casos de menor cuantía, se transformarían en una buena cifra con un solo abogado que se anime a litigar contra esos abusos recolectando miles de casos que se producen todos los días. El mejor resultado de una sentencia que condene al estado a pagar las consecuencias de sus abusos será el respeto por los derechos individuales y por las leyes que son para todos.

Si hay algo que nos saca de quicio a los seres humanos es la injusticia; podemos aguantar una vez, dos veces, tres... quizá más y depende de cada uno, pero cuando nos damos cuenta de que los que queremos que se nos respete somos la inmensa mayoría, entonces viene la revolución en modo Mahatma Gandhi. Es que cualquier abuso de poder lleva al irrespeto y termina mal, como la revolución de las mujeres en Irán, que cansadas del abuso del gobierno integrista islámico y sus policías morales, están dando vuelta todo un país.

El razonamiento es simple y hasta adolescente, pero es así: si la autoridad no respeta las leyes yo tampoco lo hago. El caso del cumpleaños de la mujer del presidente en pleno aislamiento es el que está más a mano, pero hay muchos más y hace tiempo: los uniformados que piquetean en las rutas retrasando sin motivo a los automovilistas; los funcionarios que se guardan espacio público –que es de todos– para estacionar, con carteles que recuerdan los privilegios abolidos en la Asamblea del año 1813; los taxistas que circulan impunemente por Posadas con la patente tapada; los lomos de burro, que son el colmo porque ejercen violencia física contra los automovilistas y su propiedad, además de ser la confesión paladina del abuso de poder por falta de autoridad.

El ejemplo es el principio elemental de la autoridad moral. La gente no hace lo que se le dice que haga sino lo que ve que hacen los demás. Por eso quienes primero tienen que cumplir las leyes son los que las promulgan; si no, resulta que los que tienen poder hacen lo que quieren y los que no lo tienen hacen lo que quiere el que lo tiene. Ya en el año 60 antes de Cristo se decía que la mujer del César, además de serlo debe parecerlo; y hace 900 años que los dominicos dicen que fray Ejemplo es el mejor predicador.

Esta distinción entre autoridad (auctoritas) y poder (potestas) es de la antigua Roma, cuando ya se distinguía entre la autoridad moral y el ejercicio real del poder, que deben ir juntos en el gobierno de la sociedad, como dos caballos que tiran del mismo carro. Si no es así, se pierde el respeto por la autoridad y el poder se queda sin fundamento, hasta llegar a la anomia en la que nos sumergimos los argentinos hace años.

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